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Ensayo
La metamorfosis según Yolanda Andrade Antonio MarquetEn los cielos de la conocida fotógrafa Yolanda Andrade, no hay una sino mil golondrinas que verifican la llegada de la primavera como un hecho concreto. En Fragmentos II que se inauguró en el Club de la fotografía (Londres 75, 1er piso), descubre los pequeños detalles que ponen en evidencia los elementos escenográficos del entorno.
El ojo puede ver el cielo; un par de clavijas revela la voluntad de transformar un muro en un espacio con nubes. Imposible dejar sin comentario la tenue línea trazada por un minúsculo lápiz amarillo en la inmensidad del amarillo: ¿De dónde viene la recta? ¿A dónde va? Nadie sabe pero se ha cumplido la razón eficiente del lápiz hecho para trazar. En el mundo que ofrece la fotógrafa tabasqueña al espectador todo permanece conectado con una fuerza trascendente. Incluso el gol de la victoria se agradece a la virgen de Guadalupe por medio de un ex-voto. El pedido fue realizado por el equipo local para inmortalizar un torneo ignorado, pero ni la distancia del centro puede atenuar la intensidad del rojo que emblematizaría la pasión futbolera y la veneración a la Morenita a la que se ha dejado una hamburguesa como ofrenda.
Andrade distribuye los rojos en la cocina y en el altar; convierte el intersticio de las sombrillas japonesas en un ojo desde donde se observa a lo lejos, el incesante fluir de la vida cotidiana. Tras la zona celeste, roja y tutti fruti, el espectador aterriza en la zona del verde y en la del amarillo, donde unos marcos tlaxcaltecas invaden un muro abrumado por su amarillez. Al enmarcar quisieran atrapar la intensidad misma de ese color y transforman el objetivo comercial de su exhibición en un cuadro donde todo es color.
Una vez más, Yolanda Andrade muestra un total dominio al convertir la paleta en personajes de una sutil narrativa que ahonda en los pequeños detalles que ofrecen claves significativas del entorno mexicano. Los cielos pueden ser reales o ficticios, el azul puede ser lo más fluorescente que existe y a pesar de todo, desde su falsedad de neón, sigue apuntando hacia un cielo que ahora es testigo del nacimiento de Venus en una versión de Boticelli.
La pintura popular ha tomado por asalto a los muros humillados por la publicidad. Un venado congelado en su salto, un charro ante un paisaje, y la fuerza de la leyenda del cabarelloso Popocatepetl que arropa el sueño de la doncella: estos cuadros logran cubrir la vulgaridad chillante del aceite Bardhal. Cuando se cierra un muro, se dice que es ciego: algo semejante pasa con los enceguecidos sujetos adocenados, masificados, arrumbados. Han sido amordazados, baldados por los diarios al punto que sólo se perciben sus siluetas, no sus rostros. Ojos, boca, nariz están violentamente envueltos, amordazados por los periódicos; en algunos casos dispuestos al revés. La yuxtaposición ha sido tan violenta que no se puede leer el periódico ni descubrir las caras de los sujetos.
El contexto original de la foto es el taller de un artesano: se trata de muñecos en papel maché que el ojo de la Maestra ha convertido en una metáfora del sujeto contemporáneo, alienado por la prensa, intoxicado por la propaganda, desnaturalizado hasta quedar reducido a la función de ser emblema de la publicidad. La imagen es ominosa, siniestra, real.
En esta segunda versión de “Fragmentos” de Andrade (la primera fue expuesta en el Museo del Arzobispado en 2008), cada rincón de la realidad es vigorosamente transformado en otra cosa. Las metamorfosis captadas, inventadas, promovidas por el ojo de la Maestra introducen en el universo estático de la foto, un vigoroso movimiento perpetuo. El mundo de Yolanda Andrade es una sinfonía de color, un arco iris lúdico de la puesta en escena de la vida cotidiana, en su intimidad, en su espontaneidad y renovada frescura...
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