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Poesía
Disfruta aquí de algunos poemas de Margarito Cuéllar Margarito Cuéllar*Arresto domiciliario Respiro el rescoldo de la noche, me dejo atropellar por el tren de las [horas: las señales de la ciudad han sido apagadas. La mañana se desata el cabello, abraza mi orfandad y se alza para [tocarte, como se toca el aire y se retiene el agua del dolor en los [dedos. Quiero ser optimista, la risa discute con mi cartera vencida y vuelve con [el rictus de la alegría contraído. Canto y la voz se anuda en el suplicio de la calle y el destierro. Quiero silbar, se oye un pieo de pájaros tras la niebla. Un olor a fruta de mercado, a sangre animal, gotea; grifo en rebelión. Escribo tu nombre en las paredes, pero el carbón se desvanece y te [marchas ante la indignación del sol. Salgo a la calle. Imposible habitar una burbuja. No estás. Las cosas vuelven a su estado agónico y pueblan los minutos [de inútiles preguntas. Es temporada de mariachis y huracanes. Los músicos preguntan por ti. Les digo todo está bien, confecciono unas alas nuevas para cuando [ella no esté, cuídense de la lluvia. No hay trato con la luna, asoma por la ventana y mira como un [condenado a vida. Las nubes suben toboganes, instruyen a la tripulación y se disponen a [zarpar. No quiero saber de ambulancias, uno de sus heridos bien pudiera ser yo. Rompo el cerco. Los guardias abren la reja antes que el fuego arrase [también con tu fantasma. Las calles llenas de afiches, no hay lugar para tu fotografía y que la [turba del destino vote por ti. Las promesas ondean el aire enfebreciendo el domingo, nada dice que [vuelves. Hay en la piel algo de claridad salina, un sabor a jineteras y chulos. El sol se posesiona de la ciudad. Oigo tu voz y se iluminan los objetos. El olvido firma su acta de defunción y los diarios de la mañana anuncian [la caída de la Bolsa y tu inminente regreso. Hotel con vista al cielo Cuando los obreros van a la fábrica con su pan fragmentado los almacenes abren sus cortinas y las secretarias se maquillan de prisa y corren a la oficina, somnolientas [como un tulipán que se equivocó de estación una mujer emprende el viaje del retorno. Antes, mucho antes de que el sol dé un tono dorado a las cosas que se [ven para que parezcan otras los minutos se descarrilen y los hombres de negocios echen a andar el carrusel de la fortuna una mujer me espera, despierta como un patín del diablo o una montaña rusa. Antes que los autos le corten la respiración a las leyes de la poesía y salgan a la calle con sus temperamentos nerviosos una me mujer espera con la sonrisa puesta y un olor a parafina en un hotel con vista al cielo. Libretas Me gustan las libretas que muestran sus páginas en espiral como un [alegre par de piernas. A mayor suavidad (papel o piel) absorben más la tinta. Amo las superficies lisas (preferible sin medias). Kafka tenía una extraña predilección por los cuadernos escolares, sin [rayas. Con letra diminuta y angulosa escribió los aforismos de Zürau. Escribo: llevo el timón de un barco. Una colonia de peces sale a la [superficie, un pez gordo se encarga de ahuyentalos: “largo de aquí, [sardinas de agua dulce”. No importa si lo que escribo tiene dirección. Dibujo figuras en un pie, fantasmas que no son parte de mi vida, renteras persiguiendo inquilinos, mujeres de largas piernas que ofertan [lotes en el paraíso. No quiero ir ahí. Señoras, hablen lo que quieran. Mientras lo hacen adivino el color de sus bragas, la pasta dentífrica que [prefieren, haremos el amor a la hora de la siesta. Me gustan las libretas grandes. El cuerpo de las palabras se acomoda. Se mueve con soltura al ritmo que le tocan. A bailar, putitas grafiteras, caléndulas de quinto patio, boquitas [pintadas. Las libretas de amplios márgenes se leen al derecho y al revés. Los cuadernos de reportero parecen camisas de fuerza. Claves, caligrafía, semillas en tierra infértil, cinturas quebradizas, labios [incoloros. Prefiero el campo abierto al que sí llega el sol. *Margarito Cuéllar es poeta, narrador, periodista. Estudió periodismo en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Premio Nacional de Poesía (Zacatecas, México, 1985), Premio Nacional de Poesía (Calkiní, Campeche, México, 1993) y Premio Nacional de Cuento (Campeche, México, 1997). Es autor de Cuaderno para celebrar, Plegaria de los ciegos caminantes, Estas calles de abril y La saga del inmigrante. |