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Periodismo
Enriqueta Ochoa, ochenta años de intensidad y lucidez creadora Ricardo Trujillo Vega Si existiera una forma de hablar con Dios sin duda la intérprete de esta conversación sería Enriqueta Ochoa (Torreón, Coahuila, 1928), dueña de una larga y poderosa trayectoria literaria, la profundidad de su lírica ha marcado un gran número de generaciones de poetas mexicanos, razones que la colocan entre las escritoras más importantes de habla hispanaEste año, “la poeta de lo sagrado” celebró sus ochenta años de vida rodeada de familiares, amigos, escritores y admiradores; quienes acudieron a la Sala Manuel M. Ponce, del Palacio de Bellas Artes, para rendirle un homenaje con la entrega de la Medalla Bellas Artes, máxima presea que otorga la institución. María Teresa Franco, titular del Instituto Nacional de Bellas Artes, fue la encargada de poner en manos de Enriqueta dicho galardón. Por su parte, los escritores Hugo Gutiérrez Vega, Esther Hernández Palacios, Carlos Montemayor y Víctor Hugo Rascón Banda; asistieron al recinto para colmar a la poeta de elogios, recuerdos y distinciones. Franco tenía la responsabilidad de poner en alto el nombre de Enriqueta Ochoa, así lo hizo al describirla como una apasionada del lenguaje, que con "gran poderío verbal ha sabido observar ese brillo sutil que tienen las cosas, incluso aquellas que cuesta mucho trabajo mirar”. Llevada por el recuerdo de su prosa, resonó que su poesía, trenzada con imágenes de belleza penetrante, extrae la más mínima naturaleza de la exigencia para entregarnos versos que, al ahondar en el espíritu del individuo, comunican a todos los hombres. Las comparaciones no faltaron, en su oportunidad, Franco la ubicó a lado de Juan José Arreola por su impacto y arraigo dentro de las creaciones literarias de muchos jóvenes mexicanos. Sentada en una silla de ruedas, visiblemente cansada, pero con una sonrisa dibujada en el rostro, la autora de obras como Retorno de Electra y Los himnos del ciego (1968), tomó la palabra y con esfuerzo agradeció a los presentes. Sus palabras llegaron a cada rincón de la sala, “Me siento profundamente conmovida y solo puedo darles las gracias, aunque seguramente voy a omitir muchos nombres por lo que pido disculpas de antemano”. Así correspondió el honor a sus compañeros, familiares y al público, del que siempre será suya. El breve discurso, fue enmarcado por largas sesiones de aplausos, “bravos” y un público entregado a su poetisa, de pie, sin parar de celebrar, tratando que sus encomios mitigaran el dolor del inevitable futuro. Sin que todos sus problemas mermen en el entusiasmo de la autora, completamente tranquila pero claramente aminorada por la edad, aun continúa con su producción literaria, recientemente el Fondo de Cultura Económica publicó un libro inédito suyo titulado Los días delirantes, así como una antología de sus obras completas. Hecho que Rascón Banda no pasó por alto, “necesitamos a Enrique Ochoa, necesitamos que nos ilumine con su poesía en estos tiempos nublados y de confusión, de odio; necesitamos su sensibilidad y su arte terrenal". El presidente de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem), dijo sentirse muy complacido por que el instituto reconozca la carrera de tan brillante poeta, "una mujer grande, a una poeta que no tiene medida y que ha vivido una vida discreta alejada de mafias y capillas". Comparó a Enriqueta con una jacaranda solitaria, cuando a los 27 años de edad dejó su natal Torreón para trasladarse a la Ciudad de México. Donde llegó a estudiar teatro, y escribió sus primeras obras para niños, hizo adaptaciones de cuentos infantiles clásicos, aunque nunca abandonó su vocación: la poesía. Su talento la llevó a tener acercamientos con intelectuales de la calidad de Jesús Arellano, ex director de la revista Fuentesanta, espacio donde fueron publicados algunos de sus poemas. Conoció a los escritores Emmanuel Carballo y Gabriela Mistral, a los poetas Vicente Alexandre y Lolita Castro, al filólogo español Dámaso Alonso, a la novelista Rosario Castellanos, a la cuentista Amparo Dávila y al pintor Pedro Coronel. Para Rascón, como para muchos que apreciamos su poesía, surge la necesidad de presentar su obra por todo el país, ferias de libros, universidades, la radio y la televisión, “porque todos los mexicanos tienen derecho de conocer el universo de su poesía”. Carlos Montemayor recordó que ambos tienen las mismas raíces, los dos llegaron a la ciudad de México desde la Comarca Lagunera, lugar que fusiono con la poesía de Ochoa, "un día de fiesta en Parral, que se extiende a través del cielo inmensamente azul y nítido, donde la luz es algo tan transparente y tan tangible que se puede tocar y palpar con la mano". La religiosidad como canto y anhelo puro del alma emanan de las palabras de Enriqueta, tal y como hacen los grandes "Su obra tiene estrecho parentesco con Elizabeth Barret, Emily Dickinson y otras poetas de la familia de las desgarradas", y sobre todo perpetuó todo el amor que Enriqueta imprime a cada uno de sus versos. Al final del homenaje, la prensa se abalanzó sobre Enriqueta, su hija Marianne Tousseint luchaba por darle su espacio, mientras los compañeros de los medios se aferraban a hacerle unas preguntas, con su ilimitada calma Enriqueta permaneció unos minutos contestando, y nos regaló palabras nítidas, que parecieron más una despedida. “Creo que nunca he estado tan feliz, como ahora que tengo ochenta años, por que ya me puedo ir tranquila. Después nos recordó, “ya logré mi familia, tengo a mi hija (Marianne Toussaint), a mis nietas que son bellísimas y eso no se encuentra más que a esta edad ". Sobre su todavía constante producción literaria comentó “Ahora estoy escribiendo mucho, pero poemas pequeños, aunque nunca he dicho ahora me van a publicar aquí o allá, por que además me acaban de entregar un tomo de mis obras completas”. Luego cambió su rol de entrevistada y preguntó si aun los hombres y las mujeres se siguen reuniendo para leer poesía, como ella en sus tiempos, al recibir una respuesta afirmativa sólo exclamó “qué bello, porque mis amigos de aquel tiempo fueron tan amados por mí que no nos olvidamos, ayer me encontré con algunos de ellos, tenía doce años sin verlos.” Y culminó, “Dios para mi sigue significando lo mismo, la fuerza poderosísima que nos está haciendo cada vez más sabias a las mujeres, porque el hombre se ha perdido mucho en sí mismo, entonces la mujer se ha preparado, sin decirlo ni que se den cuenta, para renovar el ambiente, el cariño”. “Para mí lo más importante es Dios, ha estado en mi palabra porque yo quiero dejar mi idea de él conmigo en todos instantes”. La decisión de la familia de no permitir más preguntas es sumamente razonable, actualmente Enriqueta pasa por uno de los momentos más críticos de su vida, ella misma lo acepta, y su hija Marianne Toussaint, quien está al tanto de su madre en todo momento desea, junto con Enriqueta, conservar la imagen de la célebre poeta. Y así será recordada. Autoentrevistas de escritores mexicanos La necesidad de escuchar lo que Enriqueta Ochoa tiene que decir está cubierta con la publicación del libro Autoentrevistas de escritores mexicanos, donde asegura que lo que más ha disfrutado de la vida es y ha sido escribir. "Esa fue una determinación que tuve desde muy chica, siempre estuve convencida de que para eso había venido al mundo", señala la profesora normalista en el texto publicado en la Colección Periodismo Cultural del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Aquí, lleva al lector de la mano por sus recuerdos de infancia, sus padres, sus abuelos y sus hermanos, la poeta reconoció que el camino para ser lo que hoy es no fue fácil, tan solo la decisión de ser poeta le quitó muchas horas de sueño. "En mi familia no había ninguna veta artística, e ignoro cual fue la razón que me llevó a escribir, porque fue desde muy niña que hacía la postura de `Flor de loto` y me iba a otros mundos. Tenía meditaciones muy profundas y aunque nunca supe por qué, los poemas llegaban solitos, los escribía, los hacía bolita y los guardaba junto a los huevos de gallina en el cuarto del fondo de la casa. "Ahora, creo que el hecho de haber escondido esos poemas respondía a la certeza de que la poesía es en el fondo como un encargo muy delicado al que uno no le da mucha importancia, pero que tiene gran influencia y puede traer cosas buenas o malas. "Cuando escribí `Retorno de Electra` hice lo mismo, en un costurero, junto a las bolas de hilo, iba poniendo mis poemas hechos bolita, porque sentí que era el lugar más seguro para guardarlos", explicó Ochoa, quien cuando decidió escribirlo, pasó en limpio cada poema y posteriormente entregó el material. Su primera obra, La urgencia de un dios (1950), es parte fundamental de su memoria, de ella repasó que fue un libro peligroso, según ella por que nunca esperó que estas líneas desembocaran en problemas de tipo religioso, los representantes de este sector de la sociedad pedían que se quemara. A este singular ingreso a la literatura le siguieron títulos como Los himnos del ciego (1968) y Las vírgenes terrestres (1970), este último por el que Enriqueta siente un especial gusto, lo inmortaliza como el que más satisfacciones le dejó y el que más le ha gustado, es el primer poemario en el que se levanta como mujer. "Me desesperaba ver las condiciones en las que vivíamos, cómo nos trataban y cómo nos encerraban. Fue el primer poema en defensa de la mujer que salió de mis manos". El poeta Samuel Gordon dijo que Enriqueta ha accedido a la divinidad por medio de la palabra: "Es algo inaprensible, aunque inexplicable en su obra, porque se ha purificado en el dolor y en la intensidad para ascender y acceder a la verdad más despiadada por la poesía. "A pesar de practicar ella misma muchos de los usos y tonos coloquiales que caracterizan a su poesía, su viaje es otro, su lenguaje que interroga a Dios ausente incide en otras profundidades". "Soñé la idea, supe lo que tenía que hacer y cómo hacerlo, me tomó 17 años (...). Ahora que siento que ya se me está yendo la vida, quiero escribir un libro dedicado a Dios y a la vida". Más allá de lo que aun falta por escribir, queda claro que Enriqueta Ochoa no es sólo una escritora, es una pensadora de la igualdad, el amor y la espiritualidad. Su obra no puede pasar de largo, es intensa, sin pretensiones, pura, profunda, intensa; así quedará prendada de nuestra memoria y nos seguirá regalando amor, aun cuando ya no esté con nosotros. |
Si existiera una forma de hablar con Dios sin duda la intérprete de esta conversación sería Enriqueta Ochoa (Torreón, Coahuila, 1928), dueña de una larga y poderosa trayectoria literaria, la profundidad de su lírica ha marcado un gran número de generaciones de poetas mexicanos, razones que la colocan entre las escritoras más importantes de habla hispana