FIGURAS DE LA LETRA

David Ojeda ante la crítica

Los textos que a continuación presentamos pretender hacen un breve pero profundo y puntual repaso de la obra de David Ojeda, a fin de que nuestros lectores conozcan a través de la mirada crítica y generosa del poeta potosino Daniel Bencomo y del periodista cultural Arturo Jiménez. (Elvia Alaniz)

Entre sierpes y lagartos, David Ojeda en La Centena

Daniel Bencomo


La tradición poética de San Luis Potosí, al igual que las de otras regiones de nuestro país –provincianas, de acuerdo al término peyorativo y decimonónico acostumbrado por los habitantes de la capital– puede juzgarse al vuelo como un corpus poético estrecho, sin muchos puntos de ruptura y que tiene aún como pivote referencial a nivel país, a Manuel José Othón. Esta visión anquilosada, nos permite suponer al respecto una apatía de los creadores y críticos de la literatura mexicana, a los que –salvo algunos pocos– interesa poco la literatura del interior; no hay una verdadera intención de construir un diálogo con las poéticas de otras regiones y puntos de la república.

Si bien es cierto que la columna vertebral que sostiene a la poesía potosina, está compuesta por autores de un lirismo que podríamos llamar ortodoxo y que en algunas ocasiones –sobre todo en casos determinados– puede sonar anacrónico al compararlo con otros tonos y registros de la poesía en español, también encontramos cenits, desgajamientos verbales de pronunciada velocidad y reflexión, horquillas y atajos abiertos en su camino aparentemente unidireccional. La evolución literaria de una región sólo puede juzgarse a partir de un profundo estudio y una pasión por la investigación histórica: una lectura amplia de los sucesos que rodearon a la obra literaria y viceversa, las obras que rodearon a los acontecimientos históricos y les dejaron su impronta.

David Ojeda nos ofrece en Entre Sierpes y Lagartos (CONACULTA – ESN, 2006) nuevas consideraciones acerca de las letras locales.

Narrador –quizá el más importante de San Luis Potosí en la segunda mitad del siglo XX –, además de su obra creativa, es traductor y un apasionado de la historia literaria de la región; en este papel ha preparado y publicado un trabajo indispensable para la literatura local: 400 años de literatura potosina, entre otros estudios al respecto.

En un conjunto apretado de 5 ensayos enraizados entre sí – que pueden engarzarse también como uno solo– Ojeda nos conduce por callejones verbales y los personajes que los recorren, delimitados temporalmente entre el último cuarto del siglo XIX y finales del siglo XX. El punto de partida para esto, es la dicotomía geográfica del estado: la Huasteca y el Altiplano. La primera, exuberante y plena de recursos naturales –bosque tropical, cauces fluviales, clima húmedo y caluroso, tierras fértiles y apta para la ganadería –, pero alejada del centro político del estado, con el que se mantiene en constante confrontación y, por su misma condición geográfica, apta para la explotación de los grupos vulnerables, incluyendo grupos indígenas. La zona altiplano es seca, semidesértica, y hasta hace un par de siglos tuvo como principal soporte la minería, y es el asentamiento de la capital política del estado. Una geografía impone y condiciona el carácter y los rasgos culturales de los grupos que la habitan; luego la expresión literaria es también influenciada.

El segundo frente de análisis tiene como eje las marcas profundas que ha dejado el conservadurismo, sus resquicios de oscuridad, doble moral y violencia y su relación con el poder político en el estado; su convivencia con ese régimen duro, de discurso laico, revolucionario y popular pero que, en la práctica, devino en consolidación de cacicazgos y desigualdad social, principalmente en zonas tan alejadas del supuesto federalismo, como la Huasteca.

Así, entre sierpes (altiplanenses) y lagartos (huastecos), entre conservadores y oficialistas, se teje un humus rico, que ha servido como fertilizante para la literatura potosina. David Ojeda contrapuntea con mayor o menor detenimiento en cada caso, la obra de diversos autores, que son, sin duda, figuras notabilísimas en la tradición literaria potosina: Ignacio Montes de Oca –obispo de la ciudad de San Luis a principios de siglo– a quien contrasta con Marcelino Sánchez, cantor popular de la Huasteca; Joaquín Antonio Peñalosa –que también fue presbítero y dejó una obra poética de suma consideración–, y el que es el poeta más importante del siglo XX en esta región: Félix Dauajare. Obras que han sido poco estudiadas, y cuyo valor es mucho mayor que aquél que les ha otorgado el discurso dominante, centralista, historiador de la literatura mexicana.

Se incluye aquí también un repaso breve por la narrativa potosina – cuestión incompleta si se considera que el autor mismo no aparece dentro del análisis – para al final mostrarnos a dos personajes que son antípodas de la sociedad potosina: Gonzalo N. Santos, gobernador y cacique del estado, de origen huasteco, famoso por sus correrías y, como el autor le define, un cínico en toda la extensión de la palabra; autor de unas memorias –cuyo valor literario puede cuestionarse, mas no el histórico– que reflejan el carácter de este personaje. Y opuesta a él, Concepción Cabrera, muy conocida por sus actos de caridad, su labor dentro de la estructura católica, y su profunda devoción –que en algunos momentos, como diría Ojeda, raya en la locura–, cuya canonización es promovida por ciertos grupos conservadores. Ambos conforman un cerco conceptual, moral e histórico perfectamente definido.

Entre Sierpes y Lagartos, topografía literaria de San Luis Potosí, nos otorga acceso a nuevas perspectivas para entender nuestra tradición. Aquí se obtienen piezas de este rompecabezas que es la literatura local, tamiz a través del cual se reinterpreta siempre,–la mediación del artista local, de acuerdo a Ojeda –la literatura universal. En el caso de la obra escrita potosina, no será posible tener un perfil de mayor nitidez, si no se atiende el trabajo de los creadores huastecos– podemos citar a Homero Acosta, Enrique Márquez y Alberto Enríquez, como autores que merecerían estudios más detallados–; y hasta que la obra de gente como Dauajare o Peñalosa sean valoradas e incluidas con justeza en el cauce histórico de las letras mexicanas. Ocurra lo anterior o no, dentro de ése péndulo verbal potosino, altiplanense y huasteco, placenta exuberante y desértica a la vez, de glosa amplia y corazón abstracto, siempre se mezclarán alientos que devengan nueva palabra.

Texto tomado de Cactus Verbal


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El hijo del coronel, obra que explora los lazos del poder

Arturo Jiménez


Armado de un bagaje histórico, político y social que sólo utiliza como contexto narrativo, muy lejos del panfleto, el escritor potosino David Ojeda acaba de publicar El hijo del coronel, novela “de corte realista”, en la cual aparecen una serie de personajes cuya densidad sicológica le sirve, sobre todo, para explorar asuntos humanos como el amor, el rencor y el perdón.

Editada por Tusquets, en esta novela Ojeda (San Luis Potosí, 1950) busca refrendar su caracterización por los críticos como un escritor con una clara visión política, pues, como dice en entrevista con La Jornada: “Entiendo la vida social a través de las relaciones de poder y dominación que se tejen en ella y que hacen que las leyes estén siempre sometidas en beneficio de una minoría económica y política”.

Entre los detonantes de El hijo del coronel, el también autor de La santa de San Luis menciona haber conocido a un “boina verde” del ejército estadunidense retirado, un mexicano huasteco que le comentó sobre los duros entrenamientos en el fuerte Sherman, en Panamá.

Otros dos detonantes fueron: un recorrido por la Huasteca, región cultural que le apasiona y que antes había querido utilizar como geografía de una de sus narraciones, y el haber conocido a una persona que le confió que era transexual, de lo cual le surgió la idea de construir un personaje hondo, verosímil y admirable, como reconocimiento a las minorías sociales y al “espíritu libertario” de ciudades como la de México.

Interpelaciones a tres voces

En el primer capítulo, el coronel Marcelo Azuara es interpelado por una voz interna que le habla en segunda persona, en un desdoblamiento propio del diálogo introspectivo.

En el segundo, un médico, patólogo y alcohólico, Fernando Carrillo –cuyo nombre tomó Ojeda de un destacado sonero y promotor cultural potosino–, agrega más elementos a la trama desde la primera persona, aunque también mantiene un diálogo con su yo interno.
En el último capítulo aparece un personaje misterioso, cuya vida es contada en tercera persona y con el cual el escritor busca construir una de las varias sorpresas o “vueltas de tuerca” literarias que ofrece al final.

Como una de las principales exigencias de Ojeda es conmover y convencer al lector, agrega: “Todo lo demás es trabajo y fatiga física y anímica, pues, por ejemplo, ¿cómo plantear la muerte de un personaje si uno mismo no muere y agoniza un poco?

Texto tomado de La Jornada


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