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FIGURAS DE LA LETRA
Antología Carlos Monsiváis Días de guardar (Fragmento, 1970)II. Tlatelolco 2 de noviembre de 1968. La recuperación litúrgica de la fecha. En la ciudad de México el drama y el patetismo de lo irremediable se representan, no en el Panteón de Dolores ni en el Panteón Jardín, sino en un espacio insólito. Tlatelolco es el lugar del retorno. Desde muy temprano, ante la inextricable y vigilante reserva de los granaderos y la policía, la Plaza de las Tres Culturas se va poblando con los vecinos del lugar y los amigos y los familiares de los desaparecidos un mes antes. Allí fue: todos lo saben y algunos lo repiten como una hipótesis, quizás para aminorar el estupor, tal vez para convencerse así mismos de que no ha sido cierto, de que la pesadilla es un vacío resplandeciente. Hace un mes, hubo un mitin en Tlatelolco. (Eran los meses del Movimiento Estudiantil y en toda al interminable unidad habitacional Nonalco-Tlatelolco sus moradores habían ayudado a los estudiantes de la Vocacional Siete y a las brigadas y habían asistido a los mítines y habían resistido a los granaderos arrojándoles agua caliente y macetas y objetos domésticos y obscenidades familiares.) Era la tarde del mitin. Faltaban diez días para que diesen principio los XIX Juegos Olímpicos y fuese notificado el planeta entero de cuánto habíamos progresado desde que Cuauhtémoc arrojó la última flecha. Y eran las cinco y media y la gente se agrupaba, absorta en la fatiga de quien presiente la transferencia que lo convertirá en el asistente del próximo mitin y estaban los Comités de Lucha con sus pancartas y los brigadistas y los padres y madres de familia seguros de la calidad de su apoyo y había simpatizantes de clase media y empelados o profesionistas arraigados en la justicia del Movimiento Estudiantil y periodistas nacionales y reporteros de todo el mundo y quienes vendían publicaciones radicales y quienes vendían dulces y curiosos y habitantes de Tlatelolco. Hace un mes: estudiantes y maestros de primaria y obreros y ferrocarrileros y maestros universitarios y del Politécnico y militantes de los grupúsculos acudieron a la Plaza de las Tres Culturas, con su historia acumulada que aprovechan edificios donde la propaganda improvisado “un nivel de vida superior”, con sus tesis explícitas sobre la acechanza de lo indígena, de lo colonial y de lo contemporáneo. Y el mitin se inició, al instalarse los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga en el tercer piso del Edifico Chihuahua. Dieron comienzo los discursos que cercenaban el desánimo y sembraban la reciedumbre porque la victoria estaba próxima. El número de los asistentes se incrementaba. Por el micrófono un aviso: para contradecir los rumores de una represión del ejército, se suspendía la marcha de Tlatelolco al Politécnico. No podían correr riesgos después del 18 de septiembre, cuando el ejército ocupó la Ciudad Universitaria, cuando el humorismo darwiniano a propósito de los ejecutores de la represión se petrificó ante esa hosca fisonomía implacable que se repetía, se desdoblaba, insistía en su corporeidad, volvía a dar órdenes, obligaba a los detenidos a acostarse en el suelo, postergaba cualquier estado de ánimo, revisaba listas, conducía a los estudiantes hacia los camiones, les ordenaba alzar las manos, les exigía continuar tendidos, se vanagloriaba de la influencia que las armas tienen siempre sobre las víctimas. Y eran las seis y diez de la tarde y de pronto, mientras el equipo de sonido divulgaba otra exhortación, rayó el cielo el fenómeno verde emitido por un helicóptero, el efluvio verde, la señal verde de una luz de bengala “desde la niebla de los escudos”, desde el reposo de lo inesperado. Y se oyeron los primeros tiros y alguien cayó en el tercer piso del Edificio Chihuahua y todos allí arriba se arrojaron al suelo y brotaron hombres con la mano vendada o el guante blanco y la exclamación “¡Batallón Olimpia!”, y el gesto era iracundo, frenético, como detenido en los confines del resentimiento, como hipnótico gesto que se descargaba una y mil veces, necedad óptica, engendro de la claridad solar desaparecida, descomposición del instante en siglos alternados de horror y de crueldad. Y el gesto detenido en la sucesión de reiteraciones se perpetuaba: la mano con el revólver, la mano con el revólver, la mano con el revólver, la mano con el revólver. Y alguien alcanzó a exclamar desde el tercer piso del Edifico Chihuahua: “¡No corran. Es una provocación!” Y como otro gesto inacabable se opuso la V de la victoria a la mano con el revólver y el crepúsculo agónico dispuso de ambos ademanes y los eternizó y los fragmentó y los unió sin término, plenitud de lo inconcluso, plenitud de la proposición eleática: jamás dejará la mano de empuñar el revólver, jamás abandonará la mano la protección de la V. Y los tanques entraron a la Plaza y venían los soldados a bayoneta calada y los soldados disponían al correr de esa pareja precisión que el cine de guerra ha eliminado (por infidelidad de la banda sonora) y que consiste en la certidumbre de la voz de mando, una voz de mando que se transformará en estatua o en gratitud de la patria, pero que antes es coraje y alimento, cansancio y fortaleza, severidad de los huesos, simiente de obstinación, voz de mando que distribuye los temores y las incitaciones. Y cesó la imagen frente a la imagen y el universo se desintegró, ¡llorad amigos! Y el estruendo era terrible como apogeo de un derrumbe que puede ser múltiple y único, inescrutable y límpido. El clamor del peligro y el llanto diferenciado de las mujeres y la voz precaria de los niños y los gemidos y los alaridos se reunieron como el crecimiento preciso de una vegetación donde los murmullos son del tamaño de un árbol y lo plantado por el hombre resiste las inclemencias de la repetición. Y los alaridos se hundieron en la tierra preñándolo todo de oscuridad. Y los hombres con el guante blanco y la expresión donde la inconsciencia clama venganza dispararon y el ejército disparó y la gente caía pesadamente, moría y volvía a caer, se escondía en sus aullidos y se resquebrajaba, seguía precipitándose hacia el suelo como una sola larga embestida interminable, sin tocarlo nunca, sin confundirse jamás con esas piedras. Los niños corrían y eran derribados, las madres se adherían al cuerpo vivo de sus hijos para seguir existiendo, había llanto y tableteo de metralla, un ruido que no terminaba porque no empezaba, porque no era segmentable o divisible, porque estaba hecho jirones y estaba intacto. Los fusiles y los revólveres y las ametralladoras entonaban un canto sin claudicaciones a lo que moría, a lo que concluía entonces, iluminado con denuedo, con hostil premura, por la luz de bengala que había lanzado un helicóptero. Y el olor de la sangre era insoportable porque también era audible y táctil y visual. La sangre era oxígeno y respiración, el ámbito de los estremecimientos finales y las precipitaciones y los pasos perdidos. Se renovaba la vieja sangre insomne. Y la sangre, con esa prontitud verbal del ultraje y el descenso, sellaba el fin de la inocencia: se había creído en la democracia y en el derecho y en la conciencia militante y en las garantías constitucionales y en la reivindicación moral. La inocencia había sido don y tributo, una inminencia al precipicio, algo siempre remitido al principio, allí donde el llanto y las reverberaciones de la sangre y el rescoldo de la desesperanza se gloriaban en la memoria de los días felices, cuando se vivía para la libertad y el progreso. Los cadáveres deshacían la Plaza de las Tres Culturas, y los estudiantes eran detenidos y golpeados y vejados y los soldados irrumpían en los departamentos y el general Marcelino García Barragán, secretario de la defensa, exclamaba: “El comandante responsable soy yo. No se decretará el estado de sitio. México es un país donde la libertad impera y seguirá imperando…Hago un llamado a los padres de familia para que controlen a sus hijos, con el fin de evitarnos la pena de lamentar muertes de ambas partes, creo que los padres van a atender el llamado que les hacemos”. Y Fernando M. Garza, director de prensa y relaciones públicas de la Presidencia de la República, informaba a los periodistas mexicanos y a los corresponsales de la prensa extranjera: “La intervención de la autoridad…en la Plaza de las Tres Culturas acabó con el foco de agitación que ha provocado el problema…Se garantiza la tranquilidad durante los Juegos Olímpicos. Hay y habrá vigilancia suficiente para evitar problemas.” Ametralladoras, bazukas, y rifles de alto poder disolvían la inocencia. Los rostros desencajados reducían a palidez y asco el fin de una prolongada confianza interna: no puede sucedernos, no nos lo merecemos, somos inocentes y somos libres. El zumbido de las balas persistía, se acumulaba como forma de cultura, los buenos deseos reformistas del pasado. La temperatura del desastre era helada y recia y la gente tocaba con desesperación en la puerta de los departamentos y allí se les recibía y se les calmaba y desparramándose en el piso todos compartían y acrecentaban el dolor y el asombro. Los detenidos eran registrados y golpeados con puños y culatas y pistolas. Los agentes de policía emitían dictámenes: “A la pared, a la pared.” La inocencia se extinguía entre fogonazos y sollozos, entre chispas y ráfagas. 2 de noviembre de 1968: Tlatelolco A lo largo y a lo ancho de la trágica superficie se van formando con flores letras de la victoria, letras pequeñas y grandes que homologan causa y sacrificio, decisión y martirio. Los letreros (“No los olvidaremos”, “la Historia los juzgará”) y los rezos y las veladoras y los llantos y la concentración y la tensión y la gravedad de los asistentes urden un vaticinio, un rito intenso de soledad que ni los escudos pueden proteger. En Tlatelolco, sin interpretaciones ontológicas, sin intervenciones del folklore, sin tipicidad ni son et lumiére, la obsesión mexicana por la muerte anuncia su carácter exhausto, impuesto, inauténtico. La Historia condena las tesis literarias y románticas y en Tlatelolco se inicia la nueva, abismal etapa de las relaciones entre un pueblo y su sentido de la finitud. Ante Tlatelolco y su drama se retiran, definitivamente trascendidas, las falsas costumbres de la representación de Don Juan Tenorio y huimos de las calaveras y los juguetes mortuorios de azúcar que llevan un nombre. Se liquida la supuesta intimidad del mexicano y la muerte. Ante lo inaceptable, lo inentendible, lo irrevocable, la respuesta de la familiaridad, la resignación o el trato burlón queda definitivamente suspendida, negada. Más aguda y ácida que otras muertes, la de Tlatelolco nos revela verdades esenciales que el fatalismo inútilmente procuró ocultar. Permanece el Edificio Chihuahua, con los relatos del estupor y la humillación, con los vidrios recién instalados, con el residuo aún visible de la sangre, con la carne lívida de quienes lo habitan. Hay silencio y hay el pavor monótono del fin de una época. Los rezos se entrelazan con la vibración de otra liturgia, la de una interminable tierra baldía donde octubre siempre es el mes más cruel que mezcla memoria y rencor y enciende la parábola del miedo en un puñado de polvo. El Edificio Chihuahua se erige como el símbolo que en los próximos años deberemos precisar y desentrañar, el símbolo que nos recuerda y nos señala a aquellos que, con tal de permanecer, suspendieron y decapitaron la inocencia mexicana. (1968) Nuevo Catecismo para indios remisos (Fragmentos 1982) El misterio (teológico) del cuarto cerrado Costó enorme trabajo abrir la puerta, y si con hachazos y voces, insistieron los soldados, sosteniendo su temblor con plegarias, se debió a los hedores que herían el olfato como manada de aberraciones. Al entrar al cuarto, el capitán y los sacerdotes que lo acompañaban se consternaron: allí, de bruces, con señales de encarnizamiento en la espalda, y el rostro difamado por el visaje más horrendo hasta entonces visto, se hallaba el dueño de la casa, don Alonso de Bilbao, comerciante en telas. Y el escenario no podía ser más triste: un camastro, unas tablas con ropa, una mesa desértica, una silla, un grabado. Ni un libro, ni una flor, ni un cuadro. Y a la certidumbre del asesinato, otra se añadió al instante: el cuarto estaba cerrado por dentro, a piedra y lodo, no había ventanas que propiciaran la fuga, ni puertas ocultas que diesen a un pasadizo decorado con fetos de monjas. Y vino en el acto un conocimiento agregado: nadie visitó al prestamista la última noche que se le vio con vida, y resultaba por entero imposible abrir el cuarto desde fuera, salvo que se acudiese a medidas extremas, que es de suponer dejan huella. A fuerza de sinceridad, la muerte de don Alonso no causó pena alguna, muy por lo contrario. Sin faltarle el respeto a los difuntos, el desaparecido era un prestamista horrendo, el Príncipe del Agio. A él se le atribuían innumerables desgracias, muchas viudas le debían su condición, por lo menos la mitad de los niños que pedían limosna lo hacían a causa de sus maquinaciones. Pero si el asesinato era más que entendible, las circunstancias ofuscaban. Eran demasiados los que ansiaban eliminarlo, pero ningún ser humano había podido hacerlo. ¿Quién empuñó entonces la daga exterminadora? En pleno siglo XVII un enigma indescifrable. En la ciudad sólo se hablaba del exterminio del avaro, un asesinato perfecto a costa del ser más imperfecto concebible. Obligado a hacer algo, el virrey le encargó el proceso al oidor don Juan de Valenzuela, hombre de luces varias y virtudes todas. A lo largo de meses y días Valenzuela ahondó en los hábitos del bruscamente fallecido, y supo de su aborrecimiento del mundo, de su desagradable austeridad, de sus sirvientes que sollozaban de hambre, de su dinero escondido en el Arzobispado. Pero ninguna pista en concreto, ningún deudor todopoderoso, ninguna forma de violar el cuarto cerrado. En el transcurso de la pesquisa, Valenzuela llegó a detestar vívidamente a don Alonso de Bilbao. ¡Qué ser más innoble, qué desperdicio de la Creación! Merecía con creces su exterminio, ¿pero cómo había acontecido? En la frustración, acudió el oidor al supremo recurso: imitar la experiencia del difunto. Y así se hizo. Primero unos sacerdotes bendijeron el espacio sangriento y celebraron misa. Luego, armado hasta los dientes, y cubierto por las cruces que ahuyentarían al mal, Valenzuela se encerró en el cuarto, atrancándolo por dentro, en seguimiento exacto de los recelos de Bilbao. Y para tener al tanto de su situación a los soldados y los curas del otro lado de la puerta, el oidor rezó en voz muy alta, con parsimonia y piedad que arrullaban... hasta que un grito de agonía se esparció como piedra en el estanque, concitando el pavor. "¡Tú! ¡No puedes ser tú!", fueron sus últimas palabras. Se apresuraron a forzar la puerta y allí estaba don Juan de Valenzuela, con el semblante empavorecido, hecho pedazos por la furia criminal. "Obra del Averno", dijeron todos en las calles mientras se santiguaban. El miedo se instaló por doquier, y nadie se atrevía siquiera a pasar frente a la residencia de Bilbao, ya inhabitable. Y el Señor Obispo, en una de las sobremesas interminables que lo afamaban, planeó la estrategia insuperable: la Prueba de la Convicción. La Alcoba Asesina, como ya se le nombraba, sería el laboratorio de la fe, el cementerio de hipocresías y de mentiras. Si la religión siempre necesita de la ejemplaridad de los creyentes, ninguna prueba tan conveniente como la permanencia en ese cuarto. Uno por uno, y entre alaridos y alardes de resistencia, allí se condujo a los sospechosos de herejía, a los marineros luteranos capturados en combate, a los ricos acusados de judaizantes, a los de convicciones pálidas y rezagadas. El Señor Obispo estableció el criterio: si el internado en la alcoba era hijo de Astaroth, su padre habría de protegerlo y, a su salida indemne del sitio, ya podría ser juzgado sin clemencia. Si no, Dios le tendría en cuenta su sacrificio. Y en cada uno de los casos sucedió lo mismo: rostros lívidos al entrar al aposento, silencio de minutos o de horas... y ayes súbitos, plegarias interrumpidas, forcejeos... Y al entrar religiosos y soldados, con despliegue de cruces y de espadas, el mismo espectáculo: un cadáver de facciones convulsas. O el demonio era tan astuto que deseaba ver a sus criaturas enterradas en camposanto, o en verdad no eran sus hijos. En los primeros meses, el asunto no le dijo nada a Fray Abelardo de Guzmán. "Vanidad de vanidades", se limitaba a murmurar cuando le comentaban otro deceso. "¿Para qué arriesgar la vida en el lugar en donde convergen todas las miradas?" Sin embargo, algo había en la serie de crímenes que obligaba a pasarse las horas intercambiando anécdotas mínimas y repitiendo frases. Y una tarde, mientras rezaba, Fray Abelardo oyó un sonido del cielo, que fue aclarándose hasta volverse voz: "Todo está en El libro del escrúpulo justo y el hastío pecaminoso. Revísalo." Guzmán se levantó de un salto y, estremecido y lloroso, corrió a la biblioteca del convento. ¡Claro! ¿Por qué no había pensado en ese texto predilecto, justamente llamado "El Manual del buen confesor"? Aunque se lo sabía de memoria, lo revisó línea por línea, encontrando de nuevo el ánimo inflexible que convocaba a la expiación a los justos, y a la hoguera voluntaria a los pecadores. Horas fueron y vinieron, y la lectura no aportó la solución. Y con todo, allí, en esas páginas tan amadas, se concentraban el nombre del victimario y sus métodos, porque resuenen como resuenen, las Voces de lo Alto tienen algo en común: jamás mienten. Y, a diario, Fray Abelardo visitó la biblioteca, ya convencido de la cercanía de la meta: en algún abrir y cerrar de intuiciones, El libro del escrúpulo justo develaría su secreto. El espanto, se dijo, es la antesala de lo nuevo. El fin de los delitos es el principio fundador del confesionario. Tarde a tarde, Fray Abelardo escuchó las palabras irrefutables: "Todo está en el libro. Y además, tú ya lo sabes." Pero la obstinación no era suficiente, y la clave iluminadora no aparecía. ¿Qué hacer cuando, al mismo tiempo, Dios nos ilumina y nos oscurece el camino? El religioso estaba al tanto de los poderes de la oscuridad, pero seguía sin localizar la frase que los aniquilaría. Durante una semana, ante el clamor público, el Obispo pensó en incendiar la casa de Bilbao, pero Fray Abelardo lo persuadió. "Eso es rendirse ante Belcebú." Y obtuvo para sí la última oportunidad. El Te-Deum fue extraordinario. Asistieron el virrey y prácticamente todos los sacerdotes de la ciudad de México. Fray Abelardo fue ungido en ceremonia especial, los superiores de su orden lo aprovisionaron de crucifijos bendecidos por el Santo Padre, y el mismísimo Obispo lo abrazó. Y a su encuentro con el enigma lo aprovisionó la Iglesia debidamente. ¡Qué conjunto de objetos sacros para protegerle! cálices, hostiarios, crismeras, patenas, sagrarios, copones, lámparas, tercerillas, navetas, manifestadores, aureolas, custodios, estandartes, palmerines, platos petitorios, coronas, potencias de rayos luminosos, relicarios... Los objetos de salvaguardia se fundieron en un solo resplandor, que extirpó cualquier terror en los presentes. Al entrar al cuarto Fray Abelardo rezó un Ave María. Luego, como sus predecesores, lo roció de agua bendita, y con gran valentía lo cerró por dentro. Estaba completamente solo, como nunca lo había estado en su vida, como si la Creación no hubiese ocurrido jamás o estuviese por desencadenarse. Examinó el aposento con avidez, queriendo extraer los secretos con el puro forcejeo de la mirada. En la primera hora nada ocurrió, y el silencio nada más profundizó el ruiderío de sus sentimientos. De pronto, al fijarse en la única imagen del cuarto, en el grabado de tema tan inocuo, Fray Abelardo hizo memoria. ¡Desde luego! Ésta era la cita, y allí estaba la clave. No se trataba del demonio, ni mucho menos, sino... En ese momento, impulsada por una rabia sarcástica, la daga le entró por la espalda, la primera de muchísimas veces. Va mi alma en prendas Te lo digo y te lo repito. Evelio Alcántara, nuestro llorado amigo, nació para un propósito exclusivo, y a esa meta le entregó la vida y lo que sigue cuando uno ya no está, al menos formalmente. Anticipo tus objeciones: si hay algo para lo que no se nace, es para exorcista, vocación de teólogo afiebrado. Te equivocas, el caso de Evelio nos revela exactamente lo contrario: algunas vocaciones se aparecen desde el vientre materno. Vecino suyo y compañero de primaria, me enteré de su idea fija casi a la hora en que surgió, el día en que él cumplió diez años y su mamá lo regañó. Sí, ya sé, un regaño materno es la palanca que mueve al mundo, sobre todo si viene de una viuda con hijo único, pero el niño Evelio vislumbró el origen de la ira, y, ya al tanto del lenguaje de los adultos, calificó en el acto al hecho de diabólico. ¿Por qué su madre lo amonestaba si él nada más vivía pensando en Dios, y por eso, con tal de no caer en vanidades, destruía lo superfluo, su ropa y los muebles para empezar? La cólera materna era propia de alguien sojuzgado por las emanaciones de las tinieblas. Me dirás que el episodio es inconcebible si se recuerda la edad de quien de modo literal calificaba a su madre de "diabólica". Pero lo más extraño no fue eso, sino lo que pasó a continuación: Evelio, alarmado, decidió iniciarse en el exorcismo y preparó con cuidado la ceremonia. La víspera, nos invitó a sus amigos y compañeros de escuela a ser testigos de cómo él, una criatura al fin y al cabo, devolvía a su madre al territorio del bien. La escena persiste en mi memoria, y de tanto repasarla no sé si es divertida o aterradora. Fuimos todos los niños de los alrededores, y acudieron nuestros padres y los vecinos y un grupo de sacerdotes. Todo de negro, con una cruz enorme en la mano, Evelio se detuvo en la puerta de su casa y comenzó a dar de voces. La madre, ignorante de lo que acontecía, salió, miró la multitud, y empezó a gritar como desquiciada. Hablaba muy rápido y no le entendíamos, y Evelio nos aseguró que lo que oíamos era lengua caldea. Luego la inquirió: "Y tu demonio familiar, ¿cómo se llama?" Furiosa respondió: "Se llama como la autora de tus días, imbécil." Evelio insistió: "¿Hace cuánto, mujer, que no te preña Belcebú?" La señora, ya embravecida, aulló: "¡No le digas así a mi marido, que en gloria esté!" Evelio lanzó una risotada: "¿Ven? ¡Aceptó el connubio contranatura!" (Te juro que no invento el lenguaje. Desde entonces Evelio parecía poseído por los archivos de la Inquisición.) La mamá no aguantó más, fue por el revólver de su difunto esposo, y amenazó con tirar si no se largaban. Evelio, enardecido, nos señaló a los tres demonios asistentes al lado de su madre, el de figura de culebra que se le enroscaba en la cabeza, apretándole las sienes, el de a manera de serpiente que le ceñía por la cintura, y el tercero con forma de hombre que le galanteaba provocándola a sensualidad. Si he de ser franco no vi nada, y creo que eso nos pasó a todos, pero me sumé a quienes, encabezados por los sacerdotes, juzgaron a la señora "poseída por el demonio". Ya nunca más Evelio fue objeto de regaños, porque su madre, para no ser internada en un manicomio, abandonó con rapidez la ciudad. Pero en vez de regocijarse por su temprana sapiencia, Evelio se consideró un fracaso. El demonio, el allanador de espíritus, lo había desdeñado. ¿Se extraña entonces que se fijase un propósito en la vida: extirpar a Satanás de los cuerpos usurpados, ser abogado del casero divino que expulsa a esos inquilinos devastadores que nunca pagan renta, los demonios? Si la vocación era inequívoca, los resultados fueron escasos. Evelio no daba una, aunque con el paso del tiempo estableciese técnicas y poderes. En los casos en donde la incrustación demoníaca era evidente, eran en vano sus preces y exhortaciones, inútiles los signos cabalísticos, absurdas las invocaciones en griego y arameo. En cambio, cualquier exorcista menor obtenía resultados fantásticos. Pero Evelio se desesperó: los demonios o le huían o no le hacían el menor caso, y, al parecer, su alma no interesaba, no tenía valor en el mercado, era mediocre. Y la angustia lo condujo al desafío. ¿Cómo me enteré de lo que voy a relatarte? Una buena parte me la contó Evelio. Y lo demás lo intuyo. Para empezar, no es fácil negociar con el Averno. Sus reglas y condiciones son especiales, sólo conoce la desmesura, y, si su apetito de almas es inagotable, es también selectivo: algunas le apasionan, y otras le dan igual. Evelio se propuso descender al centro de los abismos y entenderse allí con las potencias de la oscuridad, porque, en su ambición, no quería negociar con un demonio, sino con miles. ¿Pero cómo llegar al Lugar de la Ausencia de Dios y qué pacto fáustico celebrar? Noche tras noche, en cementerios recónditos, Evelio, sin esperanza alguna, convocó al inframundo. Se preparó para una larga espera, y sorpresivamente, y aquí quisiera recapturar algo de la emoción de nuestro compañero, la respuesta llegó casi de inmediato, no con palabras, sino con sensaciones, mórbidas, eléctricas, confusas. Los demonios, siempre en plural, aceptaban concurrir al forcejeo, pero el alma de Evelio sería en el mejor de los casos un añadido, nunca lo principal. Ocurría lo siguiente: tanto el ateísmo funcional de la vida contemporánea como el desgano de los creyentes, prescindían de los demonios, los juzgaban intimidaciones del anacronismo, se reían de ellos. En otras épocas se les temía, se les invocaba con frecuencia, se perseguía con saña a sus adoradores, pero ahora... Cada que Evelio evocaba aquel diálogo en los depósitos del mal, se estremecía de horror y de ternura. Los demonios, los orgullosos señores de la tierra y sus adentros, se consideraban unos desempleados, figuras de ornato en el cine y en las funciones de títeres, elementos de la parodia. La evolución del pensamiento religioso los desahuciaba, y la sentencia en la pared era tajante: si los ángeles caídos no se imponían de modo convincente, la indiferencia ajena se les adentraría volviéndose reflejo condicionado. Por eso, le entraban a lo del exorcismo, bajo una condición estricta: una campaña de publicidad muy prolongada que, al pregonar el acontecimiento, subrayase su carácter normal. A los demonios les resultaba fundamental, en épocas donde creer en todo es creer en nada, que se describiera su presencia como muy natural, y, por tanto, inevitable. Ítem más: el acto, televisado vía satélite, tendría lugar de preferencia en un estadio, y, por supuesto, con la asistencia de los mass-media internacionales, las grandes cadenas de televisión, el New York Times, el Washington Post, The London Times, Le Monde, El País. La calidad del evento se anunciaría sin estrépito, y la publicidad se centraría en un hecho: la primera transmisión en vivo de un exorcismo. Esto demandaban sus satánicas majestades, un refrendo sencillo y tumultuario de su existencia. ¡Ah, y el lugar elegido! Sé que Acapulco es para ti lugar común del turismo, pero también, reconócelo, es históricamente emporio del pecado, y entre nosotros los símbolos cuentan. Los requisitos continuaban. Antes del exorcismo habría desfiles de bellezas, un evento de table dance simultáneo en seiscientos sesenta y seis cabarets (para combinar la libido y el número de la Bestia, que es el número del Hombre), una fiesta popular en La Costera... Evelio se demudaba y los demonios se engolosinaban con los detalles y, para que veas cómo rigen los criterios de eficiencia, al día siguiente de la respuesta infernal ya funcionaba una oficina con sucursales en Nueva York, Londres y París. La televisión le dedicó al tema series especiales, en los cines se revivieron todas las películas alusivas, fue laboriosa la acreditación de los Medios, y a la media hora de abrirse las taquillas no quedaba un boleto. Evelio, infatigable en declaraciones y entrevistas, paseaba preocupado y solemne en su cuartel general, circundado de puestos con venta de cruces y de CD ROMs. El planeta entero se ocupó del caso, y, hay que decirlo, a favor de Evelio. Un equipo de especialistas en historia medieval lo asesoró, proveyéndolo de los conjuros más eficaces. Se revisó la corrección de las frases en latín. Se promovió un concurso internacional para seleccionar al poseso, donde se inscribieron familias horrorizadas (y exaltadas por el monto del premio) que referían, con tal de ganarle puntos a sus candidatos, cómo sus hijas e hijos cabalgaban en las noches del Sabat, o cómo se aplicaban ungüentos que les desaparecían por horas partes del cuerpo, o cómo hacían ruidos y estruendos, causaban golpes en puertas y ventanas, tiraban piedras sin mover un dedo, quebraban ollas, desplazaban mesas y camas, llevaban una casa de un pueblo a otro... Se eligió finalmente, como el poseso perfecto, a un joven purísimo y hermoso de Celaya, Guanajuato, con vocación monástica, domeñado semanas antes por un demonio medieval. De inmediato, los Medios acosaron a sus seres queridos, reconstruyeron su vida, realizaron una encuesta para determinar si las invasiones satánicas eran resultado de la descomposición social y la educación laica. Celaya se volvió atracción turística y se fijó la fecha del exorcismo. En el estadio, por más que se quisiera, ya no cabía otra persona. Había historiadores, demonólogos, sacerdotes, expertos en esoterismo y en desenmascarar supercherías. Entre ovaciones que dieron paso a un rumor opresivo, Evelio surgió todo de blanco, y caminó hacia una plataforma giratoria cubierta por un telón inmenso. Éste se fue levantando... y allí estaba el desdichado, semidesnudo, vociferando maldiciones terribles en lengua desconocida, que cada uno de los presentes conocía sin embargo. Un comité de clérigos certificó ante cámaras la realidad del trance. Evelio procedió. Las oraciones del siglo XIV fluyeron, y el joven de pronto se calmó, dejando ver su condición apolínea. Luego se deshizo en raptos espasmódicos que lo volvían simultáneamente bestia espantadiza y monstruo espantable. A los aullidos, la gente respondía en coro, se entregaba al duelo entre invocaciones y maldiciones, se adueñaba de lenguas ignotas. Evelio intentó modificar el aspecto del poseso, y que llevase una vela encendida en las manos, una mordaza en la lengua y una soga en la garganta. A carcajadas, el endemoniado rechazó la oferta. "Me vería fuera de época", afirmó desdeñoso. A la última exhortación de Evelio, sucedió un silencio jamás antes oído en la tierra, un silencio insoportable que trituraba la atmósfera, el silencio de los medios masivos. Luego, de un salto, los demonios, vueltos emanaciones visibles, masa antropomórfica, salieron del cuerpo abrumado por las contorsiones, bailando con ritmo y elegancia "One", el número final de A Chorus Line. Nunca en la historia del trasmundo se conoció algo parecido. ¡El triunfo de Broadway sobre Mefistófeles! Lo sabes perfectamente: la confusión siguiente no tiene paralelo en la memoria del hombre. Y al extinguirse risas, llantos, entusiasmos y desolaciones, la conclusión fue inapelable: los resultados del exorcismo difamaban a la guerra ancestral, la que se libra entre la luz y las tinieblas, y abarataban el mal, lo asimilaban a la sociedad de consumo, lo convertían en espectáculo banal, inofensivo, kitsch. Si, como tanto se había dicho, era normal la existencia de los demonios, podrían haber dispuesto algo en verdad artístico o inaudito, pero no esa vulgaridad de grupo de aficionados. El mundo entero se llamó a engaño y los rituales antiguos cayeron en desuso. Las presiones sobre el corazón del exorcista fueron excesivas. Hoy, y esta no es hipótesis sino certidumbre teológica, Evelio sigue paleando carbón en los infiernos. Amor Perdid (Fragmento 1977) José Alfredo Jiménez No vengo a pedir lectores (Se repite el disco por mi puritita gana) Declaración de fines “José Alfredo Jiménez –dice en su media lengua el entrevistador en el programa de homenaje- reflejó el temperamento, la conducta y el modo de ser del mexicano (…) la problemática del mexicano enamorado.” El As de la canción Ranchera, José Alfredo (así, sin apellido) es –se nos confirma- arquetipo y vocero de una conducta (una psicología radical) que en el cine exaltó e hizo concebible Pedrito Infante, no dejen de solicitar su melodía predilecta, tan enamorado y tan mal correspondido / o tan idolatrado pero tan pobre o tan sincero…pero con todas, siempre llorando (en el punto climático) de rabia o decepción o por causas que averiguará al día siguiente…La transposición es nítida: José Alfredo es el vehículo del desamparo, del momento de la franqueza cuando no hay a quien mentirle ni de quien huir y la obsesión es tan grande que justifica la vida aun si su origen es insignificante o inventado. Él mismo lo declaró: “La canción es el medio de limpiarme el alma.” De acuerdo en su caso: la sinceridad (su Sinceridad) fue la Forma y el Contenido. En sus letras y melodías no hay subterfugios, distracciones poetizantes o sofistiquerías. A lo que les truje verso y pentagrama. Que nadie se meta entre los sentimientos y su consignación sinfonólica. José Alfredo se visualiza –y asume a su personaje, ese amigo extraordinario que es despreciado y desprecia, anida en la autodestrucción y la remembranza, no teme a la humillación ni duda en el odio a la ingrata- como muy cabal y sin fingimientos. Él no se enreda con las metáforas ni saquea a Lugones o a Cole Porter. Vocifera su amor (a quien quiera oírlo y al que se haga disimulado), vitorea su desgracia y le echa porras al deseo de redimir, en puro olvido alcohólico, la mala suerte de esta pasión. Lo elemental como lo primordial: el licor es la depuración. Y- también- sin frustraciones dolorosas no hay acceso respetable a la bebida. Puesta en escena Los límites de José Alfredo. En la Plaza Garibaldi, entre familias remodeladas, una pareja demanda y recibe ”La que se fue”. Los dos atienden como so oyeran desde hace largo rato, como anticipando un escalofrío que sólo ha de efectuarse porque está previsto. Les conmueve lo que les va a conmover. La pareja es autobiográfica y asiste a la premonición de lo que han sido y al recuerdo de lo que serán. No hay paradoja sino eterno retorno. Si tenemos suerte, así nos habremos comportado. Si nos va bien, así nos irá de mal. El estilo retroalimenticio o el feed-back de la cultura pop en México: la pareja o el grupo rodeado de mariachis van a oír sus propias broncas internas, el son de la nostalgia arrancándose con ardor, lo que tengo aquí en el alma es tarareable, ahorita la estoy pasando de la Chingada (¡Cómo sufro hermanito por vida de Dios!), recordando, entrándole a la felicidad inaudita de lo que ha sido o de lo que nunca será. No hay presente. Verifiquemos que todo es pasado, incluso esta salida nocturna pa´ celebrar, en la plaza reconstruida; todo es pasado, porque nada más allí las cosas (situaciones/emociones) tienen sentido y disponen de un agradecido esplendor. El punto de convergencia entre una sociedad y su compositor popular: la pareja le agrega a la canción de José Alfredo sus impresiones fatigadas y parranderas (la Parranda, según esta subcultura, es la regeneración de una especie deshecha por la vida cotidiana). Y la Gustada Melodía de José Alfredo le devuelve al grupo (a la pareja) la convicción de que así es, ni hablar, esa música tan parsimoniosa y pegajosa y ya memorizada desde antes de que se compusiera, reconstituye y certifica lo excepcional de la hora que se vive, la proclamación pública y festiva de que se posee vida privada (porque hay experiencias que así lo indican o sugieren). Como en un tiempo Agustín Lara, José Alfredo es una suerte de reflejo condicionado de uno o varios públicos. Se abalanza la sociología pop: José Alfredo, entre otras cosas, es primer testimonio de los inmigrantes, los recién avecindados en la ciudad de México: según esto, él empezará como portador (lo urbano con memoria agraria) de las vicisitudes y pérdida de tradiciones a que obligan la pobreza y el empobrecimiento del país. “¿Quién no sabe en esta vida la traición tan conocida que nos deja un mal de amor? / ¿Quién no llega a la cantina exigiendo su tequila y exigiendo una canción?” A las líneas las afina su intuición descriptiva: carentes de metas políticas y de recursos económicos, las clases populares necesitan poseer sentimientos, hacerse del catálogo de confusiones indecibles a las que ordenan nombres preestablecidos: pasión, corazón, amor, borrachera y un volátil y níveo ser amado que bien debe llamarse Paloma. Esos nombres califican a muy distintas circunstancias y ninguna pasión será igual a otra o igual a sí misma y no hay semántica capaz de unificar tantos quebrantamientos simultáneos. “Por el día que llegaste a mi vida, Paloma Querida, me puse a brindar”. Ser un peregrino sin rumbo ni fe es expresar lo que se lleva aquí muy dentro, lo que, oportunamente, una canción hace salir para dejarnos vibrando. |
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