FIGURAS DE LA LETRA

Octavio Paz, el poeta de la otredad

Fotografía: Gabriela Bautista


Adonde yo soy tú somos nosotros, Octavio Paz: crónica de vida y obra del escritor Carlos Monsiváis fue un libro de acceso limitado. En el web estuvo fugazmente en el sitio de la revista mexicana Proceso. Reproducimos aquí algunos fragmentos de esta publicación que coloca a Paz frente a la mirada lúcida del cronista, el escritor y el crítico.

Los ancestros: "Mientras la casa se desmoronaba/ yo crecía"

Octavio Paz nace el 31 de marzo de 1914 en Mixcoac, barrio entonces alejado del Centro de la Ciudad de México, hijo único del abogado Octavio Paz Solórzano y de Josefina Lozano. Su abuelo, Ireneo Paz (1836-1924), es abogado, novelista histórico, impresor, poeta satírico de buen nivel, liberal republicano (y jacobino, según sus autodescripción).

Periodista compulsivo, Ireneo funda revistas y diarios (Sancho Panza, El Payaso, La Palanca de Occidente. El Diablillo Colorado, El Padre Cobos, La Patria Festiva, La Patria Ilustrada). De sus publicaciones, las más valiosas son El Padre Cobos y La Patria Ilustrada; de su producción literaria y testimonial lo más sobresaliente es Algunas campañas, memorias de la guerra de Intervención y de las revoluciones de La Noria y Tuxtepec, publicadas por entregas en La Patria Ilustrada, de 1884 a 1886 (edición de 1997 del Fondo de Cultura Económica, con un excelente prólogo de Antonia Pi-Suñer Llorens).

Ireneo se pronuncia contra el gobierno, va a la cárcel, es partidario de Porfirio Díaz, enemigo radical del presidente Sebastián Lerdo de Tejada y redactor del plan de la revolución de Tuxtepec. En 1876 se aleja de Díaz, cuando éste designa para sucederle en la Presidencia de la República a su compadre Manuel González, en contra del candidato de Paz, Trinidad García de la Cadena.

El 27 de abril de 1880, por querellas políticas, se bate a duelo con Santiago Sierra, hermano de don Justo, y lo mata. Luego, es diputado y senador del porfirismo, y es siempre impresor infatigable.

En Algunas campañas, resume su trato con el dictador: "…le quise mucho y admiré sus buenas cualidades, pero no estuve ciego para no ver que sobre el inestable beneficio de la paz idiota que pudo proporcionarnos, acabó con el prestigio de las instituciones democráticas, dándonos una República de puro nombre. Así lo comprendieron todos los liberales, pero ninguno se atrevió a decírselo…"

A Octavio, séptimo y último de los hijos de Ireneo, ya le corresponden ventajas y privilegios. Por ejemplo, los de veranear en la casa paterna en la Villa de Mixcoac, con piscina, frontón y dos quioscos, más el añadido de saraos, zarzuelas y teatro de aficionados. Al principio es antizapatista y partidario del dictador Victoriano Huerta. Todavía el 9 de enero de 1914 se refiere a "la necesidad de purgar de zapatistas al suelo patrio". Ya en septiembre de 1914 es un correo entre los zapatistas de la ciudad de México y el Ejército del Sur.

Al tomar los revolucionarios la ciudad de México, en noviembre de 1914. Paz Solórzano, durante cinco días, dirige el órgano de la Revolución. El Nacional. Luego, lo desplazan los villistas.

Nombrado representante de Zapata, Paz Solórzano llega a Estados Unidos en octubre para una estancia de casi cuatro años. Regresa a México en 1920. Es diputado agrarista y obrerista, y en 1928 se retira de la política. El 8 de marzo de 1936, a los cincuenta y dos años de edad, muere en el pueblo de Santa Marta Acatitla, en un accidente provocado por su embriaguez. En Pasado en claro, Paz describe el final:

Del vómito a la sed,
Atado al potro del alcohol,
Mi padre iba y venía entre las llamas.
Por los durmientes y los rieles
De una estación de moscas y de polvo
Una tarde juntamos sus pedazos.
Yo nunca pude hablar con él.
Lo encuentro ahora en sueños,
Esa borrosa patria de los muertos.
Hablamos siempre de otras cosas.


Esta es la tradición inmediata de Paz: un abuelo escritor y político, un padre revolucionario, alcohólico, de vida intensa, un medio familiar conservador. Paz, en "Intermitencias del Oeste (2) (Canción mexicana)" evoca este "árbol genealógico":

Mi abuelo, al tomar el café,
Me hablaba de Juárez y de Porfirio,
Los suavos y los plateados.
Y el mantel olía a pólvora.
Mi padre, al tomar la copa,
me hablaba de Zapata y de Villa,
Soto y Gama y los Flores Magón.
Y el mantel olía a pólvora.
Yo me quedo callado:
¿de quién podría hablar?


Con tal de responder a esa pregunta. Paz se involucra desde adolescente en una gran aventura intelectual y política, en las polémicas interminables, en la incesante pelea con las ideocracias. El mantel ya no retiene el olor de la pólvora, pero Paz dispone al final de una gran obra y de las experiencias y temas de siete décadas de ejercicio de la poesía y de batallas culturales y políticas de alto rango.

El medio formativo: barrios dormidos

En Pasado en claro, Paz sitúa el lugar de la infancia:

Casa grande,
Encallada en un tiempo
Azolvado. La Plaza, los árboles enormes
Donde anidaba el sol, la iglesia enana…


Si algo no se permite Paz en sus evocaciones es la complacencia. El pasado es "otro país" y es la patria de los muertos, pero eso no lo induce a la euforia a la magnificación de lo vivido, sino, de modo permanente, a la búsqueda del ángulo estético, a ver las sombras de una casa sombría y arruinada de novela de Dickens, en donde otro habría contemplado el paraíso perdido:

"Nuestra casa, llena de muebles antiguos, libros y objetos, se desmoronaba poco a poco. A medida que caían los cuartos, nosotros llevábamos los muebles a otro cuarto. Recuerdo que durante mucho tiempo viví en una habitación espaciosa, pero a la que le faltaba parte de un muro. Unos suntuosos biombos me defendían bastante mal del viento y de la lluvia. Una enredadera se metió en mi cuarto… Una premonición de aquella exposición surrealista en la que había una cama sobre un pantano".

En la casa impera el abuelo, que ha visto perder sus contratos de imprenta y se considera olvidado, de hecho alojado en el desván de la historia, Y la figura más cercana es la madre. Pepita Lozano, hija de españoles, de la que Paz entrega en Pasado en claro un retrato cruel y entrañable:

…niña de mil años,
madre del mundo, huérfana de mí,
abnegada, feroz, obtusa, providente,
jilguera, perra, hormiga, jabalina,
cartas de amor con faltas de lenguaje,
mi madre: pan que yo cortaba
con su propio cuchillo cada día.


Los años de comienzo: la avidez plural

En la adolescencia y la juventud de Paz, la ciudad de México –definida por el Centro, pacífica y en expansión, todavía recorrible a pie y sin temores-- es la entidad voluntariosa donde una minoría ensaya sus fuerzas culturales. Si las metrópolis cuentan siempre con registros muy diversos que van de la represión a la mínima o máxima tolerancia, del sosiego casi provinciano a los estremecimientos lúbricos, la capital de México en el periodo 1920-1940 (todo aproximado) es el bullicio o el estrépito que introduce y flexibiliza comportamientos, en buena medida porque aprovecha las conmociones de ir y venir de los ejércitos revolucionarios y las transforma por el tiempo suficiente en "relativismo moral", y porque usa de la caída de un orden para conseguirle espacio al "desorden" (entonces, sinónimo del ejercicio de libertades).

La ciudad contiene la modernidad posible del país, y, en el orden de las impresiones, la literatura encauza el quebrantamiento de las costumbres. Se lee para estar al tanto de los hábitos venideros. Las normas sociales se modifican y se conservan al mismo tiempo, y las vanguardias alternan con las ortodoxias. En "Nocturno de San Ildefonso", Paz evoca el Centro, vislumbrado y experimentado desde la Escuela Nacional Preparatoria en la calle de San Ildefonso, y a sus recuerdos los rige, en primera y última instancia, consideraciones de orden estético:

Barrio dormido.
Andamos por galerías de ecos,
Entre imágenes rotas:
nuestra historia.
Callada nación de las piedras.
Iglesias,
vegetación de cúpulas,
sus fachadas
petrificados jardines de símbolos.


En 1929, los estudiantes conquistan la autonomía de la Universidad Nacional de México (de allí en adelante UNAM), y apoyan la candidatura de un civil, el escritor José Vasconcelos, a la Presidencia de la República. Tras una campaña de abusos y delitos del gobierno de Emilio Portes Gil, a las órdenes del Jefe Máximo Plutarco Elías Calles, la contienda termina con la victoria (un tanto fraudulenta) de Pascual Ortiz Rubio, candidato del recién creado Partido Nacional Revolucionario, luego Partido de la Revolución Mexicana, y más tarde Partido Revolucionario Institucional. Decepcionados por la imposibilidad del cambio, ilusionados con la transformación del sistema desde dentro, la mayoría de los partidarios de Vasconcelos se alejan del entusiasmo radical que emerge, y los reemplazan jóvenes que, en principio, no creen en la Revolución Mexicana.

Para acercarse al proceso de Paz y su generación, es preciso recordar mínimamente el significado de la Revolución Mexicana en estos años: un movimiento militar y social que se congela en efusiones demagógicas; la creación de instituciones que mejoran la calidad de vida de los habitantes de las urbes y en algo benefician al sector agrícola: el auspicio de la movilidad social que –previa selección-- admite el desarrollo profesional de los hijos de obreros, campesinos y pequeños comerciantes; las mínimas aperturas en materia de conducta que potencian la fascinación de las grandes ciudades: las campañas de alfabetización y la insistencia en el proceso educativo: la mitología de la épica popular y las santificaciones del oportunismo. Todo esto, entre represiones incesantes y marejadas de corrupción, y entre avances extraordinarios en materia de salud, vivienda, electrificación, dotación de agua potable, redes de carreteras, presas, urbanización acelerada. Durante un tiempo largo, los críticos más acerbos de la Revolución Mexicana no logran ser oídos a causa del impulso de la revolución.

En 1930, con menos de tres millones de habitantes, la capital de México, para un joven que ama la literatura, es un ámbito tan hostil como propicio. Las librerías y las revistas literarias son muy escasas, la sociedad y el gobierno son en lo básico antiintelectuales, el gusto cultural de los radicales tiene que ver con la denuncia y la declamación, los escritores carecen de empleos propicios y de facilidades para editar su obra, no hay tal cosa como un sistema de becas, sólo el Servicio Exterior facilita el vivir en el extranjero, y el público de poesía moderna, si fiel y constante, es también muy restringido. Esto es innegable, ¿pero qué había antes? Unos cuantos favores (diputaciones en forma de becas) que la dictadura reparte, el periodismo como esclavitud, el no poder jamás profesionalizarse como escritores. Como sea, todavía en 1950 no hay tal cosa como un escritor profesional y se multiplican lo que Cyril Connolly llamó "Los enemigos de la promesa" De éstos, Paz se evade del periodismo compulsivo, la bohemia y los scripts de radio y cine, y resuelve hábilmente su paso por la burocracia.

En su ensayo sobre la tradición liberal (en Hombres en su siglo y otros ensayos), puntualiza: "Desde muy joven fue muy vivo en mí el sentimiento de pertenecer a una civilización. Se lo debo a mi abuelo, Ireneo Paz, amante de los libros, que logró reunir una pequeña biblioteca en la que abundaban los buenos escritorios de nuestra lengua".

En esos años Paz, lector cuidadoso, asimila muy bien algunas consignas del clima literario: a) México, en lo cultural, pertenece inequívocamente a Occidente; b) la cultura francesa es el mejor resumen disponible de la cultura occidental; c) la marginalidad de unas cultura depende más de la forma en que es vivida y observada (menospreciada) que de su método para observar (valuar); d) la tradición nacional importa en la medida en que define la calidad alcanzada y alcanzable en medios, adversarios del arte y las humanidades. Desde estas certezas, Paz construye su tradición poética y cultural, y precisa las afinidades electivas en literatura que opone a las cerrazones del medio circundante.


La formación política: España y los intelectuales

Muy en especial en la década de 1930, en vísperas de otra Gran Guerra, la revolución es la fuerza exaltadora y el único valladar contra el nazifascismo. Los Contemporáneos son antifascistas y partidarios de la República española.

En julio de 1936 se levanta contra la república española el ejército mercenario de Francisco Franco, apoyado por la derecha feudal, la Iglesia católica y los gobiernos de Hitler y Mussolini. El momento es eléctrico, al estar todos conscientes de que se vive el "ensayo general" de la guerra totalizadora. El gobierno de Manuel Azaña congrega el apoyo de la izquierda y de los sectores democráticos del mundo entero. En América Latina los intelectuales se dividen y la gran mayoría opta por la República. A la solidaridad internacional la representa magníficamente las Brigadas Internacionales, los voluntarios que combaten al lado de los republicanos, los escritores deslumbrados con el ideal, los militantes comunistas, los demócratas convencidos del horror del fascismo.

En 1937, Paz se va a vivir por unos meses a Yucatán, en las Misiones Culturales de alfabetización y apoyo a las comunidades rurales. Allí escribe "Entre la piedra y la flor", uno de sus poemas de más clara intención social, producto de la observación de las condiciones de vida campesina. Paz dice: "Me impresionó mucho la miseria de los campesinos mayas, atados al cultivo del henequén y a las vicisitudes del comercio mundial del sisal. Cierto, el Gobierno había repartido la tierra entre los trabajadores, pero la condición de éstos no había mejorado".

"¡Muera Franco, viva España!"

En este ánimo socialista y libertario. Paz recibe la invitación del Congreso Mundial de Intelectuales Antifascistas, en Valencia. El viaje es uno de los momentos culminantes de su vida, colmado de acontecimientos extraordinariamente significativos, de episodios de la más elevada solidaridad, de la depresión y la tristeza a que obligan las guerras. De encuentros literarios, de aprendizaje de toda índole.

En junio de 1937 se casa con Elena Garro, que bajo su incitación escribirá una excelente obra de teatro "Un hogar sólido" y la gran novela "Los recuerdos del porvenir".

No hay salones literarios, los nostálgicos disponen de librerías y los avasallados por la política cuentan con cafés. Paz Frecuenta uno: "Durante más de quince años, de 1930 a 1945, el Café París fue uno de los centros de la vida literaria y artística de la Ciudad de México.

De indignaciones literarias

Nombrado cónsul de Chile en México, Neruda crea de inmediato una "corte", impulsado por la izquierda mexicana que lo reconoce (justamente) por su poesía excepcional, y lo exalta (dogmáticamente) por su militancia. Paz frecuenta a Neruda y se aleja de él de modo abrupto a causa de un libro: Laurel. Antología de la poesía moderna en lengua española (1941).

En 1943 Neruda sale de México y el banquete de despedida lo preside el general Lázaro Cárdenas. José Luis Martínez y Paz Le dedican adioses heterodoxos en Letras de México. El de Paz, del 15 de agosto de 1943, es devastador:

"Su literatura está contaminada por la política su política por la literatura, y su crítica es con frecuencia mera complicidad amistosa y, así muchas veces no se sabe si habla el funcionario o el poeta, el amigo o el político (…) Es muy posible que el señor Neruda logre algún día escribir un buen poema con las noticias de la guerra, pero dudo mucho que ese poema influya en el curso de ésta. Prefiero siempre un buen comentario de Laski a los ripios de los poetas políticos (…) Neruda no representa a la Revolución de Octubre, lo que nos separa de su persona no son las convicciones políticas, sino, simplemente, la vanidad… y el sueldo. (En "respuesta a un cónsul")".

El servicio Exterior: los años de la posguerra

El diplomático Francisco Castillo Nájera, amigo de su padre, lo recomienda para el Servicio Exterior de México. José Gorostiza también lo ayuda a obtener su primer puesto: tercer secretario de la embajada en París, donde permanece de 1945 a fines de 1951, años de intensa vida intelectual, trato con los surrealistas (en especial Andre Breton y Benjamín Péret), frecuentación de museos, profundización en el conocimiento de las artes plásticas, amistad con escritores y pintores latinoamericanos (Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Blanca Varela, Fernando de Szyszlo, Rufino Tamayo).

Participa en proyectos de revista fallidos y en publicaciones internacionales… Ante la censura mexicana Paz defiende Los olvidados, de Luis Buñuel, premiada en el Festival de Cannes. Paz conversa interminablemente con los críticos del marxismo y los convencidos de la necesidad de oponerse al totalitarismo soviético.

Estar lejos de México le ayuda a estructurar un pensamiento sin las presiones del medio. Sin embargo, su correspondencia es nutrida y sigue con detalle los acontecimientos mexicanos. La publicación de Libertad bajo palabra (1949) reanima a Paz. Le escribe a Reyes: "Considero inútil decirle hasta qué punto estoy contento con el libro. Ha sido un verdadero día de fiesta para mí. Quizá a usted le parezca excesiva mi alegría. Pero le aseguro que ver el libro ha sido como una prueba, superior a la de Descartes, de mi existencia personal, de la que ya empezaba a dudar. Y al mismo tiempo, como que ese libro ya no es mío, como que la existencia que justifica es la de otra persona –mejor y más pura que yo--. Influye, sin duda, la tipografía".

Como diplomático. Paz es cumplido, ortodoxo y bastante libre. Conoce a la perfección su oficio, pero sabe también adentrarse en la vida intelectual de los países en donde trabaja (la excepción parcial es Japón). Sus amistades en Francia y en la India son perdurables. De enero a marzo de 1952 trabaja en la Embajada de la India y luego, hasta enero de 1953, en Japón. Regresa a la ciudad de México, a dirigir la oficina de Organismos Internacionales de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

La obligación de decir la verdad

En enero de 1954, Paz responde a una pregunta de Elena Poniatowska:

--¿No hay entonces una relación auténtica y profunda entre el escritor y su público?
--No, no la hay. Y por eso los escritores necesitan un cierto heroísmo que nos ayude a seguir escribiendo, a persistir en plena libertad, sin complacencias y sin temores. Con una gran esperanza, sí, con la esperanza de ver que desaparezca esa forma cenicienta y fantasmal, pura apariencia, que nos ofrece por ahora la literatura mexicana.

Para situar mejor esas palabras, debe recordarse la situación latinoamericana de entonces. A las dictaduras oprobiosas (Trujillo, Somoza, Duvalier), al populismo represivo (Perón), a la falta compartida de vida democrática, se responde con la exigencia del compromiso de los artistas y escritores. La izquierda latinoamericana es débil y sus representantes en el medio cultural son los izquierdistas más conocidos, y por eso la insistencia en la combatividad, y el mito de su eficacia, Paz le precisa a Poniatowska: "El escritor, en tanto que escritor, no tiene la obligación –como quiere mi amigo José Luis Martínez-- de mejorar directamente la situación del país. Todos tenemos deberes sociales, pero además de ello el escritor tiene otra obligación: decir la verdad –Por lo menos su verdad aunque resulte escandalosa o desagradable. Habría que reclamar para nosotros el derecho de ser desagradables. Que alguien se atreva, por ejemplo, a sacudir un poco a la burguesía mexicana. A toda esa burguesía tan cómodamente sentada: las señoras de sociedad en su respetabilidad y en su virtud, los políticos en su poder, los banqueros en su dinero, los líderes en sus mentiras. En realidad, toda esta gente está sentada en la pobreza del pueblo. (En Elena Poniatowska, (Octavio Paz. Las palabras del árbol. Plaza y Janés, México, 1998).

Sepan cuantos escucharen

A su regreso a México, Paz se encuentra con un medio vitalizado por el alejamiento del nacionalismo, y el ejercicio de la modernidad cultural. Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros siguen allí y son noticia constante, pero su mensaje ideológico queda aislado, tanto por las presiones de la Guerra Fría como por el reconocimiento de otras vías expresivas en las artes plásticas, muy notoriamente Rufino Tamayo, con menos seguimiento las de Gunther Gerzso, Leonora Carrington, Juan Soriano, Pedro Coronel. La "Epoca de Oro" del cine mexicano está por concluir, y se desmorona el teatro de las obras de ingenio dudoso y melodrama que persiste. Paz convoca de inmediato a un grupo de amigos, de escritores, pintores, editores.

La reanimación cultural de la ciudad de México tiene un eje definitorio: Difusión Cultural de la UNAM que dirige Jaime García Terrés. Allí, en 1955 se inicia un experimento teatral de vastas repercusiones: Poesía en Voz Alta, que cuenta con escritores (Paz, Juan José Arreola, Elena Garro, Antonio Alatorre), teatristas (Juan José Gurrola, Héctor Mendoza, José Luis Ibáñez), actores y actrices (María Douglas, Rosenda Monteros, Tara Parra, Nancy Cárdenas, Carlos Fernández), escenógrafos (Leonora Carrington, Juan Soriano, Héctor Xavier). Paz propone una nueva forma de hacer el teatro, fundada en los valores y las resonancias de la palabra, en la recuperación de un espíritu lúdico que es juego de infancia y aprendizaje de movimientos escénicos nunca antes vistos en México, Poesía en Voz Alta –me fío de mi memoria-- genera puestas deslumbrantes de Jean Genet, Elena Garro, El Siglo de Oro y Paz.

"La luz descalza sobre el mar y la tierra dormidos"

En 1959, Paz se traslada a París, como funcionario de la Embajada. En 1962 es nombrado embajador de México en la India, con residencia en Nueva Delhi. Los años en la India modifican en gran medida su pensamiento, y le permiten escribir una poesía distinta, más experimental, más influida por otras cosmogonías. En 1964 conoce a Marie-José Tramini, y se casa con ella. Marie-José será su continua referencia amorosa.

"Si una nación entera se avergüenza…"

A Paz le interesa profundamente la revuelta de Mayo en Francia, la intransigencia de los estudiantes, su "Prohibido prohibir". Y sigue con atención lo que pasa en México de julio a octubre de 1968, el entusiasmo juvenil, el vigor y la imaginación del Movimiento, las manifestaciones de cientos de miles, la represión, la intolerancia del presidente Gustavo Díaz Ordaz y su gobierno. El 2 de octubre un batallón, al mando del general José Hernández Toledo, al responder a la provocación de miembros del Estado Mayor Presidencial emboscados, dispara sobre la multitud indefensa. Nunca se sabrá el número de víctimas: doscientas, quinientas. Hay dos mil arrestados, de los cuales cerca de cien permanecen en la cárcel durante tres años. A Paz, el Programa Cultural de la XIX Olimpiada, que se inaugura el 12 de octubre, le solicita un poema. El 7 de octubre responde desde Nueva Delhi, al tiempo que presenta su renuncia a la Embajada. La carta que acompaña al poema es muy escueta:

"Muy señores míos:

Tuvieron ustedes, hace algún tiempo, la amabilidad de invitarme a participar en el Encuentro Mundial de Poetas que se celebrará en México durante el presente mes de octubre, como una parte de las actividades del programa cultural de la XIX Olimpiada. Asimismo, me invitaron escribir un poema que exaltase el espíritu olímpico. Decliné ambas invitaciones porque, según expresé a ustedes oportunamente, no pensaba que yo fuese la persona más a propósito para concurrir a esa reunión internacional y, sobre todo, para escribir un poema con ese tema. No obstante, el giro reciente de los acontecimientos me ha hecho cambiar de opinión. He escrito un pequeño poema conmemorativo de esa Olimpiada. Se los envío a ustedes, anexo a esta carta y con la atenta súplica de transmitirlo a los poetas que asistirán al Encuentro…

Intermitencias del oeste (3)
(México: Olimpiada de 1968)
La limpidez
(quizá valga la pena
escribirlo sobre la limpieza
de esta hoja)
no es límpida:
Es una rabia
(amarilla y negra
acumulación de bilis en español)
extendida sobre la página.
¿Por qué?
La vergüenza es ira
Vuelta contra uno mismo:

Una nación entera se avergüenza
Es león que se agazapa
para saltar.

(Los empleados
municipales lavan la sangre
en la Plaza de los Sacrificios.)
Mira ahora,
manchada
antes de haber dicho algo
que valga la pena,
la limpidez.

Al salir de la India, Paz recibe numerosas invitaciones de universidades de Estados Unidos y Europa. Pasa un tiempo en París, luego da cursos en las universidades de Harvard, Austin, Cambridge y Oklajoma. Asiste a simposios y recitales. Publica libros de primer orden. En 1971, ya en México, a invitación del director de Excélsior, Julio Scherer García, funda y dirige la revista Plural.

En julio de 1976, el gobierno del presidente Luis Echeverría auspicia un golpe contra la directiva de Excélsior. De inmediato, Paz y sus colaboradores renuncian a Plural, y en diciembre de ese año fundan la revista Vuelta, que Paz dirige.
En 1987 se le nombra presidente del Consejo Internacional de Escritores y Artistas, y asiste a la conmemoración, en Valencia, del quincuagésimo aniversario del Congreso de 1937 a favor de la República.

El 11 de octubre de 1990 recibe el Premio Nobel de Literatura, el primer mexicano en obtenerlo. Afirma en su discurso: "La gracia es gratuita, es un don: aquél que lo recibe, el agraciado, si no es un mal nacido, lo agradece, da las gracias. Es lo que yo hago ahora con estas palabras de poco peso. Espero que mi emoción compense su levedad." El Premio Nobel potencia la difusión de su obra.

A Paz se le analiza y lee con admiración, y varios de sus libros reciben el tratamiento de clásicos. El 11 de diciembre de 1997 se constituye legalmente la Fundación Octavio Paz.

El 19 de abril de 1998 muere Octavio Paz en la Casa de Alvarado, en Coyoacán, Ciudad de México.


La izquierda: los interlocutores permanentes

En El ogro filantrópico (1979), Paz escribe:

"Cuando pienso en Aragón, Éluard, Neruda y otros famosos poetas y escritores stalinistas, siento el calosfrío que me da la lectura de ciertos paisajes del infierno. Empezaron de buena fe, sin duda: ¿Cómo cerrar los ojos ante los horrores del capitalismo y ante los desastres del imperialismo en Asia, y Africa y nuestra América? Experimentaron un impulso generoso de indignación ante el mal y de solidaridad con las víctimas. Pero insensiblemente, de compromiso en compromiso, se vieron envueltos en una malla de mentiras, falsedades, engaños y perjurios hasta que perdieron el alma. Se volvieron, literalmente, unos desalmados. Puedo parecer exagerado: ¿Dante y sus castigos por unas opiniones políticas equivocadas? ¿Y quién cree hoy en el alma? Agregaré que nuestras opiniones en esta materia no han sido meros errores o fallas en nuestra facultad de juzgar. Han sido un pecado, en el antiguo sentido religioso de la palabra: algo que afecta al ser entero."

El primer contacto de Paz con la política de oposición, ocurre en su adolescencia. A Paz le impresiona el movimiento estudiantil de 1929, la lucha por la autonomía de la Universidad Nacional de México. El liderazgo intelectual entre los jóvenes, le pertenece entonces al escritor José Vasconcelos. En 1930, Paz interviene, a los dieciséis años, en un intento romántico: la Unión de Estudiantes Pro Obreros y Campesinos, para fomentar la educación popular. En la década de 1930 sus contactos con la izquierda se intensifican. "Mi generación –señala en Itinerario— fue la primera que, en México vivió como propia la historia del mundo, especialmente la del movimiento comunista internacional."

La llegada a la Presidencia de la República del general Lázaro Cárdenas reafirma a Paz en sus ideas libertarias:

"El ascenso de Lázaro Cárdenas al poder se tradujo en un vigoroso viraje hacia la izquierda (…) Los más reacios entre nosotros acabamos por aceptar la nueva línea: los socialdemócratas y los socialistas dejaron de ser "socialtraidores" y se transformaron repentinamente en aliados en la lucha en contra del enemigo común: los nazis y los fascistas. El gobierno de Cárdenas se distinguió por sus generosos afanes igualitarios, sus reformas sociales (no todas actuales), su funesto corporativismo en materia política y su audaz y casi siempre acertada política internacional." (En Itinerario)

Paz se distancia del organismo izquierdista de artistas e intelectuales la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios), y se horroriza ante los acomodos de Hitler y Stalin, pero no son momentos de ruptura, y Paz continúa cerca de la izquierda. Luego, el trato en París con testigos de la barbarie stalinista modifica su propósito de contemporizar. A Paz lo deslumbran las ideas radicales, sigue con asombro las noticias del régimen soviético y la novedad de poetas como Maiakovsky y por eso, da clases en el programa de escuelas para obreros en Yucatán.

En España, en 1937, Paz ratifica sus compromisos, y ve instalarse, al lado de la generosidad y la solidaridad, a los "Comités de Salud" y los comisarios. Paz inicia su distanciamiento de la izquierda política, que se consumará trece años después.
El escritor francés David Rousset publica un informe sobre los campos de concentración en la URSS. Es el tiempo de la Guerra Fría, y la izquierda se abstiene de la mínima crítica al socialismo "para no darle armas al enemigo". Paz hace a un lado la intimidación moral y publica en la revista argentina Sur algunos de los documento sobre el genocidio stalinista divulgados por Rousset. La respuesta es inmediata: a Paz se le califica de "anticomunista", el título que es instrumento de contención ante las devastaciones de la Guerra Fría, y que se emplea no contra los "instrumentos del Pentágono", sino casi exclusivamente, contra los críticos del stalinismo. Paz desecha el membrete y reivindica en El arco y la lira a la comunidad universal en donde no se dará la dominación de los unos sobre los otros, y la libertad y la responsabilidad personal han de reemplazar la moral del autoritarismo y el castigo. La idea –la sociedad en donde se borra la distinción entre trabajo y arte-- se hace indispensable: "Renunciar a ella sería renunciar a lo que ha querido ser el hombre moderno, renunciar a ser… El marxismo es la última tentativa del pensamiento occidental por reconciliar razón e historia."

Son más bien melancólicas las características de la izquierda mexicana que surge de la Segunda Guerra Mundial. Atenida en sus muy escasas instancias de poder al melodrama de la "autoridad moral", arrinconada por la represión y el anticomunismo avasallante, generosa y mezquina en su combinación de protesta valerosa y dogma, la izquierda política se divide entre el partido Comunista Mexicano, algunos grupúsculos (el trotskismo, destacadamente) y sectores del nacionalismo revolucionario, pertenecientes al ámbito del PRI.

A Paz lo determina en alto grado su observación de esta izquierda, y a lo largo de los años seguirá reconociendo en los grupos progresistas (para usar una palabra fechada) los rasgos del letargo stalinista. Pero el panorama varía drásticamente en unos años.

Las variedades de la izquierda

¿Cómo explicarse las querellas, los desencuentros, la lectura compulsiva y los reencuentros de la izquierda mexicana con Paz? Un punto de partida: así Paz vea en ella a fin de cuentas un bloque coherente, como cualquier otra tendencia, la izquierda dista de ser homogénea, su coherencia no es muy apreciable y consta de grupos y personas muy diversos, unidos por los anhelos de justicia social, oposición al imperialismo norteamericano, y críticas y enfrentamientos con el régimen del PRI, básicamente.

Ante el fracaso de capitalismo y del socialismo real, Paz propone desde Posdata la democracia. El término, al principio rechazado por los creyentes absolutistas en la revolución, se va imponiendo ya vuelto el leitmotiv de nuestros días. Pero es muy arduo, Paz lo reitera, construir la democracia en países sin tradición de sociedad civil fuerte y con regímenes autoritarios, a esto se agrega el ocaso de las utopías, el derrumbe de la ilusión del desarrollo incesante. ¿Qué hacer entonces? Se propone la búsqueda de otro proyecto, más humilde, pero más humano y más justo.

Paz combate las monstruosidades del dogma comunista, entre ellos su aplastamiento de las libertades, su eliminación moralista del deseo, y su persecución de los "heréticos". Y con sistema y sin descanso libra una batalla frontal contra "la ideocracia" del socialismo real y contra la intelectualidad de izquierda que defiende o se niega a ver el universo totalitario. El chantaje a nombre de la Historia es extraordinario, y eso defiende al "stalinismo tropical", el castrismo, el gran sueño latinoamericano de la década de 1960, que ya para 1960 exhibe su muestrario de crímenes y errores, sometimiento policiaco de la población, represión intelectual, fracaso económico potenciado por la prepotencia del caudillo, campos de trabajo forzado para disidentes religiosos y sexuales, moralismo medieval.

1989 es un acontecimiento único. Pese a sus tres libros sobre totalitarismo y democracia: El ogro filantrópico, Tiempo nublado y Pequeña crónica de grandes días, Paz admite su sorpresa: "Siempre creí que el sistema totalitario burocrático que llamamos 'socialismo real' estaba condenado a desaparecer. Pero en una conflagración; y temí que en su derrumbe arrasase a la civilización entera. "La velocidad de los acontecimientos lo asombra: "No preví que un hombre y un grupo, colocados precisamente en lo alto de la pirámide burocrática, ante la descomposición del sistema, se atreverían a emprender una transformación de la magnitud de ésta que presenciamos."

La caída del Muro de Berlín le da la razón a Paz, y permite reconstruir el proceso de la aspereza, las reconvenciones o los brotes de intolerancia respecto a Paz.

Su seguimiento de las tribulaciones de la izquierda, es con frecuencia exacto y devastador (véase El peregrino en su patria, el tomo VIII de las Obras Completas, donde incluye artículos de Plural y Vuelta). Paz, siempre dado a revisar el canon cultural de México, examina a pensadores y críticos, entroniza la modernidad crítica y la crítica de la modernidad, y dicta sentencias: "Hay un anquilosamiento intelectual de la izquierda mexicana, prisionera de fórmulas simplistas y de una ideología autoritaria no menos sino más nefasta que el burocratismo del PRI y el presidencialismo tradicional de México"(1973). El stalinismo es infinitamente más nefasto que el priísmo, pero la izquierda mexicana de 1973 no es ni por asomo más nefasta que el PRI y el presidencialismo, para empezar porque no es stalinista y su poder es nulo. Paz es exacto en su diagnóstico: "La regeneración intelectual de la izquierda sólo será posible si pone entre paréntesis muchas de sus fórmulas y oye con humildad lo que dice realmente México –lo que dicen nuestra historia y nuestro presente. Entonces recobrará la imaginación política."

A cambio de tantos aciertos, Paz tiene el derecho a equivocarse. Lo ejerce (véase Itinerario) en el caso de Carlos Salinas. Allí es amable y benévolo. Afirma en su diálogo con Julio Scherer (1994):

"La cuestión de la democracia, antes relegada, se volvió el tema primordial de la discusión política. En esta frase, la final, han sido decisivas las reformas económicas y políticas realizadas por Carlos Salinas y su equipo. Más jóvenes que los políticos anteriores y con mayor sensibilidad histórica, se dieron cuenta de los cambios de la sociedad mexicana y obraron en consecuencia. Así han logrado sacar al país del pantano en que había caído (…) Hemos salido de la ruina, hemos saneado nuestras finanzas y hoy asistimos a la recuperación de nuestra economía. Se han restablecido el crédito internacional y la economía mexicanas, gracias a las privatizaciones, se ha puesto en movimiento (…) y algo más que no se ha dicho: han contribuido indirectamente al proceso de democratización."

Previsiblemente, Scherer le pide que se explique y Paz lo hace:

"Con mucho gusto (…) Uno de los rasgos que ha distinguido al PRI de otros partidos ha sido su inserción en el Estado y, a través del Estado, en la economía: las poderosas empresas estatales. Los miembros del PRI ejercen sucesiva o simultáneamente, funciones políticas, económicas y administrativas en el gobierno. De paso: ésta es una de las razones que explican la lentitud y la dificultad del proceso democrático en México. Algo semejante, aunque en mayor escala sucede en los antiguos países comunistas. Pues bien, las privatizaciones han desalojado a los políticos y los burócratas de varios centros vitales de la economía mexicana. Así se ha despejado, en parte, el camino a la democracia."

No fue así, lo sabemos, por más intolerable que resultase el peso de la corrupción y la ineficiencia de las empresas del Estado. El método de privatizaciones resulta el peor y el más dañino por carecer de supervisión y controles. Paz no está al tanto de las realidades internas, pero confía en Salinas: "Las reformas que ha llevado a cabo el gobierno de Salinas rompen, definitivamente a mi juicio, con el patrimonialismo tradicional de México." Más bien, trasladó el patrimonialisno y como nunca en nuestra historia, a manos del selectísimo grupo de empresarios que son hoy los dueños del país, sin siquiera la esperanza de la renovación por el voto. Según paz, los cambios de Salinas "no sólo han sido de orden económico y político sino psicológico: han devuelto a mucha gente la confianza en su país y en su esfuerzo propio. En una nación con una historia como la nuestra, siempre frágil y vulnerable, es preciosa".

No tan curiosamente, las reacciones más críticas de la izquierda política y aún de la social se desprenden más bien de las críticas de Paz a la URSS primero, y al castrismo y el sandinismo después. Allí él es preciso: la persuasión totalitaria provoca aún más infelicidad y tragedias (los sandinistas no son totalitarios, pero sí ineficaces y en buena medida oportunistas, y dista de ser excepcional el fenómeno del comandante Tomás Borge, autor entre otras hazañas de una entrevista-pedestal a Carlos Salinas). Luego de un tiempo, se admite la validez de los señalamientos de Paz y de otros escritores y analistas políticos. Al cerco imperialista, los sandinistas y, sobre todo, el castrismo responden con torpeza y furia autoritaria, lo que se agrava en el caso de Cuba, con la longevidad de la dictadura. Y eso debilita la causa de la izquierda.

Ante el fracaso del socialismo real y la inhumanidad del capitalismo, Paz, desde 1970, propone la democracia, con su desarrollo inevitable: procesos electorales, avances graduales, equilibrio de fuerzas.


La etapa final

Diciembre de 1997: las palabras que iluminan

La ceremonia es austera, pretecnológica casi, 130 asistentes, el mínimo de exigencias de seguridad. Consiste sencillamente en un anuncio (el comienzo de una Fundación Cultural) y en tres intervenciones. Hablan el presidente Ernesto Zedillo, el novelista Fernando del Paso, y el poeta Octavio Paz. Hay tensión al verlo en silla de ruedas, fragilizado, con las alteraciones de la enfermedad. Sin embargo, aunque así no lo perciban algunos, el sentido de la ceremonia es lo opuesto al adiós, porque Paz se sobrepone al dolor, se extiende en su discurso y sorprende y conmueve con la hermosa recapitulación de sus devociones.

A los ochenta y tres años Paz es, entre otros desempeños, la gran figura de la literatura mexicana, lo que no indica la ausencia de otros creadores extraordinarios, sino el convenio –nunca explícito, siempre vigente-- entre gobierno, sectores literarios y artísticos, medios académicos, prensa cultural y sociedad, de acuerdo al cual una nación reconoce a quien mejor expresa, o más adecuadamente representa sus afanes espirituales o, si se quiere una fórmula actualizada, culturales.

En la Casa de Alvarado, en la calle Francisco Sosa de Coyoacán, no es habitual la actitud de los invitados. Aquí están los grandes empresarios que hacen posible la Fundación Octavio Paz (Emilio Azcárraga Jean, Alfonso Romo, Bernardo Quintana, Fernando Senderos, Carlos Slim, Carlos González Zabalegui, Manuel Arango, Alberto Bailleres, Hernán Larrea, Antonio Ariza, Isaac Chertorinsky) , los funcionarios culturales de la SEP, los amigos de Octavio y Marie-Jo, escritores, artistas plásticos, editores. Esta vez la solemnidad es genuina, porque desde hace tiempo Paz es en México una obra apreciadísima y la garantía de alto nivel, fórmula muy insuficiente para describir la disciplina artística, el rigor de pensamiento, el trato con los mejores del mundo, la voluntad de exigir de los lectores el esfuerzo que los amerita, la calidad polémica.

Con Rubén Darío, Nicaragua inicia su extraordinaria tradición poética; en México, Paz y no es un acontecimiento tan insólito, la tradición de primer orden ya está allí, y en muy diversos sentidos Paz responde a ella.

Paz se disculpa por su azoro natural al presentarse "un poco inerme como es el caso".
En ese momento le hubiese tocado lectura al texto siguiente:

"Una empresa como la que nos hemos propuesto exige muchos dones. Tendría unos ocho o diez años cuando escribí mis primeros versos, y después, prosa con la misma dedicación. Todo estos trabajos abarcan más de dos mil páginas. No sé cuál es su valor literario o intelectual; sé, eso sí, que fueron escritos con fe y en respuesta a un llamado juvenil imperioso y ardiente. Desde los lejanos días de mi adolescencia la Literatura ha sido mi constante compañía, la ventana por la que me asomo al mundo y por la que penetro en raros y felices momentos, su verdad prodigiosa. En suma, la Literatura representa no sólo lo que he querido ser sino la ocupación por la que he sacrificado a todas las otras. No tengo más remedio una vez más que confesarlo: soy escritor y la escritura representa mi vocación verdadera.

Cuando era niño oí una anécdota que me impresionó: le preguntaron a Alejandro si quería ser la espada o la trompeta. El respondió sin vacilar: la espada. Si a mí me hubiesen preguntado algo parecido habría respondido lo contrario: la trompeta. Quiero decir la escritura, los signos que proclaman la grandeza y la bondad de los hombres. Fui educado entre los límite si bien severos del estoicismo y el cristianismo. No me enseñaron a venerar a la diosa perra de la fama y a correr con la lengua de fuera detrás del éxito mentiroso. La enseñanza de mis maestros fue muy distinta: saber estrechar la mano de nuestro prójimo incluso, y sobre todo, si fuese la mano de un desconocido. Creo que estas ideas y sentimientos influyeron en mí desde el principio. Por más imperfecta o reprobable que haya sido a veces mi conducta, siempre he visto a los otros con la frente alta y un demás de reconciliación."

A Paz siempre le han importado, y fascinado, los contrastes que cada idea o persona albergan. Ese método de comprensión de los extremos, de integración y cotejo, le ha facilitado el acceso a las revelaciones que iluminan su poesía y su prosa. Eco de la dialéctica de su juventud, rechazo del maniqueísmo, confrontación que se resuelve en el igualamiento. Paz ha recurrido al juego incesante de las oposiciones que, al unificarla y enfrentarla, le dan pleno sentido a la realidad. Por eso, insiste en los alejamientos y acercamientos entre luz y oscuridad. Después, advierte que su mujer le pidió: "Por favor, no vayas a improvisar, tienes la tendencia a desvariar. Y en estos últimos meses, con la enfermedad, esto se ha acentuado, desvarías mucho y andas por muchos vericuetos." Al decir esto Paz tropieza con un descubrimiento inesperado, y de manera inevitable desvía el discurso: "Cómo de pronto el lenguaje español se nos levanta en una palabra, que es una cosa inaccesible, como vericuetos."

Al hablar de la Fundación Octavio Paz, el poeta resume su actitud: "Yo quiero que esta fundación permanezca no porque sea legado, tengo poco que legar, sino porque ustedes colaboraron en la fundación de esta idea generosa." Es tiempo ahora de dirigirse a los jóvenes, "aquellos en cuyas manos está la verdad de México. Esa verdad, alternativamente cruel y luminosa, esa verdad que puede llevarnos a la oscuridad o a la luz". En su intervención, a Paz lo dirigen la emoción y la certeza de los peligros de la emoción, entre ellos el del sentimiento utópico y, ¿por qué no decirlo?, del sentimiento patriótico al que cede con júbilo tranquilo: "Al dar vuelta a esta frase, recuerdo otra vez a mi mujer y digo: ¡Cuidado", ya, estás desvariando otra vez, ya volviste al desvarío. Sí, de don Quijote se apoderó el demonio, el demonio de Don Quijote, el demonio de la acción, el demonio de luchar por México. Ese demonio se ha apoderado de mí en los últimos años."

En el camino de la visión magnífica, se interpone súbitamente la autocrítica, que es ironía y es gozo compartido. Paz descubre su "peligrosa inclinación por la prédica" que te recuerda a su abuelo, amante de las prédicas de sobremesa. "Entonces digo: vade retro: has invocado al diablo, hiciste bien. Hiciste bien en prevenirnos contra sus mentiras, sus engaños; pero no te dejes engañar, ya es hora de que te calles. Octavio, ¡ya cállate! No hables, simplemente diles a cada una de las personas que han estado aquí, muchas gracias." El final del discurso es extraordinario, con su filo de testamento a las generaciones y, sobre todo, su invitación al viaje por lo cotidiano, a recuperar el asombro ante el espectáculo de todos los días. Paz eleva una mano y despeja por un momento sus incertidumbres prodigando la certeza, que es un acto de amor a sus orígenes y de elevación del lugar natal a la categoría del espejo fundacional del puñado de voces significativas, donde el sol es palabra y es astro que cumple funciones paralelas:

"No sé cuánto tiempo tenga libre, pero sé que ahí hay nubes y que en esas nubes hay muchas cosas, hay sol, también. Las nubes están cerca del sol. Nubes y sol son palabras hermanas. Seamos dignos de las nubes del Valle de México, seamos dignos del sol del Valle de México. Valle de México, esa palabra que iluminó la infancia, esa palabra ilumina mi madurez y mi vejez".

19 de abril de 1998

"Inmóvil en la luz, pero danzante"

En el Palacio de Bellas Artes la inquietud de los periodistas es de índole testamentaria.
Un acto oficial sin duda alguna. El gobierno le rinde tributo al más extraordinario hombre de letras de México en el siglo XX. Esto despoja al velorio de la emotividad requerida, pero le confiere el peso de la autoridad, algo ajeno a la literatura pero cercano a la sensación de importancia de los funcionarios que son súbitos deudos del gran poeta. Así su mundo prosigue, no con lecturas sino con mausoleos.

El sentimiento de pérdida que la muerte de Octavio Paz provoca es enorme y es genuino. Los lectores son forzosamente una minoría en el país ya sojuzgado por el analfabetismo funcional que cada tres minutos cambia de canal, pero los deudos son la mayoría conquistada por el prestigio mundial, las lecturas ocasionales de artículos, ensayos y poemas, y las sensaciones de orgullo a fin de cuentas nacionalista que la fama de un autor provoca. En la atmósfera antiintelectual todavía vigente, es magnífico el espectáculo de una televisión consagrada un día entero a la emisión de poemas y de una prensa que, excepcionalmente, jerarquiza sus noticias de acuerdo a la importancia cultura. Si la ausencia física de Octavio Paz es lamentable, la presencia renovada de su obra y de su actitud es un estímulo primordial.



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