Lecturas

Cordelia y otros fantasmas, un mundo de presencias extrañas

“el arte de olvidar comienza recordando
alúmbralos escúchalos una vez más
devuélveles un cuerpo
a tus fantasmas”
Jorge Fernández Granados

Norberto de la Torre


No sé si debo decir que hoy es martes y las seis de la tarde, que acabo de leer Cordelia, no acerca de la luna más cercana del planeta Urano, tampoco de las intimidades de la hija más joven del Rey Lear. No, leí Cordelia y otros fantasmas el volumen de cuentos de Gabriela D’Arbel que hoy presentamos (16 de octubre de 2009).

En cuanto cerré el libro y lo puse frente a mí, sobre la mesa, el mundo se me pobló de presencias extrañas: una rara criatura comía naranjas en el patio; una mancha negra recorrió las paredes y el techo de la sala y no pude quitarla ni con el filo feroz de una cuchilla; recorrí los asépticos pasillos de un hospital para ver cómo las almas de los muertos eran arrastradas por una especie de monos negros y deformes; me volví yo mismo una voluta de humo y quedé prisionero en el imaginario tercer piso de mi casa.

Algo debo afirmar, acerca de los textos, para que ustedes sepan que las sombras asechan en el sitio más inesperado: en el polvo que se oculta en la despensa o en el cajón más alto del armario.

Para que conozcan el terror del abandono, la llegada fatal del fin del mundo y el metálico dolor de unos ojos que se alejan.

Algo debo decir, pero no puedo porque dos perros negros me ladran a lo lejos y temo quedar descuartizado entre sus fauces.

Gabriela sabe que los fantasmas no existen, ni las brujas con su falda de fuego, ni los hombres convertidos en lobos sanguinarios, ni seres traídos de la noche para devorar las entrañas de sus víctimas.

Ella sabe de seguro que no existen, que sólo son presencias literarias, que son las letras terribles con las que escribimos nuestras historias cotidianas.

Los fantasmas no existen, ya se sabe, pero Gabriela los inventa para dar un cuerpo a presencias reales como la intolerancia, la incomprensión, el odio, la venganza, la incomunicación y la violencia, y a fantasmas menos agresivos, pero también dolorosos como la soledad, el desamor, la lejanía.

Como les dije, soy una espiral de humo en el tercer piso inexistente de mi casa, soy nadie que se construye con una taza, una moneda y una pluma.

Me gusta caminar en las iglesias, con un martillo en la mano, para convertir en astillas los capelos, soy un raro aroma en una carta vieja y amarilla, un alma en pena que ha perdido la llave de su casa.

Gabriela sabe también que el mundo está poblado de amenazas, que la vida es un conflicto permanente, que hay esperanza y hay amor, pero también hay enfermedad y muerte. A veces, ella también se siente como una espiral de humo que se pierde, como una mujer de arena, como una duna borrada por el viento.

Gabriela sabe, o cree, que debe haber una fórmula, un conjuro, una palabra o varias que puedan alejar las amenazas y construir un mundo más amable y para eso escribe, para eso mete la mano en las heridas aunque duela. Sus diablos y fantasmas son los tuyos y los míos
y Gabriela es una curandera de palabras que nos salva y se consume sobre una silla mecedora en llamas.

La noche ocultó la mancha sobre el techo, las naranjas se pudren en el patio. Para evitar el Aquelarre y la palpitación de los terrores, recojo de la mesa el libro, mi cuaderno y el bolígrafo, subo con cuidado la escalera porque la sombra crece y con ella la posibilidad del miedo. Antes de dormir alcanzo a escuchar a mis propios fantasmas: un pequeño dragón en el armario, un viejo tigre que se lame las heridas, un pedazo de mar que guardo en el cajón de mi escritorio y una escritora que me escribe a duermevela.

San Luis Potosí, S. L. P. Octubre 16 de 2009

Gabriela D’Arbel, brevedad narrativa

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