Ideas y tendencias

La disolvencia del espacio público

Andrés Ruiz Pérez


Hay algo turbio en los grandes centros comerciales. Los vistosos escaparates, las tiendas de moda, los artículos novedosos (todo muy limpio, impecable), la gente arreglada pasando un domingo más y las caras bonitas no logran mitigar este sabor un tanto amargo en mí. No es que sea un reaccionario neo-marxista en contra del capitalismo y del libre mercado, pero hay algo en todo esto que no acaba de convencer: la privatización del tiempo libre.

México inició, hace más de dos décadas, un proceso de liberalización económica a la que, difícilmente, se le puede dar marcha atrás. Sin embargo, dicho proceso se ha quedado lejos de generar todos los beneficios que prometía y, en algunos casos, ha ido más allá de lo razonable. México tuvo una transformación incompleta. Mientras que algunos productos están sujetos a las reglas del libre mercado otros, estratégicos como telecomunicaciones, siguen sometidos a oligopolios y otras “fallas de mercado“. En algunos tan importantes como la educación, la privatización ha ido demasiado lejos. Ha tomado en gran medida una de las responsabilidades del Estado y ha impuesto su lógica darwiniana: quien puede pagar una buena educación la recibirá, quien no, pues no. Otro tema de gran importancia, relacionado a los excesos de la liberalización (que explica mi recelo a los malls mexicanos), es la privatización de los espacios públicos, sobre todo en el Distrito Federal.

Tras la crisis de la deuda, producida por doce años de irresponsabilidad populista y despilfarro generalizado, vinieron los ajustes macroeconómicos: entre ellos, la reducción del gasto social. Aunado a ello, la conclusión de un urbanismo que comprendía espacios públicos. Se pasó a una etapa en que la mano invisible trazó el rostro de la ciudad. Por supuesto, nadie pagó por nuevos espacios públicos, después de todo era responsabilidad de un Estado ocupado en amainar una inflación rampante y pagar una deuda externa de muchos dígitos. Aunado a la inseguridad que aumentó desde finales de los ochenta, de manera aguda en la ”Ciudad de los Palacios“, el resultado parece natural: surgieron las ”privadas“, los condominios, las colonias cerradas, por la simple y sencilla razón de que había quienes podían pagarlos. En vez de confiar en la policía pública, mejor tener el propio "poli" que vigile la entrada, cerrar calles o instalar casetas, para que no entren desconocidos.

El espacio público

Hay una segunda consecuencia: la saturación de los espacios públicos ya existentes. Es notoria la desproporción entre la cantidad de habitantes respecto al número de parques y otros espacios semejantes en la Ciudad de México. El enorme número de usuarios propicia la degradación, el descuido. Un ejemplo: al caminar por la primera sección de Chapultepec un domingo, además de tener que esquivar múltiples vendedores ambulantes, es tal el número de paseantes, que con dificultad se puede transitar a gusto. La basura, el desgaste de las áreas verdes y las enormes filas para entrar al zoológico son un resultado casi obvio. Y por si fuera poco, grandes proyectos urbanísticos (bicentenarios) promovidos por el gobierno capitalino atentan contra su integridad. La falta de regulación, y en general el desinterés, han propiciado la invasión, lenta pero constante, de los pocos espacios públicos que prevalecen. Es así como terminamos con parques un tanto descuidados y llenos de esa nostalgia de tiempos mejores.

Pero no habría que preocuparse, el liberalismo ofrece sustitutos: los clubes deportivos privados, los grandes centros comerciales. A falta de lugares públicos de esparcimiento, oferta y demanda permiten que aquellos con posibilidades de pagar tengan sus sucedáneos. Así, vemos Perisur, Plaza Satélite, Parque Lindavista (que de parque tiene sólo el nombre), Plaza Santa Fe y todas las demás plazas saturadas de gente los fines de semana.
¿Qué tiene de malo, si se la pasan bien?, podrían preguntarme. Respondo con otra pregunta: ¿Qué hacen ahí? Es decir, ¿para qué son los centros comerciales?: para comprar. Quien no tiene pues ni modo. Porque las actividades que ofrecen no son gratis: entra quien paga.

El costo del tránsito

El cine, las “maquinitas”, la comida, el café: todo cuesta. Con la cartera vacía es inútil asistir. Aún quien va nada más a pasear tiene que pagar el estacionamiento. Incluso bajo el supuesto de solvencia económica, hay algo que no cuadra. No critico que vayamos a comprar ahí –al final todos somos consumidores-, sino que hacerlo o al menos intentarlo cada fin de semana tiene un efecto nocivo sobre nuestra convivencia y, más indirectamente, sobre nuestra incipiente democracia.

Me explico: al ir a comprar, es común la disgregación. La madre va a comprar a una tienda, un hijo a otra, el otro a una tercera y el padre puede optar por sentarse en alguna de las pocas bancas, acompañar a alguno de ellos o ir a alguna tienda de su interés. Si uno llega a encontrarse a alguien, saluda cortés, entabla alguna plática sin contenido y se despide rápido. Creo pertinente inquirir ¿qué tanto se convive en verdad?

Ahora la democracia: ese animal raro que no acabamos de entender ni adoptar. Me atrevo a decir que pocas personas valoran los vínculos sociales y las normas de reciprocidad y confianza que surgen de los mismos –definición del “capital social” de Putnam- como una herramienta de la democracia. Casi nadie reconoce que producen externalidades, efectos positivos, que facilitan la acción colectiva, el diálogo y, en general, la coexistencia. Dada la carencia de espacios públicos, prevalece una anomia, una desconfianza que limita a nivel ciudad o incluso país, la participación ciudadana comunitaria.

Disoluciones comerciales

Ello torna imposible la resolución de problemas comunes, dilemas de acción colectiva que son por definición infranqueables en lo individual. En esta ciudad son escasos los que conocen a sus vecinos, o los conocen por las molestias que les ocasionan. Así ¿cómo se pretende que se refuerce la sociedad civil? Una democracia sólida requiere un sector ciudadano que sirva de contrapeso al gubernamental y al empresarial. Aunque México no se ha distinguido a través de la historia por su participación ciudadana o por contar con un tercer sector vibrante y consolidado, al restringir las condiciones que propician su surgimiento, dicho cambio resulta quimérico.

Tras salir del trabajo o de las actividades diarias, uno se encuentra sólo: ver la tele, acaso salir con los pocos amigos a tomar un trago, al cine o a algún restaurante. Las posibilidades de conocer gente nueva son ínfimas. Se queda en el mismo círculo social, con “los de siempre”. Se pierde la posibilidad de establecer nexos con personas de diferente nivel de ingreso, educación, pero afectados por los mismos problemas. La posibilidad de dar más peso a las propias demandas ciudadanas a través de un grupo u organización se desvanece en la desconfianza o indiferencia. Ello dificulta que se tiendan puentes de diálogo para zanjar problemas tan graves como la desigualdad en México.

Goce y tiempo libre

Por lo visto, nadie se preocupa de algo muy valioso de la cotidianeidad: el tiempo libre. Trabajamos tanto para gozar de unas horas de descanso, pero no reparamos en todo lo que hay alrededor de esos ratos libres. Hemos dejado que poco a poco sean privatizados. Porque cuando quiero descansar de la rutina descubro que en esta ciudad no puedo hacer algo sin tener que desembolsar antes, a menos que me quede en casa (y aún eso es discutible). Especialmente, en las nuevas colonias es cada vez más difícil llegar o, incluso, encontrar un parque o un deportivo públicos donde entretenerse. Repito: hay algo turbio en ello.

Lo anterior es una realidad en la ciudad de México, pero está en proceso en muchas de las ciudades mexicanas. Su consolidación no es una necesidad histórica, es posible revertirlo y se le pueden encontrar soluciones originales. Es necesario además, porque los más afectados son aquellos que poseen más tiempo libre: los jóvenes. Más aún aquellos cuyas familias no tienen el poder adquisitivo suficiente para pagar el club deportivo u otras actividades. No debería sorprender la persistencia y prevalencia del narcomenudeo: a falta de lugares públicos de esparcimiento se buscarán otros escapes, artificiales.

Las actividades mínimas

Aunque siempre cabe la posibilidad de que yo esté equivocado, quizá realmente la sociedad mexicana está satisfecha sólo con ir al cine, a ver los escaparates, a pasearse por las macroplazas tan nuevas y como listas para estrenarse. Acaso detesta ir al parque para jugar y convivir con la familia, los amigos, incluso los vecinos, o tenderse en el pasto a ver el cielo con absoluta tranquilidad. Tal vez prefiere pagar más de doscientos pesos por una hora en una cancha de pasto artificial, en vez de echarse gratis una cascarita con desconocidos en un parque o cancha públicos.

Puede ser que prefiera pagar los altos costos de mantenimiento de la privada o el condominio, en lugar de empezar a preocuparse de la cosa pública, de exigir de manera constante y organizada (no sólo a través de una marcha cada cuatro años) al delegado o presidente municipal más seguridad, más lugares de esparcimiento para la juventud (para que no vayan a antros donde sean presa fácil de operativos fallidos). Quizá no le interesa formar asociaciones ciudadanas que vitalicen nuestra endeble democracia. Tal vez está así a gusto, quejándose pasivamente del gobierno mientras deja que le privaticen algo más importante que el petróleo: aquellos ratos que hacen que valga la pena vivir.

Letra Viva / El Imparcial de Oaxaca, mayo de 2009


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