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Lecturas
Belleza de lo apocalíptico Raúl Bravo Aduna![]() Los trazos de una pluma feroz cuanto atrayente, la oscuridad que acecha al lector desde las primeras palabras y una profunda reflexión sobre la condición humana, son sólo algunas de las características que más sobresalen de la primera novela del joven escritor mexicano Gerardo Piña, La última partida. En un libro que destaza los entresijos más lóbregos del ser humano, Piña nos invita a adentrarnos en el complejísimo laberinto que es la mente, mientras el personaje principal huye de sí mismo; nos secuestra a un universo apocalíptico, en el que la destrucción total parece la única salvación. En un principio todo figura estar en orden. Tras recibir una serie de cartas firmadas por Joseph Banner, fechadas treinta años atrás, un extraño llega al ininteligible país de Rhada, umbrosa región en la que casi no hay autos, "casi no hay habitantes" (p. 16). Sin embargo, al poco tiempo de su llegada, sucede algo extraordinario que lo deja inconsciente: en el bosque, algo o alguien lo golpea hasta que cae de bruces. Así, el hombre es recogido por una pareja, que lo lleva a un lugar en el que, ya recuperado, empieza a convivir con la gente. Hasta aquí, salvo la somanta que le ponen al hombre misterioso, todo parece normal, un tanto sombrío, pero normal. Una vez que el personaje comienza a compartir con los lugareños, Piña empieza a jugar ¾ a través de su protagonista ¾ con el lector, desmenuzando, fosca y maliciosamente, distintos arquetipos del ser humano. Partiendo del supuesto de que el hombre es violento por naturaleza, La última partida se presenta como una expedición a la violencia pura, que bien podría ser el motor de todas nuestras acciones. De esta forma, el autor establece un sin fin de interrogantes sobre la identidad del hombre, que probablemente encuentran su solución en la soledad o, en su defecto, con la muerte. Y precisamente, en ese yermo "la única referencia que se tiene es la del pensamiento –lugar sin residencia, brújula de arena en la arena –. (Un pensamiento puede contener el mar; dentro del mar, la profundidad de un rostro de mujer y el universo reflejado en sus ojos sin que nada, a su vez, contenga a dicho pensamiento.)" (p. 27). A pesar de que este libro se incrusta dentro de la tradición actual de la literatura en México, Piña logra separarse de sus contemporáneos en distintos aspectos. La última partida remite, indudablemente, a la literatura épica decimonónica, principalmente a la inglesa, pero desde una visión distinta y bastante peculiar: la aventura que parte (y se resuelve) desde la introspección, que tiene como gran escenario a la mente. Asimismo, el autor presenta una cualidad que es difícil de encontrar en nuestros jóvenes escritores: la depuración de un texto; salvo escasos pasajes, La última partida exclama eufóricamente una fineza extraña, como si cada palabra encontrara su espacio perfecto en el papel. Las páginas terminan, pero el desasosiego provocado por la lectura continúa. Negro. La oscuridad penetra todos los sentidos del lector, como un cáncer que hace metástasis en todos los órganos del cuerpo. Es inevitable, el lector debe cerrar los ojos para procesar todas las palabras leídas; al abrirlos, no hay diferencia, no se puede percibir la luz. El libro abre, al igual que una partida de ajedrez, "un universo de variantes, todo dentro de un número finito de casillas" (p. 73); todo vuelve al silencio, "a la inmovilidad propia de la destrucción" (p. 101), al finiquito propio de una última partida de ajedrez. Letra Viva / El Imparcial de Oaxaca, mayo de 2009 |
