Alejandra Ibarrola Castro
Es el primer día, el lugar en el que estoy sentada huele a guayaba y a shampoo. Siento en la espalda el viento frío que los muros de piedra de esta iglesia conservan a una temperatura notablemente menor al exterior y observo un tenue rayo de sol que se cuela por un vitral e ilumina la sillería.

A unos pasos Benjamín Mayer Foulkes habla de la historia del Instituto de Estudios Críticos, el número, pero mi pensamiento está enjaulado en los dos últimos coloquios organizados por 17, en la Shoá y en Ruanda, en el horror. He perdido el hilo de la conversación recordando imágenes, testimonios y lecturas,, pero una frase fragmentada que apenas escucho me conecta de nuevo…Dios, el Papa, el Rey, la Autoridad. Y bastan estas palabras para escaparme e intentar atrapar de nuevo el pensamiento que recién dejé ir.

 

Apenas ahora, después de varios coloquios, me doy cuenta que la esencia de éstos es la temporalidad psíquica, no es posible tragarlos, y menos aún digerirlos en el momento en que suceden. La cantidad de información que se produce y emite cual bombardeo en el transcurso de una semana, requiere tiempo para llegar a la conciencia y como una postal, no todo llegará a su destinatario. Por supuesto, no soy capaz de dimensionar lo que se queda en el inconsciente.

 

Nos hemos sentado unos frente a otros a relatar tramos de nuestras vidas…una mexicana que en Irlanda trabaja en una granja, intercambia puntos de vista con un tzotzil de San Andrés Larráinzar, mientras una psicóloga que hace material para circos escucha a la anestesióloga que confiesa que gracias a las letras ha podido despertar del letargo de la anestesia. Un médico de urgencias, un investigador de mercados, artistas, un agrónomo, abogados, psicoanalistas, un comprador de futuros, una mujer embarazada, economistas, teatreros, yo, ellos, nosotros. En esta pluralidad aparentemente inexplicable encontramos puntos de identificación que rebasan cualquier subestimación de entendimiento. La posibilidad de saber y no saber convergen con el creer saber y con el deseo de saber. Sólo resulta lógico ver en la mesa mojada por las goteras, un paraguas negro que se balancea despacito sobre la sociedad sitiada.

 

Me imagino que estoy en el patíbulo, con la soga atada al cuello, soy un condenado que lo único que posee es un pedazo de oropel dentro del puño y ahí está escrita mi condena, pero no tengo manera de leerla, ni telepáticamente sabré lo qué dice. Se trata del secreto del discurso, de aquello que está oculto, que a veces ni el mismo autor distingue. Es la parte silenciosa de cada ser humano que no se puede compartir. Esa palabra es un tesoro en sí misma, sin el revestimiento del supuesto preciado metal, guarda la sentencia de la que tal vez pende oscilante mi vida y es en ese instante descubro que mi único patrimonio es la oralidad, sólo me pertenece la voz, a menos que invente un mecanismo narrativo no convencional para comunicarme. Pero también sé que la voz es la metáfora de la finitud y el cuerpo una impostergable huella de la muerte, entonces, sólo me queda la escritura como recurso de salvación. Por eso es que estoy aquí, para inventar mi propio proceso creativo, para renacer y regenerarme. Será entonces la escritura, la que revele mi identidad y mi destino. Nadie me ha dicho que el oropel que aprieto en mi mano sea mío, pero es innato del ser humano creer que somos dueños de ese cuerpo extraño que es la palabra y bajo esa premisa de posesión la enaltecemos o la destruimos.

 

¿Me das tu palabra? ¿Aquella palabra que te pertenece, me la das? Colgadas del tendedero o de la horca, están las palabras, pendientes, esperando que llegue un pescador y se las lleve, otras son tan pesadas que se caen solas y en la fragilidad del discurso se rompen. Son estos vocablos los que nos acercan al horizonte creativo, a la representación del ir y venir en el tiempo.

 

¿Qué desea el que escribe? ¿encontrar la otra parte de su discurso que no es capaz de discernir? Ese complemento no está en la escritura, ni en la mente del escritor, está en el proceso creativo que conlleva la búsqueda y más aún, en lo que sobra de la producción, lo que no se consideró, lo que no tiene un lugar en el texto. ¿Cómo apropiarse de aquello que no está, pero que aparentemente nos pertenece? A través de la narración a un otro, en la transmisión habita la apropiación, pues se logra comunicar aquello que hemos perdido. Nunca partimos de la nada, sino de la herencia, de lo que nos ha quedado, de la pérdida del otro que eventualmente será cardumen de nuestra propia merma.

Desde el coloquio y en varios días que han pasado después de éste, me oprime una sensación de incertidumbre por no ser capaz de cerrar los recovecos y los hoyos que se abrieron. Pero afortunadamente la confrontación con las imperfecciones posibilita un diálogo con el residuo, imponiendo la distancia que permite continuar el recorrido y encontrarse con el otro, el heredero y albacea de aquel discurso y aquellas palabras que erróneamente hemos creído propias, finalmente son de otro. El acto creativo se erige en lenguaje de pérdida y se trasforma, en arte, en objeto, en pre-texto.

 

Escribir es aceptar abrir un espacio de transgresión que en todo momento está amenazado por el pensamiento concreto, por la seducción de alcanzar un ideal absoluto, por el deseo de rendirse a la experiencia controlada antes que caer en el vacío y por una confianza exagerada en la técnica, todo ello dejan fuera a la imaginación y al propio acto creativo de la posibilidad de llegar a ser. La escritura debe ser un proceso de edición constante, de selección y borramiento, de exclusión.

 

Agradezco el acercamiento a la producción poética y al arte que han caracterizado este coloquio y que me han ayudado a apaciguar al chahuistle que se alborotó en mi cuando, en los coloquios anteriores, establecí una comunicación a distancia muy corta, con la violencia y con la terrible capacidad destructiva del ser humano. Hablo de Shoá y de Ruanda que me dejaron el corazón hecho un trapo y lastimada el alma.

 

Agradezco la tranquilidad de este ruido blanco que ha escondido al caos por unos días y que en su interior hospeda opiniones diversas, rebasando nuestras posibilidades de entendimiento, pero satisfaciendo el deseo de encontrarle sentido a la crítica y de provocar una resonancia -incluso inaudible- en cada uno de nosotros.

 

 

Be Sociable, Share!





Comentarios cerrados.

blank