Alejandra Ibarrola Castro

Los muertos merecen nuestra palabra, merecen que nos violentemos a nosotros mismos para romper ese silencio.
Boubacar Boris, escritor Senegalés

No olvides, recuerda, ¿pero recordar qué? Acordarse y esperar ¿esperar qué?
Koulsy Lamko escritor Chadí

Existir es pensar; y pensar es comprometerse.
José Bergamín

 

Nadie esperaba que él regresara de la guerra, de su propia batalla entre las colinas. Fingir que ahí no habitaba nadie fue la consigna lanzada al aire.

Se fueron quedando solos bajo los machetes, dejaron de reconocerse y el instinto afilador del odio creció hasta desbordar el río de cadáveres, ni siquiera ellos escucharon el rumor de esas aguas. La consigna se expandió hasta destinos a los que nunca estimó llegar, fue mutando, a cada lugar llegó con mensajes distintos…al interior del gobierno francés “mátenlos a todos, es un genocidio sin importancia”, a la ONU “esto no es un genocidio”. Los medios de comunicación ni por sus propios medios la recibieron, simplemente no se enteraron de lo que pasaba y ésa fue su noticia.

 

Ante eso, siempre hay imágenes como dice George Didi Huberman ¿pero de qué nos sirven sino sabemos leerlas? ¿cuándo no tenemos las herramientas para interpretarlas? Las imágenes engañan, que sea visible no significa que sea verdad, no es sinónimo de que aquello exista, sin embargo, hay que construir a partir de ellas, encontrar su voz, hacerlas hablar e interpretarlas, tanto como si fueran sueños. ¿Podemos, como lo hicieron los habitantes del pueblo de Falkenau, mentir diciendo que no vimos ni escuchamos nada? Cerramos los ojos para no mirar, la tecnología –afortunadamente- no es capaz aún de transmitir en directo los olores, la distancia nos ha arrebatado el tacto, pero ¿y el sonido? ¿el sufrimiento? Un embrión escucha estando en el vientre, antes de cualquier otra referencia con los sentidos desarrolla el oído, es capaz de seguir el ritmo de su corazón y el de su madre, porque los oye. ¿Y nosotros, yo, no escuché los gritos? ¿Dónde estaba entonces, dónde estoy ahora que las imágenes y los sonidos son capaces de confrontarme con una realidad humana tan sólo en la medida en que yo lo deseo, en que yo me involucro con ellas? ¿dónde queda mi propia historia de vida que me permite o no ponerme en contacto con lo que sucede a mi alrededor? ¿por qué la sensibilidad es tan dolorosa y produce tanto miedo?

 

 

El silencio es abrasador, es soledad, es estoicismo, pero también es complicidad. ¿Se castiga la palabra de los vivos y se recompensa el silencio de los muertos o al revés, se castiga la palabra de los muertos y se recompensa el silencio de los vivos? La voz intenta darle sentido al silencio, pero es éste el que le otorga razón a la palabra, al canto, al grito. La voz nace en la búsqueda de acercarme al otro, de externarle mi archivo interior ¿qué sucede cuándo enmudezco? Los últimos días del coloquio me quedé sin voz, no sólo en sentido figurado, sino real. ¿Qué podía decir ante aquello que no tiene palabras, aquello que me oprime fuertemente el pecho y me invade de una mezcla de sentimientos y emociones que no acabo de identificar, pero sé que me producen impotencia, vacío, inquietud, e incluso culpa? ¿Cómo ser espectadores sin ser cómplices?

 

¿Es posible argumentar que antes de estar en contacto con las imágenes del genocidio en Ruanda ya estaba ciega y sorda?, no, no esta vez, no en la era de las telecomunicaciones, no después de la Segunda Guerra. No se vale matar al cartero para no recibir malas noticias, ni apagar la televisión o cambiar la estación de radio, no se vale cerrar los ojos ante lo incomprensible ni abrirlos sólo para ver el cielo azul. Llamarse Felicité y ser mujer en Ruanda, más que una alusión a un personaje de Flaubert que ensordece, es una cruel e irónica coincidencia.

 

Aquel ser humano que nadie esperaba que regresara de la guerra lo hizo, lo ha hecho a lo largo de su historia y es tal vez esa certeza lo que nos hace indiferentes y reduce nuestra respuesta a una espera, a una pasiva y costosa espera teñida de sangre, desbordada de seres vivos y muertos mutilados, saturada de imágenes incomprensibles que son superadas a cada momento con otras aún más incomprensibles. Y soltamos un suspiro egoísta cuando la espera termina porque ha sucedido una vez más y el hombre ha regresado a su humanidad y es entonces cuando la negación da paso al cuestionamiento, a la pregunta, al deseo inquisidor de saber. Pero el dolor ya estaba ahí ¿cómo no lo sentimos?. A posteriori hacemos consciente nuestro sufrimiento. ¿Es por ello que solemos buscar en el pasado las explicaciones de nuestro comportamiento? ¿Cómo me vinculo con ese dolor y ese odio? Definitivamente a partir de mi presente, de mi vivencia actual, del aquí y ahora, y de lo que de todo ello me conecta con mis experiencias, con los demás, con mis deseos y con mis carencias.

 

Hablar de la muerte a la distancia resulta fácil y hasta placentero. Hacerlo cuando se está viviendo la pérdida de un ser querido es más bien un no decir, es no poder comunicar tu sentir y eso me sucede ahora, más aún ante esta neblina de muerte que se instaló en el coloquio y debe leerse como una respuesta racional ante lo inexplicable. Matarnos entre humanos lamentablemente es un acto sistemático, no importan edades, sexo, religión. Las víctimas y los verdugos se funden en un solo ser y las personas se convierten en números, sea tatuado en el brazo de un niño que interpela con un gesto de pregunta o sea una suma como resultado de una masacre, sea un suicidio o una enfermedad. Pensar en un muerto más un muerto más un muerto más un muerto, desde la unidad hasta llegar a decenas, cientos, miles y millones, resulta más concreto para dimensionar la barbarie, pero no exime de la culpa, los números son abstractos ante el potencial de la mente. Basta un muerto para destruirnos.

 

Es mi mente ahora la que no me deja estar en paz, no son suficientes unos cuantos días para procesar, por un momento añoro el analfabetismo que no recuerdo, ante el bombardeo del conocimiento, porque éste último me obliga a comprender lo que no deseo, me somete a buscar una explicación a lo que no es humano racionalizar.

 

 

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