Shelley, Jaime Augusto

November 25th, 2010

Jaime Augusto ShelleyNació en la Ciudad de México el 7 de agosto de 1937. Poeta, maestro, editor, guionista y dramaturgo; estudió filosofía y letras en la FFyL de la UNAM y antropología en la UV.

 

 

Jaime Augusto Shelley

Jaime Augusto Shelley


Nació en la Ciudad de México el 7 de agosto de 1937. Poeta, maestro, editor, guionista y dramaturgo; estudió filosofía y letras en la FFyL de la UNAM y antropología en la UV. Ha sido coordinador del Departamento de Artes Plásticas del INBA; coordinador de eventos literarios de la Casa del Lago de la UNAM; asesor literario del FCE, inspector de la Dirección General de Cinematografía; jefe de redacción de la Villa Olímpica durante los XIX Juegos Olímpicos; jefe de la Oficina de Corresponsalía de la Agencia Mexicana de Noticias de Ottawa; secretario particular del director general de SICARTSA; asesor editorial de la Subsecretaría de Cultura de la SEP; director general de Difusión Cultural y Extensión Universitaria de la UV.
Fue conductor del segmento cultural del programa televisivo A media tarde, de C-13; Jefe del Departamento de Acción Social y cultural de SICARTSA; asesor cultural del director de Lotería Nacional; asesor del Colegio de Licenciados en Administración de México (CLAM); Jefe del Departamento de Publicaciones y Medios de Petróleos Mexicanos; subdirector de Teatro del INBA; asesor de la dirección de los Estudios América; coordinador de Ediciones La Jornada; director de la colección Cuadernos de la Memoria, y miembro del Comité Editorial de la Dirección de Difusión Cultural y Comunicación de la Ciencia de la UAM. Ha impartido cursos en la UNAM, la UV, Escuela de Teatro del INBA, Centro de Capacitación Cinematográfica de los Estudios Churubusco, entre otras.

Actualmente coordina un taller de poesía en la FFyL de la UNAM y otro en el Centro de Investigación y Estudios Literarios de Aguascalientes; es profesor de la Escuela de Escritores de la SOGEM; impartió un seminario y coordinó un taller de poesía en la Fundación para las Letras Mexicanas. Perteneció al grupo La Espiga Amotinada. Director de La Palabra y El Hombre, Otro cine, Situaciones (Veracruz); editor de CLAM, Nosotros los petroleros, y Revista Técnica SICARTA.

Ha sido colaborador de publicaciones como El Corno Emplumado, La Jornada, La Palabra y El Hombre, México en la Cultura, Pájaro Cascabel, Rehilete, Revista Mexicana de Literatura, Situaciones, y Unomásuno. Fue Becario del CME, 1961. Miembro del SNCA desde 1994. Ha traducido y publicado, entre otros, la obra de autores como Wallace Stevens, Robert Frost, T.S. Eliot, William Carlos Williams, Dylan Thomas, H.G. Wells.

Jaime Augusto Shelley: La razón de ser

José Ángel Leyva

En la escritura poética de Jaime Augusto se detectan diversos registros emocionales y preocupaciones de carácter social. Uno se pregunta ¿cómo ha ocurrido dicha evolución literaria?

– Es difícil responder. Te voy a decir por qué. Yo trabajo por periodos. Acumulo textos y luego los reviso. Entre ese conjunto de poemas descubro uno que tiene un particular sentido y comienzo a organizar el material con base en una lectura. Yo no publico poemas sueltos, para mí el libro representa una unidad. Puedo entonces guardar poemas durante cuatro o cinco años y luego incorporarlos a un libro o dejarlos para otro. Este proceso o método me ha permitido observar las distintas escalas en las que me muevo. Ello me lleva a la conclusión de que no hay una poema, sino pulsos, referencias, resonancias con otros poemas de distintos momentos. Cada poema cambia mi percepción de la escritura.

Pero entonces, ¿qué determina la unidad de un libro? ¿Acaso un poema hace girar a los demás en torno suyo?

– Sí, hay un poema central, pero ignoras cuál es la secuencia que le dará cuerpo al libro. Pero yo hablaba de cómo la poesía se conforma de diferentes de temporalidades y no de una secuencia lineal, temática. Por lo menos así sucede en mi caso.

Ese poema rector (llamémosle así), ¿sería necesariamente el que te gusta más, el que le otorga el significado general al libro?

– No necesariamente, y también suele ocurrir que a la gente le gustan más otros poemas que al que yo hago referencia. Pero es el poema alrededor del cual yo ordeno mi libro. Por ejemplo, escribí un poema basado en la estructura del triple concierto de Beethoven (fue la única cinta con la que me quedé luego de mi separación matrimonial). Me di cuenta, cuando lo terminé, de que ese era el poema que le daría sentido a los demás. Curiosamente, fue justo ese poema (“Anacusia”) el que nadie pareció tomar en cuenta.

¿No te preocupa que haya una correspondencia estilística, temática, de tonos?

– En absoluto. Yo nunca fuerzo la unidad, así tiene que darse, de lo contrario hay una intención artificial en la escritura. Por ejemplo, escribí en un mismo periodo mis dos primeros libros, el que aparece en La Espiga amotinada y La gran Escala. El segundo es un disparo de búsqueda formal. Puedo afirmar que ese es mi método, el estar arriesgando; por supuesto, consciente de mi aciertos y desaciertos. Yo no tengo la visión tan clara como para planear el trazo de mi obra. Sólo sé que debo mantener una búsqueda constante sin temor a equivocarme. Luego, creo, espero, que eso se va afinando con el tiempo.

¿Sientes que la crítica te quiere encajonar y vincularte a ciertas posiciones ideológicas y políticas, a determinados acontecimientos históricos?

Nadie ha entendido los mitos que se crearon con respecto a La Espiga Amotinada. Eraclio Zepeda, Jaime Labastida y yo estábamos en una escuela militar. Éramos de la poca gente que leía y formamos una especie de núcleo que discutía e intercambiaba información. Cuando llegamos a la Universidad, ya teníamos una idea más clara de nuestra intención de escribir. Antes sólo nos ligaba la lectura. Eraclio trajo a Óscar Oliva y a Juan Bañuelos para que se integraran a esas reuniones. No era un taller, sino el encuentro incidental de amigos a quienes les unía el gusto por los libros.

Son poco los puntos de contacto en sus escrituras, los mueven diferentes motivaciones y búsquedas. En tu caso descubro una necesidad de llamar a la cosa, al hecho real por su nombre, sin adornos, directamente al hueso, como si temieras que se desvirtuara su significado. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

– Creo que cada vez es más angosto el camino que me fijo. Detesto los adjetivos, las formas parabólicas. Si puedo atacar de frente, romper la red y sacar la esencia de la cosa no dudo en hacerlo de ese modo.

¿Nunca has temido al panfleto?

– Nunca los he escrito porque nunca tuve una filiación partidista. Eso me salvó siempre.

Pero el exabrupto, la pasión política o la inconformidad con la realidad histórica puede llevarlo a uno a crear formas duras, rígidas, alejadas de la poesía. ¿Cómo logras apartarte de ese peligro sin renunciar a la necesidad de decir, de nombrar la realidad en tus versos?

– Bueno, mira, hace poco escribí un telegrama a Bush, diciendo simplemente: “Si matas uno, dos se habrán de levantar”, y termino señalando que las guerras coloniales no terminan nunca. No pretendo sentar moral alguna, sólo digo lo que ocurre.

Rimbaud fue una figura tutelar en tus lecturas de juventud. Así lo has comentado. ¿Continúa siéndolo en esta etapa de tu vida?

– En gran medida, sí. Entiendo lo que él hizo: romper brechas. Baudelaire fue el padre de la teoría, pero Rimbaud fue el ejecutor. La poética de Rimbaud se concentra en esos versos: “Una noche senté a la Belleza en mis rodillas y la encontré amarga”. No resisto la estructuras formales, académicas. Mi descubrimiento de Rimbaud en la adolescencia fue el gran acontecimiento, pero entender esa propuesta ha sido el gran desafío para mí: asumir la creación -no la repetición de esquemas.

¿No tomas en cuenta lo que una comunidad ordena y cataloga para imponer parámetros de calidad y de reconocimiento?

– Tú métete en eso y dejas de ser creador.

Volviendo a tu poesía. Me llama mucho la atención el poema “Conjuración de la amada”, de 1965. Lo siento en otro extremo de tus vínculos con la realidad. Hay también una relación diferente con el lenguaje, eres más experimental y al mismo tiempo no pierdes la expresión directa de lo que estás hablando. En un terreno estrecho haces enormes malabarismos verbales, empleas numerosos recursos lingüísticos que provocan un poema notable.

– El poema que mencionas aparece originalmente en Hierro nocturno, que es también título de un poema que allí se publica, en el segundo volumen colectivo de la Espiga. Lo político y lo amoroso se mezclan porque hay una contigüidad con Himno a la impaciencia. En Victoria hablo de la mujer, que no es en sí la mujer, sino la esencia de la mujer, que puede también ser la patria. ¿Cómo se puede vivir separado de la pasión amorosa e instalado en la militancia política cuando eres un joven como lo era yo? Son mis dos mundos. Pero nunca vinculo mi poesía con mi vida existencial. El que escribe es el poeta, pero el que vive es Jaime Augusto, un hombre sencillo y feliz con su cotidianidad.

Hay una preocupación moral en tus poemas ligados a la figura femenina. Por ejemplo en el texto “Material de desecho” dices: “Cuidado con las niñas de sexo trágico,/ que en vez de orgasmo te ensucian el poema”

– Yo diría ética. Es el riesgo de equivocarte e ir por lo material en vez de atender a tus principios, dejar que te seduzca el placer y te aleje del compromiso con tus ideales. Aceptas un nivel de degradación espiritual por una posesión momentánea. Pero si lo lees bien, se trata de un poema divertido, satírico, si quieres.

Lo ético lo llevas a distintos niveles, incluso a la vergüenza de vivir en un país que de niño te enseñaron que sería prodigioso y toda tu vida ves en lo cotidiano un proceso de descomposición donde la sociedad queda, en los discursos, al margen de la culpa, pero tú sabes que no es cierto, que la sociedad, la gente, es cómplice de tal corrupción. ¿Lo político y lo amoroso pertenecen al mismo cuerpo en tu visión del ser y del deber ser?

– Primero, la degradación es pasiva o es activa. El que ejecuta y el que se hace de la vista gorda para permitir tales hechos de degradación.

Segundo. Un editor me preguntó cuando le entregué mi libro inédito, ¿Podrías quitar algunos poemas políticos y meter más de amor? Por supuesto que no. Yo no escribo para darle gusto a nadie, sobre todo porque no vivo de la poesía. En un sistema como este, en el que vamos encabalgados, se pierde la noción de la coherencia.

El verso libre. ¿Qué tanto lo consideras liberado de sus orígenes preceptivos?

– Me parece que todos lo versos, incluso los llamados libres, están medidos. Ahora bien, debemos revisar cuál es su medida, su ritmo interno. La música, su estructura, es lo más cercano a la poesía. El poema puede gustar por lo que dice, por lo que se lee, pero si no tiene musicalidad es casi imposible que pueda resistir una lectura en voz alta, que pueda ser percibida por un auditorio. Porque además se escribe poesía por lo que uno siente, no por lo que uno piensa. El efecto emocional de la palabra está en su sonoridad, en sus vínculos con las otras palabras. La poesía surge de la pasión, de la sinceridad y no de la elaboración intelectual. Allí radica su libertad, pero es necesario luego pasarla por el tamiz de la corrección, del trabajo literario, pero esa es ya la segunda fase, que no puede ni debe censurar la primera sino enriquecerla, perfeccionarla. El oficio de la escritura es posterior a la revelación poética. Hay pues un ritmo en las emociones que dan origen al poema y que también determinan su medida, su musicalidad, la forma que se ajusta a las exigencias gramaticales y lingüísticas en cada texto.

La mujer, la poesía y la patria. Esta es una triada que se conjuga en el símbolo del hogar, del lugar de origen y de la pertenencia. Dices que la esencia de la mujer es la patria. ¿Es una preocupación poética o una inconformidad con sus significados particulares, personales?

– No, no es un preocupación poética, simplemente allí está. Hegel dice que la Patria es lo que se ama. Lo que yo amo es mi infancia, mi vida en México, un mundo que era prodigioso, habitado por cosas y seres plurales, en un horizonte abierto y pleno de ilusiones. Pero luego vi cómo se desmoronaba irremediablemente, como se caía en pedazos por el crecimiento desmedido y la centralización política y demográfica, urbana. Hará unos 20 años escribí “Canción de las ciudades” y no lo podía terminar porque tenía un toque nostálgico, reaccionario. Años después viajé a Chiapas a una reunión y quién sabe por qué, una noche, hallé la solución. La respuesta era: las ciudades son seres vivientes y como tales cambian. Probablemente estemos en el periodo de fealdad en que no hay carácter y la espiritualidad se encuentra en proceso de desvanecimiento. Y no tenemos horizonte, es una planitud absoluta, monótona.

En tu poesía percibo el desencanto y la esperanza como un contrapunteo sostenido. Dos estados de ánimo que se alternan y rivalizan por dominar tu discurso. ¿Qué los motiva?

– No lo creo. Habría que desconfundir. Si el poema tiene un toque de desesperanza es la circunstancia la que está reflejada, no yo. Mi persona no se mete, es una situación de la gente que percibes, no una condición particular del hombre que escribe. El yo de mis poemas es un yo poético.

En uno de tus poemas “Homenaje a Satie”, le dices al músico: “Te agradezco ser tú mismo/ a pesar de las modas/ y dejarme estar en ti,/ quinqué del tiempo,/ repasando las distancias”. Este sentido de permanencia y de ética ¿vuelve ahora bajo la forma de la fidelidad a la obra y a la vida?

– Se trata de un gran compositor a quien nadie peló. Él le hacía los arreglos musicales a Debussy, pero eso muy pocos lo saben. No se dio a la vanidad de asistir a los salones para ganarse los aplausos fáciles y se quedó con su música entre pequeños grupos de seguidores. El verdadero creador no puede dejarse arrebatar por la tentación del poder, del elogio, de la corrupción, porque perdería su esencia, su pureza.

¿Qué significa hacer guiones de cine para ti?

– Desde niño mi pasión era el cine. Tanto, que me sabía parlamentos de las películas que veía casi a diario. Pienso que mi esquema mental fue, antes que literario, cinematográfico. Por coyunturas accidentales me dejaron entrar en un teatro durante los ensayos y observé cómo era el ejercicio actoral y la dirección escénica. Desde entonces, casi un niño, me metí mucho en los teatros y comencé a estudiar la dramaturgia y la dirección de manera instintiva. Ese camino me llevó luego a un trabajo como supervisor de películas y de las filmaciones extranjeras. Esto me condujo a la escritura de guiones. Pero la actividad estaba limitada por el sindicato que prohibía a los no miembros elaborar guiones cinematográficos. Yo, por supuesto, no estaba sindicalizado. En esa época eran unos 15 o 18 los que sí estaban autorizados. Era común que presentaran los guiones escritos por los no autorizados y cobraban por nuestro trabajo, luego nos pagaban un porcentaje.

Texto tomado de: www.revista.agulha.nom.br/bh14shelley   

 

ANTOLOGÍA

Falta una palabra

Falta, en el desorden,
una palabra.

Falta una voz, y otra, y otra más,
en el valle de la muerte,
en la estación de los sofocos
rezumados por el fuego y la sombra.

Una palabra que no brote de atarjeas,
sino silencio que habla, vibrante.

Silencio sonoro que toque cuerpos
con su luz.
Que despeje el hedor de los escombros
y devuelva al valle su fuerza y su alegría,
sin ultrajes.

Falta una palabra.
Y falta una voz, y otra, y muchas más.

 

Hierro nocturno

1

Mucho antes de que estas montañas
ratas grises en la solapa aguda del sol
antes que cárceles de cieno y luz
fueran para mi espíritu domesticado
por los azotes inmisericordes del Belcebú embrutecido
en mi secreta epidermis
el gran reloj del mar meciendo sus aguas sin escoria
y las terrazas azules infinitamente contiguas
en la proximidad distante
choque de dos olas y el rompimiento de la nuez
aún entre los peces

Y el ruido del parto y la sedición de los montes
hacinándose en los rescoldos de la brisa

Señor al fin del elemento
yo vengo de esa brasa de liqúenes pensantes
de sombra a hormiga a hombre
el hijo nuevamente padre
Prometeo entre los hielos
cavando a uñazos los cuévanos de su oscura madre

 

Jornadas

Es el tiempo inaplazable,
nuestro tiempo,
avejentado mirador hombro atrás
que mira tras de sí.
Sin palabras, sin sucesos.
Dejando atrás paradójicamente la mirada.

Rugosa piel interminable
humedecida entre jornadas.
Es el sol
y es el agua.
Hay desplomes salobres de la vista
y avidez.
Hay ansias aruñadas.
Y arena mordaz entre los dientes.
Pueblos in si tu sucumbidos,
y sondas transparentes de viento helado.

Renovadamente,
emprendemos las jornadas
y no es la fe la que nos mueve.
No es el goce de riquezas,
ni el cabo nombrado tras de sí;
hay un sur que nos conmueve,
una estación que nos atrae,
nos hace hijos,
para siempre, del camino.

Sur que es Norte
por su cortedad risueña muy al fondo.
Norte que es Este,
advenimiento
cotidiano y singular como un respiro.

Poniente
entre parpadeos
y lento titubear
a lanzazos contra el cielo,
espeso leño que nunca dejaría de arder.

Hay inevitables estaciones
y puntos del adiós
y formas de nombrar
a cada día el primero
como una forma de decir de cada muerte,
la más profunda.
Y no abandono mis frutos,
no me muevo de mis panes
en cualquier rincón bienoliente
al paso entre caminos de tierra.

Tomo de mi agua,
tomo la harina de mi pan
y amaso el fuego;
recojo su calor, pero hay ventanas.
Invento los espacios
por los que han de entrar todos,
los muertos y los vivos.
Y la mirada mejor
siempre al sur,
que es norte
y es este
y es poniente.

Guía de la Ciudad de México

Desde las Lomas Heights,
donde aún habitan, gozosos, los políticos enriquecidos,
los antiguos banqueros, con su blanca (o verde)
faz atónita
y una numerosa flotilla
de grandes capitanes de la industria y el comercio
(que siguen nadando en la corriente,
antes de que Neza los devore)
para bajar por la añosa verdura,
polvorienta y asfixiada, del Bosque,
con su serie de templos adjuntos:
el castillo que sirve al culto reaccionario;
el museo que inventa su pasado indígena;
la exquisita pintura del sector privado, a la izquierda;
y la exquisita pintura del sector público, a la derecha.
Y el lago.
Que es un charco grande, de aguas densamente verdes
y muy contaminado. (Y otro lago más allá; y otro;
pero eso en otros Chapultepec, tan nuevos,
que apenas empiezan a morir).
Junto, el Zoológico, que parece más bien
una clínica de animales maltratados, donde vive
con lujo inaudito, la Osito panda,
usada por todos los medios
y convertida, por arte y magia de la televisión
en arma de penetración china (¡qué risa!)
y seguir por el Paseo,
que ha sido, en realidad, por siglos,
inocentemente,
escaparate y amplísimo callejón vidriado del imperio en turno.

Se llega así a Juárez, con su falsa prosperidad de curios shop,
y su Alameda, remanso al que corren a abrevar
los muchos desempleados, vejestorios de ilusión marchita,
parejillas jugando al clandestino
y furtivo amor del mediodía
y alguna que otra sanguijuela.

Luego Madero,
donde la usura esconde el bulto
en rincones oscuros de segundo piso,
como las cucarachas en cocinas de casa decente.

Hasta entrar a la Plaza, que llaman
de la Constitución (y más bien Zócalo,
por otras historias más antiguas),
con su aire mausoléico
que ya no engaña a nadie,
en cuyas frías arcadas es posible ver aún
cómo se trafica con las cosas;
mientras arriba, en tétricas oficinas
que son como mazmorras,
se deciden voraz
—a veces miserablemente—,
los destinos de la fe, el amplio Valle
en ruinas,
y la patria, siempre despojada.

No te salgas de allí
—ni de las grandes avenidas defecantes—
porque entonces no respondo.

Este monstruo, descascarado y gris,
aun puede devorarte.

Cuídate, sobre todo, de la policía
y otros prestadores de servicios.
Por lo demás,
la gente sigue siendo buena,
triste e inmensamente pobre,
como corresponde a los habitantes
de la Capital de un país
en vías de desarrollo
y a punto de mandarlo todo,
completamente, a la chingada*.

* Nota.
Como antes los Volcanes,
ahora, en ciertos días muy favorables,
es posible descubrir, en las alturas, lo llamado
Ángel de la Independencia.
Sólo que no te detengas demasiado
en los jardincillos de las laterales,
porque puedes ser atacado por las ratas,
que no gustan ver invadidas, ni siquiera los domingos, ellas sí,
su soberanía territorial.

 

 

ANTE LA CRÍTICA

Jaime Augusto Shelley. Patria prometida / Patrie promise
Por dentro y por fuera. Apostillas a un prólogo o un epílogo fuera de tiempo

 

¿DÓNDE LA INTERIORIDAD, dónde la música, dónde el camino de un poeta abandona la placidez de los valles y las planicies para ascender a la cúspide de las montañas? ¿Dónde queda solo y se muestra tal cual es? ¿Cómo saberlo? ¿Cuál es el camino?

Como la música, la poesía implica un acercamiento progresivo, reiterado al lenguaje de cada poeta. Una primera aproximación no basta.

Apenas muestra. Difícilmente se percibe la naturaleza de su revelación.

Pronto se cumplirán diez años de mi primera lectura de Patria prometida de Jaime Augusto Shelley donde, tras un silencio de años, hacía una jornada por ciudades y gente. Percepciones de aliento bíblico que miraban el mundo en su intensidad sorprendente, en sus vórtices fatales: nodos donde la humanidad apuesta por lo mejor de sí misma y por su destrucción. Bitácora de tiempos de cambio, cuyos más puros instantes pueden resumirse en un par de versos al momento de encontrar un remanso:

y he llegado en paz
a donde no iba.

Aquella visión que mucho recuerda la del Moisés que agoniza en la contemplación del destino pactado con Jehová para su pueblo, apareció en la colección Margen de poesía de la UAM, y meses después tuvo una edición de la Dirección General de Publicaciones de Conaculta donde nuevos poemas agregaban otra dimensión al libro. La reciente aparición (2005) del volumen, ahora en edición bilingüe, español-francés, publicado en coedición entre la UNAM y Écrits des Forges permite una nueva lectura de la obra, cuya estructura y concepción, tanto en la arquitectura del verso como en la intención de la poesía son excepcionales.

Breves han sido mis comentarios a "Por dentro y por fuera", esa serie de 12 poemas donde J.A. Shelley da respuestas a preguntas como las que motivan esta reflexión. Previas lecturas de esta parte de Patria prometida y el ordenamiento del libro parecieran confirmar la intención de Shelley por no perder de vista en la existencia, en la vida el papel del hombre, tanto como un ser de sensibilidad e inteligencia, así como un sujeto responsable ante la polis.

Sin embargo, en la relectura de estos doce poemas, al observar con mayor detalle la construcción de los poemas de numeración romana (I-X) se nota una distinta concepción de la serie, que contrasta con la versificación y estructura que plantea el poema más largo del conjunto: "Bolívar", para terminar con "Falta una palabra".

El poeta de "Por dentro y por fuera" complementa al de la parte inicial, el de "Desnudo con guitarra", en su naturaleza: este es el hombre rebelde, el héroe trágico, de ejemplar voluntad e intención, que debe enfrentar su circunstancia:

Sangre en un cuaderno,
su otra edad mordiendo signos.
La hora ha llegado.
Comienza loca cacería
de ubres celestiales.
Y en el cielo,
algo que se venía barruntando:
da a luz a su creatura el miedo.

("Desdía")

Podrá vencer o ser derrotado por el fatal acontecimiento, pero jamás permanecerá impasible ante él y sus consecuencias. Y para conocer, para detallar la geografía de sus combates emprende un largo camino por las ciudades en la búsqueda de su ideal, la patria prometida, mas su comprensión cabal de los hechos será casi al término de su viaje, cuando la respuesta a su pregunta la formule en su diálogo con Bolívar:

Inútil por ello un canto que deplore tu muerte.
Algo de ti, vertiginoso,
ceñirá la espada y clamará, de nuevo,
campana vibrante, de lado a lado [ . . . ]

Esta suerte de eterno retorno, donde al final "Falta una palabra" responde a un ciclo natural. El ciclo abre y cierra para recomenzar a la manera de la manera de la naturaleza en un canto que recuerda el tránsito de las cosas del mundo en un tono dulce, antiguo, como si el diálogo se refiriera a aquel pie de Garcilaso: "Salid sin duelo, lágrimas, corriendo"donde "El pirú", ese árbol de hojas y frutos magros y presencia inmensa, triste, es imagen de la infancia y del principio:

El pirú florecía por todas partes.
Árbol de siempre, árbol de pobres,
sustento diario de pájaros que ya murieron
o andan por las calles, mendigando.

Mas el hombre, el poeta sabe que su tiempo es único. "Luz, más luz", murmura en baja voz cuando percibe que se aproxima la hora; nunca su obra está completa, y hay tanto por hacer. "Silencio vibrante", "Verbo sonoro", clama.

Falta, en el desorden,
una palabra.
Falta una voz, y otra; y otra más,
en el valle de la muerte,
en la estación de los sofocos
rezumados por el fuego y la sombra.

"Venimos al mundo llorando, de él partimos llorando", afirma Shakespeare, y esa comprensión, ese conocimiento o estafeta son su sabiduría y experiencia, precisamente. El hombre enunciado por Shelley aspira más a la justicia que a la felicidad, cuando contempla su interior descubrimos que "ceniza en andrajos aterida" es su conciencia cuando sola se percibe. Poco dulce es la humanidad y su esperanza:

Algo ha de suceder
o dejar de,
con una misma, aterradora imprecisión.

Y si bien el pensamiento puede alcanzar una casi instantánea simultaneidad de su ser pleno, esta visión tanto de lo acontececido como del momento o del que sucederá no permiten mayor certeza que una constante cadena de ultrajes.

Creen algunos sin igual
el pasado
porque su pureza
se ha perdido y el futuro
no propone segura recompensa
por ácidos agravios.

Lo sabe así el hombre rebelde, de modo que formula su único credo:

somos,
allí donde no hay
número, orden ni regla inexorable,
augurio.

Restallar de espíritu,
libertad.

En tanto algunos buscan la seguridad, el olvido amoroso, el goce de los bienes terrenales, el poeta marca su distancia de las distracciones del mundo, las que obnubilan la mente, las que corrompen el mundo. "Descarquiño sueños", asegura, y penetra por opuestas vías a su quehacer en la tierra. Se sabe incomprendido incluso por quien –marmórea– contempla su hacer:

Si muevo un brazo o una pierna
en dirección al futuro,
con sobresalto, desde tu dulce rostro
calcáreo, en el repullo desasosegado,
torvo, del día, dices: no.

Mas el amor verdadero, "el que monta el alma", como afirmó Rimbaud, es parte de su naturaleza y destino. Lo vive y acepta pese a las diferencias individuales, porque las decisiones son personales. El amor tiene su propio tiempo y presencia, en un espacio ajeno al de las cosas. No es un obstáculo, sino una marca, referencia para la visión del poeta. No se trata, comprendemos, de un juego narcísico de identidades, sino una distinción de las conciencias, de los asumidos destinos. Pero que no castre, que no frene, ni detenga. El amor, como lo muestra Shelley, no es pasión-impulso, sino conciencia.

Echarse en el césped,
propiciar que el rumor no cese
ni por un instante;
que cuanto es, crezca;
haga, también de nosotros, algo diverso
en otredad.

Porque hay una enseñanza a través del amor. Unirse, fundirse, no es una dilución en el caos, sino el orden del conocimiento, una espiral hacia la comprensión de las cosas rumbo a un acontecer más armonioso.

Queda tan poco,
que si pudieras, en un vivo esfuerzo
ser, nada más por un instante, amorosa,
algo sobrevendría

El poeta sabe que la esperanza quedó hace mucho atrapada en la caja de Pandora, y sabe que en tal medida están las provincias de su heredad. A Prometeo toca devolver el fuego. Al demiurgo, al creador, despertar todos los días la energía de los hombres en el afán de vencer todo aquello que nos hace siervos o esclavos. Shelley así lo asume y así lo expresa. Con la imagen del árbol que evocó al principio. Con la enunciación de la palabra que falta, la que está por decirse, la que es de todo lector cabal: la de todo hombre que se asume en la plenitud del término.

Shelley, Jaime Augusto. Patria prometida / Patrie promise. Prólogos de Alí Chumacero y Bernardo Ruiz. Trad. Nicole et Émile Martel. UNAM- Écrits des Forges. Québec. 2005, 128 pp. ISBN 2-89046-949-2 / 970-32-2598-5

Texto de: Bernardo Ruiz
http://miniaforismos.blogspot.com/2006/03/jaime-augusto-shelley-patria-prometida.html

 

 

Antología

Girasol de urgencias, UNAM, Material de Lectura, 1987.
T.S. Eliot, La canción de amor de J. Alfred Prufrock y Los hombres huecos (Versión al español, estudio, notas y cronología), UAM, Cuadernos de la Memoria, 1996.
Estaba escrito, ISSSTE, ¿Ya leÍSSSTE?, 1999.
Herencia de hombre libre, UAM, 2000.
Exilio interior, Ítaca, 2003.

Ensayo

Hierofante (vida de P. B. Shelley), SEP, Cuadernos de Lectura Popular, 1967.
El paraíso perdido de Carlos Jurado (Catálogo especial de exposición), UAM, 1999.
La edad de los silencios, UNAM, 2000.

Poesía

La rueda y el eco, (Vol. Colectivo La espiga amotinada), FCE, Letras Mexicanas, 1960.
La gran escala, UV, 1961.
Hierro nocturno (Vol. Colectivo Ocupación de la Palabra), FCE, Letras Mexicanas, 1965.
Noche de hospital (plaquette), s.p.i., Durango, 1967.
Himno a la impaciencia, Siglo XXI, 1971.
Por definición, FCE, 1976.
Ávidos rebaños, UNAM, 1981.
Victoria, Martín Casillas, 1984
Horas ciegas, Villicaña, 1987.
Regreso a Jovel (plaquette) ICHC, 1994.
Patria amaneciendo (plaquette), UAM, 1995.
Patria prometida 1984-1995, CONACULTA, Práctica Mortal, 1996; edición bilingüe Écrits des Forges/Plan C, Québec/México, 2005.
Concierto para un hombre solo, Plan C, La Mosca Muerta, 2001.
Poesía y teatro: El abuso del poder y La gran revolución, SEP, Lecturas Mexicanas, 1987.

Varia invención

Disco Voz Viva de México (selección de poesía), UNAM, 1991

 

 

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