Miguel Ángel Quemain

La obra publicada en libros contrasta con las miles de cuartillas escritas para los medios mexicanos más diversos. La historia se inicia a finales de los años cincuenta con un joven extremadamente inquieto que decide aventurarse por los rumbos de una generación, término que denosta, pero el más preciso para hablar de su cercanía con escritores como José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Sergio Pitol.
Ver más en este vínculo >

 

 

La obra publicada en libros contrasta con las miles de cuartillas escritas para los medios mexicanos más diversos. La historia se inicia a finales de los años cincuenta con un joven extremadamente inquieto que decide aventurarse por los rumbos de una generación, término que denosta, pero el más preciso para hablar de su cercanía con escritores como José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Sergio Pitol.

 

Ejerce el periodismo cultural en aquellos años, apegado a las manifestaciones más exquisitas de la cultura aunque sus inquietudes y pasiones lo convertirán en uno de los pocos (muy pero muy pocos) intelectuales y críticos mexicanos con mayores registros. Entonces escribe sobre pintores, escritores, apasionado de la historia traza semblanzas y retratos. Pero su curiosidad, su proclividad a caer en las más seductoras tentaciones, las expresiones de la cultura popular sajona, su formación personal: el protestantismo, el barrio, hacen posible esa diversidad de percepciones que en ese momento cultural sólo caben en el periodismo.

 

México en la cultura y el Excélsior de Scherer fueron los espacios fundamentales para un conjunto de artistas y escritores, en el que Monsiváis fue una figura que brilló por su originalidad, su capacidad de análisis e interpretación de los fenómenos sociales de su momento. Poseedor de un lenguaje inédito en nuestra narrativa, Monsiváis incursionó en la crónica, género que documentó, analizó y difundió, con su trabajo como propio ejemplo.

 

La curiosidad y la inteligencia como vocación se fundieron con percepciones que no se habían expresado en México en el terreno de la crítica cultural: del burlesque a la novela policiaca, de Agustín Lara al hoyo fonky. Un trabajo que encuentra su paralelo en el que emprendiera Roland Barthes en sus Mitologías, capaz de desenmascarar lo que de naturaleza y moral reside en todo hecho social.

 

En todo eso hay una teatralidad que lo caracteriza y lo hunde, que lo define y entroniza. Monsiváis, para unos, es el periodista que se ocupa de lo nimio, que intelectualiza lo efímero, y que como tal, no vale la pena. Para otros, es el periodista contracultural que le da voz a aquellos que se les niega, a los perdedores que parecen no tenerla o que la desconocen. La doxa lo considera también el aprendiz de escritor, el narrador que no lo fue, el poeta oculto en las antologías inmortales que ha realizado, el seguro excluido de El Colegio Nacional.

 

Esos son los riesgos de la máscara que le ha permitido la ubicuidad en una sociedad mexicana rica en matices. Monsiváis, modelo de intelectual, ha sido junto con Octavio Paz, el interlocutor por excelencia del poder político en México. Unas veces señalando su imbecilidad, otras con el filo de su humor y su ironía, las armas finas de la crítica.

 

Monsiváis ha sido un intelectual que ha sabido conservar su independencia de cualquier disciplina militante, sea la del feminismo mexicano, de la que ha sido un defensor, un ideólogo y un crítico; de la izquierda, a la que le ha señalado sus errores y excesos hasta de la sociedad que se organiza: homosexuales, prostitutas, costureras, vecinos, campesinos, obreros, estudiantes…

 

El sismo de 1985 en la ciudad de México, por poner un ejemplo, no tuvo un analista tan inmediato y lúcido como Carlos Monsiváis. El testimonio de esa crónica realizada a unas cuantas horas de sucedida la tragedia mostraba a un escritor que conoce profundamente todos los intersticios de la sociedad mexicana. En medio de la confusión de esos días, el escritor, el periodista, el ensayista, y por supuesto, el cronista, radiografiaba las raíces de la corrupción, la negligencia, la desigualdad, detectaba, sorprendido y entusiasta, expresiones de la cultura que permanecían como hipótesis de trabajo en el cubículo de algunos sociólogos prominentes.

 

Monsiváis ha sido también un difusor de la cultura internacional. Con tijeras en mano se dio a la tarea de recoger, traducir y publicar ensayos, ficción, estudios, en fin, una gran cantidad de materiales que aparecían en publicaciones extranjeras y que puso al alcance de un gran público. De esa aventura participaron un conjunto de jóvenes entonces (fines de los años setenta) que son hoy algunos de los escasos intelectuales y escritores con un proyecto propio y original en el medio cultural mexicano.

 

Me refiero a David Huerta, Jorge Aguilar Mora, Héctor Manjarrez, Rafael Pérez Gay, Héctor Aguilar Camín, Antonio Saborit, Luis Miguel Aguilar, Sergio González Rodríguez, José Joaquín Blanco, por mencionar a los más prominentes. Es importante señalarlo porque los grupos y las “mafias” han caracterizado el medio cultural mexicano y ésta señal de independencia no es usual en otros conjuntos fieles a la figura y la palabra del Patriarca. Hay una acolitismo profesional que algunas figuras poderosas y de prestigio han conservado como la mejor forma de mantener su influencia.

 

Reescritor, articulista y curioso de tiempo completo, Monsiváis se ha convertido en una referencia obligada, en muchos sectores sociales, para referirse al intelectual, a esa especie de conciencia pública en que se confía y a la que se acude cuando las instancias oficiales insisten en su escandalosa indiferencia e impunidad. Tan solicitado como escurridizo, no ha resistido la tentación de participar en las fiestas más frívolas de la cultura y el espectáculo. Lo mismo posa junto a “estrellas” como Gloria Trevi, Lucía Méndez o Flans, que opina y analiza la política y la cultura en el programa de radio con mayor rating en ésta capital; lo mismo participa en homenajes nacionales a María Félix, que aparece en festejos políticos junto al presidente en turno, lo mismo está en una marcha junto a Super Barrio que en el Salón Los Angeles, en la discoteque de moda o en un tugurio de rompe y rasga en el que se reúnen, paradójicamente, las multitudes marginales.

 

Monsiváis es el coleccionista de juguetes populares, maquetas, cajitas, luchadores, incunables, periódicos y revistas del siglo XIX, fotos, caballitos. Es también el protector incansable de los seres más indefensos en la barbarie urbana: los animales callejeros a los que adopta, canaliza y contribuye a su sostén. Su obra es también, y en parte, la indagación profunda en zonas que pertenecen al campo de sus aficiones y sus gustos, aunque el mismo señale que “para conocerme a mi mismo he utilizado una técnica, la sospecha. Para conocer a los demás, siempre he recurrido al recelo”. Es el crítico implacable, como señalé arriba, de la estupidez y la impunidad declarativa de los políticos en turno. Con Alejandro Brito, ha hecho un registro comentado de todas las barbaridades de que son capaces nuestros políticos, empresarios, autoridades eclesiásticas y otros especímenes de la selva política mexicana.

 

Al inicio de estas líneas escribí máscara para referirme al objeto que ha hecho posible la ubicuidad del cada vez menos invisible observador que es Carlos Monsiváis. Lo hice porque creo que detrás del hombre preocupado y comprometido con los problemas más urgentes del país está un gozador y un curioso que ha hecho de sus tentaciones, perversiones y subversiones uno de los productos intelectuales más importantes de la segunda mitad de este siglo XX mexicano. Nos ha hecho creer que lo que vale son los personajes a los que alude en sus libros y que detrás sólo está el cronista humilde que recoge las percepciones de época y las proyecta hacia el futuro.

 

Sin embargo detrás del objeto Juan Gabriel, Isela Vega, Raúl Velasco, Cantinflas, Dolores del Río, de los temas en que indaga cada vez con mayor libertad y renovado aliento narrativo: el burlesque, el 12 de diciembre, en fin, lo que el autor ha llamado Mexicanerías y Crónica de sociales, está el placer de la escritura y no sólo el registro, sino la invención de personajes y atmósferas. Es en ese espacio de su prosa donde residen sus ficciones, ficciones críticas y ensayísticas que muestran un estilo único y muy imitado en México.

 

El conjunto de “textos hagiográficos” titulado Catecismo para indios remisos, “que muchos quedan, Señor, y aún se agitan”, es el único libro de “creación” según considera la crítica más ortodoxa. En él, Monsiváis despliega fábulas, historias y decires con un tema central o varios, como bien se indica en el libro, ligados al mismo tronco: “el atavismo religioso, el poder eclesiástico, las intermitencias del paganismo, las zonas donde la virtud beatífica se confunde con la blasfemia y el milagro se vuelve un género de la cultura popular”. Tal vez es el libro donde Monsiváis más le suelta las riendas a la imaginación y a su aliento fársico, a través de un mecanismo que pone en espejo al conjunto de seres que habitan en el libro.

 

 

Be Sociable, Share!





Comentar

blank