Novelar la historiaGuillermo Tovar

“La historia es la materia prima de su obra, de sus investigaciones, de la imaginación y de los intereses literarios, pues realmente la literatura y la historia convergen, ya que sin imaginación no es posible escribir la historia. Debemos tener imaginación para poder atar los ejes y darle un sentido a lo que reflejan los documentos, por otro lado es difícil encontrar en la historia el sitio humano, ese sentido que ofrece la literatura”, externó la directora del Archivo General de la Nación (AGN), Aurora Gómez Galvarriato, durante la conferencia titulada Archivos y Literatura. Novelar la Historia, que forma parte del ciclo Conversando con nuestros historiadores.

La charla, que se llevó a cabo en el auditorio Fernando de Alva Ixtlixóchitl del AGN, en esta ocasión corrió a cargo de los novelistas e investigadores Agustín Ramos y Hernán Lara Zavala, quienes abordaron la pregunta, ¿Cómo novelar la historia sin traicionar la verdad?, desde diversas perspectivas en las que la historia sustenta a la novela, mientras que la narración devela las injusticias y hechos, que han quedado a la sombra de personajes torales de la historia o que simplemente se han olvidado.

Para Lara Zavala, el antecedente del AGN como penitenciaria y actualmente como archivo, hermana a los dos escritores por su contemporaneidad y cercanía a los sucesos de 1968 en Tlatelolco y posteriormente el conflicto magisterial de 1971, con una generación de escritores que han hecho de estos acontecimientos una veta amplia de la literatura nacional, “en la que los jóvenes de aquella época propusieron, ante la aparente derrota, un cambio en la vida política del país”.

Por su parte Ramos, autor de las novelas La gran Cruzada y Tú eres Pedro, basadas en el cacique hidalguense Pedro Romero de Terreros y en las que cifra desde la narrativa, quizá, la primera huelga registrada en América Latina, y particularmente la revuelta que se avecindó en las minas de Real del Monte en el estado de Hidalgo, retoma un tema histórico explorado únicamente por el historiador Luis Chávez Orozco.

Entre los hallazgos que divisó, debido a la consulta de fuentes primarias y por la carencia de fuentes secundarias, se encuentran desde las firmas de los mineros afines al movimiento hasta el pliego petitorio en el que exigían mejores tratos, “documento que en el trabajo de Chávez Orozco representa un antecedente del artículo 23 constitucional”. Al finalizar la investigación, Ramos encontró que ya existía un trabajo historiográfico de una investigadora norteamericana titulado Hacer una huelga, motivo que lo orilló a cuestionarse respecto a lo que pasó después de la huelga, tema que aborda en sus libros.

Así el también autor de La noche, halló en la literatura una manera de escribir la historia en la que la ficción y los hechos reales se complementan pues “novelar e historiar exige recabar todos los datos posibles para forjar la narración” ya que, dijo, “el historiador observa cosas diferentes que el escritor”.

Los libros Charras y Península Península de Lara Zavala, en los que el autor retoma tópicos como el sindicalismo mexicano y la Guerra de castas respectivamente, remontan nuevamente temas poco explorados por los narradores. En su texto intitulado “Rumbo a la historia” sugiere, a decir de Ramos, encausar la historia o una aproximación a la historia misma; aunque para Zavala es una reflexión entorno al viaje de un joven por la utopía de los países socialistas hacia el resultado que arroja este movimiento.

Consideró que “la historia se va haciendo día a día con acciones, actividades, con los hechos a veces cotidianos y a veces políticos”, como lo que le sucede al protagonista de Charras, texto en el que el autor hace una distinción entre una novela testimonial y una histórica, pues en este título Zavala se planteó escribir una novela que narra la vida y asesinato de un líder de trabajadores, con recursos únicamente literarios y sin recurrir al reportaje, panfleto político o denuncia, “que de alguna manera se encuentra implícita en la novela pero que permite que el lector haga sus propios juicios”.

Ambos autores coincidieron que el tratamiento de los personajes dentro de la novela histórica es libre, siempre y cuando se respeten los hechos reales. Ramos situó este subgénero de la literatura en la obra de Truman Capote, quien se apoya en géneros periodísticos y la historia para develar simplemente la verdad, aunque en la novela no se pretenda llegar a una verdad absoluta sino evidenciar los acontecimientos.

Agregaron que la novela histórica no permite repetir temas o personajes y su situación, sin brindar a los lectores nuevos datos que enriquezcan la historia y no que la traten de manera burda. En el caso de Zavala, señaló, “los personajes principales constituyen la historia, mientras que los personajes ficticios novelan los hechos y guían a los lectores”. Asimismo, Ramos añadió que al recurrir a personajes ya trabajados “se debe de encontrar la parte oscura de la historiografía”.

La labor de los narradores que recurren a fuentes históricas, a decir de Ramos, se incrementa pues el escritor “incursiona en terrenos donde los historiadores no han dado a luz, pero en los que se deben de utilizar sus herramientas”. Sugirió que los historiadores retomen algunos recursos literarios para darle un sentido a la historia. Por ello el quehacer literario de los novelistas busca en el pasado con la finalidad de explicar el presente y vislumbrar, en algunos casos, los orígenes del escritor.

Lara Zavala concluyó que el principal reto al que se enfrenta el novelista es la depuración de la información recavada, “no se trata de copiar y pegar para concretar un tema sino hay que profundizar en la historia, reflexionar, dotarlo de una anécdota y sentimientos” para novelar la historia. Además, agregó Ramos, “se necesita que el historiador lea rigurosamente al novelista, corrija los errores y reconozca los aciertos del escritor”.

Quizá la única vena que no han explorado los novelistas es aquella que se refiere a la visión cosmogónica y tradicional de las civilizaciones antiguas mexicanas, en un principio por la falta de especialización de temas antiguos y “las limitantes que representan el desconocimiento de lenguas vernáculas”, añadió Zavala.

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