Sandro Cohen

Sandro Cohen Antonio, hasta las personas inteligentes caen en el agujero negro de sus prejuicios. A éstas, hay que darles argumentos sencillos y contundentes, pues no suelen tener la paciencia ni la disposición para digerir conceptos tan complejos, tal como los presentas. ¡Tarea difícil la de ser sencillo! Justo el otro día me enfrasqué en una polémica de éstas con mi maestro de piano y el afinador, quienes coincidieron en mi estudio. Quiero a los dos. Pero cuando se pusieron a platicar sobre la “agresión” que significaba la nueva ley, les pregunté: “¿Que que qué? ¿Cuál agresión, para quién?”.

Se quedaron como congelados cuando se dieron cuenta de que no iba a seguirles la corriente. Y les dije que la realidad no obedece a la Iglesia católica, la cual no entiende ni quiere saber de la naturaleza humana desde que somos humanos y aun antes; que siempre ha habido homosexualismo en el ser humano, que es el estado /natural/ del ser humano que haya cierto porcentaje de homosexualismo. Les dije que sus prejuicios, por ser suyos y muy sentidos, no son necesariamente justos ni éticos.

Total. Les cerré la boca y luego tuve que bromear: “Hoy en día ya no se puede hablar ni de política ni de religión ni de sexualidad”. Y ja ja ja. Salimos a comer los tres juntos. Por lo menos hice mella en su discurso facilón. Imagínate. Más grave, para ellos, es la supuesta agresión a “la institución matrimonial” que la agresión a los homosexuales simplemente porque nacieron homosexuales. ¿Dónde he escuchado esta clase de razonamiento antes?

Un abrazo,

Sandro

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Antonio Marquet

Querido Sandro:

Muchas gracias por tu lectura, comentario y consejo. Tienes toda la razón, pero ¡primero muerta que sencilla!

Habría un comentario que merece la pena que haga: la injuria es breve y efectiva. Su poder se deriva de que concentra en una palabra un sistema de valores. Quien insulta no lo hace sólo, tiene detrás una tradición institucionalizada que lo(s) respalda. ¿Qué hacer frente a la efectividad de la injuria? ¿Responder con otra injuria?: “ganará” quién alce más la voz, quien tenga más veneno o quien tanga la boca más vulgar. Pero la injuria y su lógica seguirán allí para el siguiente round.

Para desmontar los poderes del linchamiento, es necesario referirse a las maneras de administrar la injuria, a su lógica. Sin embargo, esto no se hace con una palabra. Requiere de una reflexión que permita la elaboración de la violencia. La injuria es como un disparo, para reparar el daño se requiere de un equipo de especialistas, que la víctima se recupere de la intervención y un largo periodo de duelo. La injuria fragiliza y saca del ring al “adversario” que se cruzó por el camino del violento, que lo “miró feo”. Quien injuria normalmente queda impune.

Creo que una intervención directa y puntual, en un marco amistoso es lo ideal. Sin embargo hablas con dos personas concretas, no de gente que utiliza su poder y los foros para la instigación; no de gente que cobijada bajo el anonimato perpetra la injuria en los foros de los diarios, en las pantallas de televisión.

En cuanto a que no debe hablarse de política, religión y sexualidad, no estoy de acuerdo. Si no lo hablamos, no por meter estos temas al clóset, se logra una convivencia pacífica. A este estado se llegaría en todo caso, cuando hay justicia y respeto: hay que hablar, pero hablar realmente, intercambiar ideas: no prejuicios. Un decir argumentado: no repetir las incitaciones “sencillas” que difunde el nacional-catolicismo. En la actualidad, el fenómeno más común es escuchar a personas que son dichas, es decir que son oquedades sonoras de las que sale un eco; son repetidores de… el Amo, del Gurú, del Jerarca… Hay que luchar por una ética del decir, por construir una palabra que nos represente.

En la actualidad, esos replicantes del discurso insidioso de capilla han organizado un linchamiento verbal a una minoría, que es seguido por una franca celebración del exterminio “hay que darles una paliza”, “hay que enviarlos a una isla”, “hay que meterlos a campos de concentración”. Asómate a los foros de los diarios para verlo: “Que algún Hitler venga y acabe con ellos”. En nombre de la justicia y de quienes han padecido este horror sin nombre, no hay que quedarse callado. No hay que relativizar la gravedad de estas exhortaciones, ni echar esas incitaciones en saco roto. Ahora son los homosexuales: mañana serán quienes no comulguen con el nacional-catolicismo.

Todos pertenecemos a la cultura del libro. No podemos permitir que se apoderen de él los clérigos que incitan a la violencia: sea cual sea la secta a la que adhieran y el sitio en el que se encuentren.

Antonio Marquet

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