Migraciones, poema nómada

January 10th, 2010

Rita Vega Baeza

He preferido la angustia de volver
a quedarme callado y quieto entre los límites
a salir corriendo como loco y llevarme la puerta
entre las piernas…

Alejandro del Valle

Migraciones de Alejandro del Valle, es, en principio, un espacioso poema nómada que tiene por travesía la historia, la oralidad y el parpadeo de caminos. Es una pintura que despliega sus imágenes en un tríptico abierto en un sombrero de paja. Es un organismo fronterizo que inhala Ecos, rastros, huellas errantes, y es también una lección inaugural que inicia cuando ya casi todo ha terminado; y no obstante la voz poética en su propio autorretrato se alza como: el “novio de los símbolos”, o lo que es lo mismo, el/ “autodidacta de de la tristeza”. Expresa en sus primeros versos:

Trabajo acumulando partículas sonoras
frescos de guerras cotidianas ausencias
miradas boca arriba setos de realidad
denostada
amores en demolición cenizas
que se prolongan
instantes

La vitalidad de los días duele en los versos de Alejandro del Valle, se trata de una embriaguez de la luz que prodiga la gente, la proximidad de su gente. Oficiante de la cotidianeidad, el poeta nos comparte y celebra el aguijón de un saber como desafío, nos dice:

Del vino de la historia está colmado mi vaso
de mi risa el lugar que habito
y la memoria de mi gente en mi costado
es un calor que irradia luz a mis espaldas

En el enjambre de mis días
adivino ausencias que no han de intimidarme

El yo poético se disuelve, pero también es una pócima, es advenimiento y advertencia, (d)ilución de bordes cuando escribe y sale al mundo diciéndonos:


Ves desaparecer fronteras
por el humor planetario que disemina
el agua

Te podrías quedar aquí toda la vida
limpiando creencias y lavando rencores
jugando con buques y torpedos

Migraciones, en plural, va de la oralidad de los placeres oratorios al calor oral del sol y, así, reanuda evocaciones en el rastro de “la travesía de una lágrima” encontrando un “sepulcro oral” como insuficiencia de lo dicho, como penuria del alfabeto. Podemos descubrir también un peregrinaje lúdico de recuerdos, el infantil poeta humanizado, la reminiscencia como una concesión de la infancia, un saque de esquina o un penalty omitido, y la certidumbre de saberse plural siendo otro. Con desenfado nos dice Alejandro:


cuando me sorprendo caminando y hablando sólo
sonrío y me recobro
mis queridos pies que aprendieron a chutar desde
pequeños
llevan a cuestas más de una persona
somos más de un desconocido

Por eso a veces nos hablamos

La poética del escritor versada en exilios, concibe un divino diván quizá con una modulación irónica y certera:


Cuando el recuerdo desplaza al olvido
se comprime el mundo en el yo detenido

En el mismo poema hay un excedente, una cifra que nos dice el paisajista del éxodo: “cada paso revive con sorpresa” y la sorpresa nos abre siempre al reino de la conmoción y el eco, y ahí, no ya como divino diván sino como diván el terrible se anega la metáfora, se apalabra la ironía, y la herencia es un asombro que ríe en las niñas “por los monstruos que levantamos”. Y es que “diván” viene del persa que quiere decir conjunto de poemas; y no podría ser de otra manera; el novio de los símbolos, en Migraciones exhala “bocanadas de un abecedario desorbitado”, “sospecha del signo”, encuentra “algarabía en la página en blanco”, forma una tertulia con las “palabras blancas que alcanzan el aire/ y nunca bajan a la tierra”. Alejandro del Valle, perito en lejanías y sabio en “soledades de un páramo que se desgaja”, descifra toda una extenuada filosofía, y basta una pareja de sus versos para llevarla a un nuevo desenlace: “oye la raíz del silencio en la concha”, otra vez: “oye la raíz del silencio en la concha”, y, “Un grano de arena es ya un trozo de infinito”.

En este libro de poemas asistimos a una singular lección inaugural que empieza al final con una ausencia: casa sola y lugar vacío. Una agenda de invariables días: “a las 20:00 horas “ardo con la noche” y a las 23:00 “rozo mi muerte”, dice. Una curiosa prescripción que ordena: amadrígate. En Migraciones hay una imagen, que se condensa en este verso: “la carcajada del sol/ era ella”. Una mujer migrante que después de la pobreza, los hijos y los años “se quedó tan sola”. El poeta, autodidacta de la tristeza, aprende y se conmueve ante una realidad tan ruda y próxima, dice: “aunque su madre lavara ajeno/fue una joven alegre”.

También nuestro escritor encuentra, una indiscreción en “las ramas de los árboles”, un paisaje interior: “he abierto de par en par las ventanas / y el aire ha llenado de ardor, no de tristezas/ las lidias heredadas”; una vocación: “morder las nalgas de los ángeles/ y atizar las brasas con sus alas”.

En migraciones, en el hábitat de Alejandro del Valle, los signos viajan, la personas nos habitan con risas y ausencias, el yo pierde su pasaporte, los estados anímicos se mudan en colores; y todo paraje es un parpadeo. Hay un tránsito de “viajeros también en el papel”, una celebración de la vida, una incitación a “jugar a la víbora víbora del amor” y un descubrimiento sideral en este verso de Alejandro: las “estrellas silvestres se erigen sin razones de los días”.

Rita Vega Baeza** es poeta y psicoanalista. Doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid España. Profesora universitaria.

Texto leído durante la presentación de Migraciones, de Alejandro del Valle el 4 de diciembre en el marco del Festival Internacional de Poesía Zacatecas 2009.

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