Miguel Ángel Quemain
Compartimos el preludio del libro Cien años de novedad. La moral sexual, cultural y la nerviosidad moderna de Sigmund Freud (1908-2008) que editó siglo XXI editores.

Néstor A. Braunstein / Betty B. Fuks


¡Qué título más extravagante para un artículo escrito hace cien años!
¡Qué manera de unir lo discordante!
La moral sexual “cultural”. Dos adjetivos, uno de ellos tan extraño en su unión con el sustantivo como para ponerlo entre comillas. Si no fuese por el artículo en el comienzo del largo título uno podría pensar que se trata de tres adjetivos: moral, sexual y “cultural”. ¿Cómo y quién podría ser moral, sexual y también cultural?

Después de afirmar en cuatro palabras la existencia de un sujeto así de excepcional (o incongruente) viene una conjunción, “y”, para ligar ese sujeto con otro: “la nerviosidad moderna”. Este segundo sujeto incluye una presuposición también insólita: hay una nueva forma de la nerviosidad, “moderna”, que debe diferenciarse de otra que sería antigua o pasada de moda. La patología “de los nervios” cambia con el tiempo; la de hoy (1908) no es la de ayer y el cambio estaría en relación con las normas morales de la “cultura”. (¿Es que hay otras normas que las culturales?)

Aceptemos todas estas singularidades del título freudiano y dispongámonos a reflexionar en lo que ha pasado en estos cien años: ¿tenemos la misma “moral sexual cultural”?, ¿es la misma la “nerviosidad moderna”? Habiendo cambiado tanto los dos términos ¿qué pasa con la conjunción de ambos? ¿Cómo se conectarían hoy (2008)?

Freud nombró con precisión y arrojo los términos del problema: las características de la vida urbana, la doble moral sexual para hombres y mujeres, la maldición de la relación inflexible entre sexualidad y reproducción, la exclusión de las salidas (así llamadas) “perversas”, la prolongación indebida de la castidad, la exclusión —más performativa que practicada— de la infidelidad conyugal, la hipocresía en la alcoba, la neurosis como protección de la “virtud”, la condena a los homosexuales que demostraban tantas aptitudes para la sublimación y el enriquecimiento de la vida cultural, el desconocimiento de la sexualidad infantil, la indisolubilidad del vínculo matrimonial, la relegación de las potencialidades del goce femenino. ¿Consecuencias? La neurosis generalizada, la acrimonia entre hombres y mujeres, la anulación de las posibilidades de una vida fuera de los cánones establecidos como “normales” que son de penoso cuando no quimérico cumplimiento.

Hoy en día todo eso ha cambiado…¿ha cambiado tanto como para que digamos que el vínculo social ha mejorado, que el malestar en la cultura diagnosticado en 1930 ha disminuido? Todo es distinto…y todo sigue siendo causa de preocupación. La condición de la mujer es radicalmente distinta pero la igualdad de oportunidades sigue siendo una meta a alcanzar y la diferencia jerárquica entre los roles masculino y femenino sigue siendo opresiva. La organización familiar patriarcal ha dado paso a una caótica anarquía que deja con frecuencia en la indefinición al lugar de los hijos. La neurosis ordinaria se ha transformado en perversión cuando no en psicosis ordinaria. Los niños toman el lugar de objetos transicionales en manos de padres que siguen siendo niños (“época del niño generalizado”, decía Lacan). El reconocimiento de la capacidad de elegir el modo de ejercicio de la sexualidad ha dado lugar a la mercantilización de las modalidades de consumo sexual y a una desvalorización de las posibilidades del amor como forma del vínculo entre seres del mismo o de otro sexo. La precocidad en el comienzo de la vida erótica termina por manifestarse como indiferencia ante la pareja. La independencia entre sexualidad y reproducción como ausencia de responsabilidad por los hijos que se engendran.

En el plano de las representaciones y de las concepciones sobre la sexualidad reina la mayor confusión y lo esencial del mensaje freudiano acerca de las pulsiones, siempre parciales, es desconocido y transformado en intentos de soluciones sexológicas ante lo que Lacan definió, para escándalo de todos los que no se detuvieron a entender el mensaje freudiano, como la inexistencia de la relación sexual. La mistificación de la actividad de las pulsiones en el mundo contemporáneo es favorecida por el éxito de un psicoanálisis “mediático” que se difunde con tanta más facilidad cuanto mayor es la falsificación que se propone. La invasión de la dimensión imaginaria en la televisión y la Internet permite la ocultación de lo real sexual al preservar la confusión entre la satisfacción de la demanda con objetos de consumo y la insatisfacción estructural del deseo. La insistencia en la globalización de la vida sirve para encubrir la segregación de los goces clandestinos que siguen siendo repudiados por los discursos falaces de la “liberación”. Es verdad también que en el pensamiento académico se ha operado un retroceso que parece definitivo en las manifestaciones reaccionarias y que un aire vivificador proveniente de los discursos de los “condenados de la tierra” ha tomado los lugares de preeminencia a la vez que las posiciones que podrían pretender el retroceso a los tiempos patriarcales han pasado a actuar en la penumbra y en la retaguardia del mundo académico. El prejuicio tiene hoy mala prensa.

En estos terrenos el psicoanálisis es presentado como una respuesta respetable en su momento pero superada por el tiempo transcurrido, como si no tuviera ya nada que decir, como si su “novedad” se hubiese agotado. Lo esencial del planteo de estos ocho textos, cuatro escritos en español, cuatro en portugués, es la demostración de que la “novedad” sigue en pie, que todos los “progresos” alcanzados en la sexualidad en occidente ponen de manifiesto con mayor claridad que nunca lo que falta por lograr en cuanto a las relaciones equitativas entre hombres y mujeres, en cuanto al reconocimiento de las peculiaridades sexuales, en cuanto a la no confusión del sexo con la genitalidad y mucho menos con las diferencias de género. Lo que cosquillea los espíritus con el sabor de la novedad que redobla en los tambores planetarios de los medios de difusión de masas suele ser lo tradicional reciclado. Mientras que lo nuevo nunca envejece. Lo nuevo sigue siéndolo; se renueva cada día, al plantear sin cesar la falsedad de las presuntas “revoluciones” (como la sexual) que, conforme a su etimología, no hacen sino re-volver las cosas al estado anterior.

La “nerviosidad moderna” ha cambiado de rostro y todos se complacen en destacar con un goce recóndito los “avances” de la depresión y el suicidio, de las patologías alimenticias con la bulimia y la anorexia a la cabeza y en la cabeza, de las toxicomanías tradicionales y de las a-dicciones novedosas a los juegos, a la sexualidad o a los deportes de alto riesgo, de la indiferencia masiva de los adolescentes, de la anestesiada crueldad de los niños, del desamparo anímico y material de la tercera edad, de la precariedad de los vínculos en las parejas y del desinterés por la vida comunitaria en general y política en particular. Estos temas estaban casi totalmente ausentes en la obra de Freud y se presentan como efectos de los cambios en la vida social producidos en las últimas décadas. La cuestión, para los diez autores de estos ensayos, es la de saber si esa nueva “nerviosidad moderna” es también un efecto de las nuevas formas de la moral sexual y de qué manera pueden vincularse los dos aspectos tan diversos del inaudito y serendípico título de Freud.

Como no podía ser de otra manera, los nueve artículos tienen su majestuosa cabeza, la imprescindible, el artículo señero de 1908. En un acto de inconcebible egoísmo cultural, la editorial Amorrortu de Buenos Aires ha negado la autorización para reproducir el texto de su traducción en las Obras completas impresa por esa casa de publicaciones. El coordinador de la edición en español debió por eso recurrir al texto freudiano en la bella traducción de Luis López Ballesteros y de Torres editada por Santiago Rueda en Aires, la primera verdadera traducción completa de las obras de Freud a un idioma extranjero que contó con el auxilio inestimable de Ludovico Rosenthal. La traducción del artículo de Sigmund Freud que aquí se incluye ha sido ligeramente retocada para hacer lugar a una necesaria actualización: el término alemán Trieb y sus derivados ha sido vertido, de acuerdo con el uso contemporáneo en todas las lenguas, como pulsión (francés: pulsion, inglés drive) y sus derivados (pulsional, etc.).

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