Clío yace insepulta…

January 2nd, 2010

Gonzalo  García Terrazas
-a  Magdalena Herrera García y  Rodolfo Mariscal Erives-
En la obra de Enrique Macín, Sueños sin Epílogo, se hace evidente la influencia del pensamiento de Oswaldo Spengler…

filósofo e historiador alemán (1880-1936) en cuya obra titulada La Decadencia de Occidente propone que la historia se resuelve en un proceso fatalista, con un destino predeterminado imposible evadirse.

Las culturas se degradan y  actúan como los seres vivos, animales y plantas; nacen, se desarrollan, crecen hasta el límite y mueren.

Para Spengler, las culturas atraviesan por cuatro épocas distintas: la primavera, el verano, el otoño y el invierno. Para la civilización occidental la primavera de la cultura fue la Edad Media, que se definió por sus grandes empresas guerreras, las monumentales construcciones y el florecimiento del espíritu creador, así como por el advenimiento de aristocracias impulsoras de las artes. El verano de la cultura llegó con el espíritu del humanismo, liberado ya de la ignorancia y lo sobrenatural, como lo hacen patente los legados de Da Vinci, Galileo y Shakespeare, entre otros. Vino el otoño con la Reforma; la cultura aristocrática degeneró en convencionalismos de clase media, un género de existencia en la que una falsa intelectualidad reemplazó a las convicciones más arraigadas y la subordinación a la razón resultó ser un débil sustituto de la fe. El siglo XIX fue nuestro invierno de descontento y desastre. La civilización se consumó y se suicidó con el auge de la ciudad moderna, el poder del dinero y la dominación de las masas.

Enrique Macín, apasionado estudioso de la historia, conocedor profundo de las tragedias y los dramas del hombre occidental —particularmente del mexicano— de fin del milenio, estructura su novela Sueños sin Epílogo en cuatro partes, siguiendo un orden acorde al concepto de Spengler sobre las civilizaciones, sólo que el chihuahuense establece el paralelismo con la nación mexicana: Toledo, cuento barroco inmerso en el cuerpo de la novela, la primavera; Querétaro, el verano; Chihuahua, el otoño, y Río Seco, el invierno. En cuanto al tema vertebral, el naufragio de México: “…el país con el más prometedor futuro, pero con el más miserable presente”, lo aborda a partir de las siguientes cuestiones: “En el año 2010, cumpliremos dos siglos de vida independiente y no hemos resuelto ninguno de los problemas básicos del país” [1]; “Hay que buscar en la historia de México la respuesta a tres hechos fundamentales: primero, las causas del poco aprecio a la libertad política y a la democracia; segundo, ¿en qué época del país surge el uni-partidismo? y ¿cuándo se retoma después de la revolución de 1910?; tercero, ¿qué esperanza tenemos del cambio hacia la democracia sin violencia?[2].

Toledo

Toledo es donde Macín presenta al iniciador de la dinastía Matamoros en América, Gutierre, quien huyendo de la intolerancia religiosa en la península emigra a la Nueva España. La acción tiene lugar en la ciudad Imperial en el siglo XVII, en plena contrarreforma,   donde el protagonista al darse cuenta de que la familia de la mujer a quien ama (María de Polanco) es luterana, toma la decisión de partir:

“…. Sube por la escalera en busca de alguna persona y llega a una cámara donde se quema una pastilla de perfume. Se acerca al lecho y mueve la cortina, pero solamente descubre sobre las sábanas un vestido de tafetán blanco recamado de aljófar. Mira en derredor y ve un bargueño que tiene las gavetas abiertas. Lo escudriña en busca de un objeto que le dé indicios del dueño, y saca un libro que es traducción en romance del Nuevo Testamento.…[ …]Detiene la lectura porque escucha plegarias en alguna pieza distante, y guiado por las voces sale volando hacia un balcón. En cuanto llega se asoma por los vidrios de la ventana y atisba a varios hombres y mujeres rezar de pie, de los cuales no reconoce más que al doctor Joseph de Polanco.” [3]

El cuento es un capítulo —el quinto— con un estilo oscuro, propio del Barroco, pues todo es una perífrasis elusiva, y el texto al que hace mención es, nada menos, la traducción que hizo Juan de Valera de los Evangelios en 1602, religioso español convertido al luteranismo y quien tuvo que huir a Ginebra, donde pasó el resto de su vida. Gutierre Matamoros es alegoría del colonizador de esta tierra que será el virreinato más opulento de la corona española, la primavera brillante y prometedora, pero en su vida independiente, campo de batallas fraticidas que la depauperarán en beneficio de intereses extraños.

Querétaro

El sitio de Querétaro es un hecho fundamental en el futuro de México. El Imperio es derrotado y, en el Cerro de Las Campanas, junto con Maximiliano, Miramón y Mejía,  liquidado el partido Conservador, dejando al Liberal el control político del país hasta el año 2000.

Enrique Macín hace un detallado trabajo de investigación histórica, en donde narra las acciones bélicas del sitio, detallando con precisión las batallas en los diferentes frentes, hasta la caída de la plaza en manos del ejército liberal. Pero lo fundamental es que el autor revindica a los hombres que conformaron las fuerzas conservadoras, quitándoles el baldón que el maniqueísmo histórico les había impuesto, a la vez que los sitúa en el justo nivel que les corresponde: el de hombres comprometidos con un ideal al que ofrendaron sus vidas, luchando contra Juárez y contra las circunstancias que, a final de cuentas, fueron las verdaderas determinantes de la caída del Imperio. La historia es hija de un juicio imparcial, el deformarla con intenciones tendenciosas le confiere calidad de bastardía. El autor adecua su narrativa al hecho real, sin menoscabo en la veracidad de los hechos y sin restar méritos a ninguno de los bandos antagonistas, y de esta manera expone a los actores despojados de la carga que la mala intención o el análisis superficial e irresponsable les han impuesto.

Santiago Matamoros, joven Coronel imperialista, es el personaje principal en Querétaro, quien se reintegra a las filas del imperio hasta que el último soldado francés ha dejado el suelo mexicano:

“Con el fin de buscar mi asentimiento el coronel Joaquín Rodríguez me dijo: — Coronel, la patria en esta hora peligra y necesita de sus mejores hombres—.  Le contesté que desde el arribo de los franceses a México me había dado de baja en el ejército, por no haber estado conforme.  También le dije que en la derrota sufrida en San Miguel Calpulalpan mis heridas fueron casi mortales”. [4]

Enmarcada en los hechos bélicos, se desarrolla una apasionada historia de amor, propia de una tragedia wagneriana, protagonizada por el Coronel Matamoros y Gertrudis —una bella y joven viuda—, quienes inmersos en la adversidad asumen con estoica actitud su destino:

“Gertrudis lo interrumpe:

–        Te voy a confesar una intimidad.

–        ¿Si?

–        Me siento una mujer desleal.

–        ¿Acaso no me amas?

–        Tú eres la causa de mi desasosiego.  Tengo apenas unos meses de viuda de Manuel, y ya quiero a otro hombre.  Yo adoré a mi esposo y nunca creí que volvería a tener otro afecto en mi corazón.

–        Pero él ya murió.

–        Más no su recuerdo.  Me siento sucia…

–        La guerra nos ha destruido a todos.

–        Necesito tiempo…necesito pensar con calma.

–        Reconozco que nuestro amor no tiene futuro.  Yo puedo morir en cualquier momento.- Al oírlo Gertrudis se levanta de pronto y se le aproxima, para decirle con voz firme.

–        ¡Ven!- Santiago se acerca hasta sentir la respiración de ella.  Gertrudis lo besa, primero con suavidad y luego con pasión.  Al separar sus labios exclama:

–        ¡Te quiero!…¡lo oyes!…¡Te quiero!-  Y sus brazos se enlazan fuertemente a la espalda de Santiago, mientras él descubre la calidez de su cuerpo”.[5]

En Querétaro el ritmo narrativo es el de la épica, el de los cantos heroicos.  El final de esta parte evoca a La Carga de la Brigada Ligera, de Tennyson:

“Dos soldados de infantería persiguen a Santiago por una estrecha calle de la ciudad, disparando sus fusiles sin acertarle.  El coronel precisa burlarlos y tuerce en una esquina para escaparse de ellos, más el empedrado del pavimento estorba el galope del caballo.  De súbito, se detiene al avistar tres jinetes que están al final de la callejuela.  Distingue entre ellos a Pioquinto, en uniforme republicano. Éste reconoce al coronel y envalentonado le grita:

–        ¡Ríndase, coronel, no tiene escapatoria!

–        ¡Ríndete, traidor imperialista!- Aúlla otro que porta una lanza con una banderola roja.

Santiago Matamoros piensa en Gertrudis al mismo tiempo que desenvaina el sable, luego aguijonea su corcel para lanzarse solitario a la postrera carga de caballería del Imperio Mexicano” [6]

Chihuahua

Narración de estilo realista, la acción tiene lugar en Chihuahua, entre 1892 y 1913. El personaje principal es Jacobo Matamoros, coronel retirado del Ejército Liberal, quien participó en la batalla del 25 de marzo de 1866 contra las fuerzas imperialistas y donde recibió una brutal herida en el pecho. En 1875 hace la campaña en contra de la apachería, bajo las órdenes del coronel Joaquín Terrazas.  Es el tipo característico del hombre del siglo XIX, aquél que labra su porvenir a base de esfuerzo, valor, temeridad y confianza en si mismo, un personaje a la manera de los que proponen las obras de Dumas, Sué, Balzac, Pérez Galdós. Asimismo, la figura femenina de Constanza Matamoros, hija de Jacobo, responde a la tipología de los personajes del Realismo, evocando a Matilde de la Mole, la apasionada y decidida mujer de la novela más importante del realismo francés: Rojo y Negro, de Stendhal.

En esta parte de Sueños sin Epílogo, Macín hace una remembranza de los hechos ocurridos en este período trascendental para la historia de México. El caudillismo, mal endémico del país, se manifiesta en la figura de Porfirio Díaz Mori, quien ejerció el poder absoluto por más de treinta años y provocó un movimiento armado que fue un retroceso para la nación, especialmente para Chihuahua. La época es fielmente retratada, y los hechos mostrados desprovistos de inclinaciones partidistas y con objetividad, al igual que los hombres que hicieron la historia local impulsados por las circunstancias propias del momento.

Desde 1892 hasta el traslado de todas las principales familias chihuahuenses hacia los Estados Unidos, al caer la capital del Estado en poder de la fuerzas revolucionarias en 1913, la narración apareja los hechos del contexto nacional con los del ámbito local, ubicando al lector en el tiempo y el espacio de los sucesos, presentando en un mismo plano a los entres de ficción con los personajes reales de esa época:

“…Un anciano de pelo y barba blancos se le acerca a caballo.  Clava sus pupilas azules en Jacobo antes de hablar:

–        coronel Matamoros: hace cuarenta y siete años con los contingentes liberales bajo mi mando recuperamos la ciudad de Chihuahua, que estaba en manos de los reaccionarios. Ahora los tiempos se vuelven contra nosotros y se rebela nuestro mundo.

–        Don Luis: todo lo que resta de nuestro mundo viene en esta caravana.

Luis Terrazas sonríe melancólico y se despide cordial…[  ]. Jacobo hace remembranza de que su padre salió de Nuevo México, al perderse la guerra que empezó en el cuarenta y seis.  Él por azares de la fortuna, cabalga con rumbo a la misma tierra que su padre dejara.  La amargura se apodera de su corazón, por lo que no puede evitar confesarle a su hija:

Nunca en toda mi existencia me había sentido como un cobarde, como un desertor que abandona todo sin luchar.  Los conservadores cayeron con bravura en Querétaro.- Vacila antes de seguir – Nosotros al contrario, salimos huyendo para salvar nuestras vidas.” [7]

Río Seco

Este segmento de la novela es donde el autor vierte todo su desencanto respecto al estado que presenta el país, tanto en su depauperación como en la falta de pudor político en los mexicanos del siglo XX, consecuencia éste del escaso conocimiento de la historia, de los hechos trascendentales que desencadenaron el uni-partidismo que desterró el espíritu democrático.

El tono resulta amargo y pesimista, mientras que el ritmo narrativo, el tempo lento, tan admirado por Macín en Miró. El sustrato filosófico de Río Seco es el Existencialismo, puesto que éste constituye la filosofía de la crisis en la manera de ser  del espíritu occidental: la verdad se convierte en mil verdades indiferentes. Y como consecuencia de esto, la apatía frente a los valores y la pérdida de los mismos por la acción de las masas,  encarnado todo ello en Gutierre Matamoros; él lleva el mismo nombre del iniciador de la dinastía Matamoros en América, pero a diferencia de aquél, es la imagen del desencanto y la decadencia moral de la sociedad, haciendo patente el naufragio de México. Para Spengler, el futuro de occidente es invernal, glacial, inexorable, y en él no podemos poner nuestras esperanzas, porque sólo los ilusos creen que existe alguna salida y el optimismo se convierte así en cobardía. Enrique Macín muestra la misma certeza que el pensador germano con respecto a lo anterior, y bien la expresa en una bella y premonitoria octava que se forma con los títulos de los capítulos 13,64, 67, 71, 75, 77, 79 y 82:

“Clío yace insepulta en un camino.

Está llena de sangre la alborada.

Han cumplido los hados el destino

Y borrado la cruz de cada espada,

El sendero que sigue es mortecino.

En el milenio de la madrugada

Se encenderán de nuevo las hogueras

Y el hombre morirá por sus quimeras”.

Gonzalo García Terrazas, Licenciado en Letras Españolas, ensayista, narrador y crítico.

Texto publicado en la revista Solar, Nueva época. #54


[1] Macín, Enrique. “Sueños sin Epílogo” 1ª edición, 1998.  ediciones del Azar, A. C. Capítulo 12, pág. 62.

[2] . 2. Op. Cit. Capítulo 12, pág. 62

[3] Op.- Cit. Capítulo 5, pág. 30

[4] . Op.- Cit. Capítulo 13; pág 69.

[5] Op.- Cit. Capítulo 26; pág.160).

[6] Op.- Cit. Capítulo 28, pág. 176

[7] Op.- Cit. Capítulo 80; pags.478,479

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