Los vidrios en las manos

January 1st, 2010

Eutimio Sosa

Pienso en México, ciudad imensa y rebelde, el gran bosque de la desolación; perdida en sus avenidas, en las librerías de viejo, en el metro Hidalgo. México se antoja nostalgia, es aquel acedo olor de aceite en que se hacen fritangas, la brisa de pino que puede surgir de cualquier remolino de polvo en un camellón, el ruido de un avión fracturando la atmósfera en miles de trozos de pláticas ajenas, claxons, chiflidos. Al mismo tiempo pasan tantas cosas; hay que estar ahí para sentirlas.

Recuerdo cómo subía las escaleras del metro Zócalo e iban apareciendo los edificios coloniales de cantera roja, los rayos solares tornasolados iluminando las aristas donde se hacían horizontes. Muchos de esos frisos, algunas ventanas, ciertos balcones, una herrería que da al sol poniente, cualquier punto sirve al sol para romperse en miles de mundos que suceden en medio de la risa del agua en el sonido del onix que los indígenas venden en la explanada. Llegar al zócalo por ese lado, era una experiencia sensual, el efecto mágico lo daban el sol en sus horizontes vástagos sobre los edificios, aquel sonido como caída de agua cubriéndolo todo, hasta mis sentidos.

En eso pienso cuando pienso en México, ciudad más grande que mi ego, más resptuosa que mi propio carácter. Soy parte de esa desolación que recorre la alameda cuando cae la tarde. He caminado por los parques tomados, y yo estoy vivo. Por eso la ciudad es un sueño hermoso y añorado.

México es más grande que cualquier nostalgia, por eso me recibe siempre como si fuera suyo, como si cada manera de guardar silencio fuera como la mía, como si cada historia valiera la pena de ser contada.

En México están mis amigos, los que me vieron crecer, los que ayudaron a salir del encierro. Ahí mis amigos otros, los que apoyaron mi trabajo, los que me impulsaron con su estímulo, los que me abrieron las puertas de su casa.

En nada soy extraño a la ciudad porque incluso ahí está una mujer a la que amo de una manera extraña porque ya nunca más podrán ser las razones de mi amor como eran antes; nos hemos cubierto de olvido.

Aún ahí estoy adolorido, con algún cine en los recuerdos, con algún parque solitario, con las calles de Coyoacán vacías y enniebladas, con estar ahí, del brazo de ella, magos solitarios y anónimos. Nos amábamos como si nada existiera a nuestro alrededor, nos sentamos en una acera para comer pastelillos de chocolate mientras nos abstraíamos en nuestra charla, en nuestro mundo interno, tan nuestro, tan compartido en nuestros dolores y nuestras alegrías. Era mi amor más grande, la amaba suavemente como todavía deseo amarla ahora que no estoy seguro de lo que siento o de lo que fui y estoy siendo.

Sin galimatías ni amores fatos, me declaro amante de la ciudad, su cómplice. Me declaro traidor a mi propia tierra, porque me estoy arraigando en ella y no quiero estar lejos de mi departamento, con mis libros cerca, bien acomodados en las repisas; con mi computadora en una esquina estratégica, con mis libros de cabecera por ahí. Viviría escribiendo, recorriendo la ciudad para estudiarla en sus sentimiento, iría a los cafés para escribir en medio de mi anonimato, para levantar mi nombre y mi existencia de ellos mismos, para ser como parte de ellos, porque yo pertenezco a la ciudad, soy suyo porque conozco su movimiento, en las calles de la Roma me perdía en mis vericuetos, en sus parques estudié los principios de la literatura que me interesaban; me iba a escribir al café de las brujas, o al del fondo, frente a plaza universidad.

Visitaba a mis amigos en la Narvarte, o me iba a platicar con Enzia, a su departamento. Nos veíamos poco porque ella estudiaba en el Cuec y yo en la Sogem. En ese entonces México era mi vida, me fui encontrando en ella, me aprendí a vivir en ella, en ella fui lo más cercano a mí mismo que alguna vez he sido. ¿Entonces cómo no vivir desesperado porque no encuentro ese México en la realidad que vivimos? ¿Cómo creer que todos esos gritos, que esas armas, que ese escándalo estén sucediendo en México? Cómo era posible si nadie tenía tiempo para ocuparse de algo más que trabajar porque la situación no está fácil. Ahí tampoco estaban dadas las condiciones para un desarrollo que se pudiera palpar. Nosotros -la mujer amada y yo- lo habíamos visto en nuestras noches sentados en algún puente peatonal, escuchando las sirenas ir y venir por todos lados, lo intuimos cuando pasábamos por Insurgentes y Viaducto para ir a su casa y vimos muchas veces a las prostitutas que se ofrecían en las aceras de la avenida, en las calles del Escandón, para desagrado de las familias de la colonia. Era otra clase de violencia, una angustia que andaba en los autos veloces, una desesperación que se notaba en el servicio urbano, en el paso de la gente. Había inseguridad, se notaba por los rostros callados, en los ojos vigilantes. En el fondo, éramos solidarios, nos reconocíamos unos a otros en la misma situación de crisis. Ese era el país, ese era mi patriotismo; sentir que era uno más caminando las calles, dando su dolor y su silencio, su vida inútil, más que la de Pito Pérez, para que todos los días despertara la ciudad con su bullicio, con su frío amable y Al despertar en todos los televisores de la gente que se levanta para ir al trabajo.

Algunos cuantos como yo, los que le dábamos su aire de nostalgia a la ciudad, que era de los personajes contratados por la comuna para ambientar, nos levantábamos para existir como los que no tienen salida. Muchas noches estuve sobre las azoteas, mirando las luces con intervalos de grillo, el sentido de aquella masa de luz que no alumbraba sino la eternidad de nuestro padecer, de nuestra resignación. Muchas veces imaginé que aún en medio de tanta soledad, alguien podía estar vigilando, mirando mis movimientos de extra, admirándose por mi figura de ausente, por mi actitud de mártir.

Muchas otras noches fui más sincero conmigo y prefería escribirle cartas interminables a mi amada, y nunca dejé de sentir a la ciudad, siempre estaba aquél oleaje de murmullos azotando los muros y las puertas, escurriéndose por los resquisios y los dinteles.

México era más grande que yo, verdaderamente grande y no superfluo y ladino como yo que llegué a aprender de qué se trataba el asunto de estar en la vida, en la realidad, donde se forjaba el destino y se realizaban los sueños.

Pero México se astilló en mis manos. Los vidrios se quedaron enterrados en mis palmas, tirados por el piso. Muchas veces me he clavado más astillas, aún así no ha podido ser lo mismo. El recuerdo no es suficiente para estar en paz, y el olvido es un riesgo demasiado grande para correrlo. Aunque sólo pasa cuando pienso en México.

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